• Andrés Mauricio Cabrera*

Una mujer deambula por su tiempo: Madame Bovary y la miseria de nuestra época

Por: Andrés Mauricio Cabrera Díaz*


Mujer con abanico - Gustav Klimt © IMAGNO - ARTOTHEK


Una mujer deambula por su casa: atisba las paredes, los cuadros que allí percuden la monotonía, algunos arreglos puestos sobre un viejo diván. Cada tanto, una niña se sacude: reclama atención, alguna muestra de amor ante los abismos de este mundo. Su mirada, tierna y distraída, cada tanto se embriaga de vida: ve a su madre, esa mujer de largos vestidos a la moda y cabellos lisos, de ojos sacudidos por la mendicidad…por el desasosiego de reclamar algo de justicia en medio de las frivolidades del mundo.


Bovary, su madre, teme a las represalias: no habla muy duro, aunque se permite existir. Cada tanto, un confidente recibe sus reclamos: el mundo no es como debería haber sido. ¿Qué queda de tanta distinción? ¿Qué yace tras el fulgor de los sueños llamados a incinerarse entre carbones mojados? Cuesta ser ella. Cuesta ser un espíritu que admira la belleza en un mundo dominado por la fealdad. ¿Para qué el dinero, si no es para lustrar el atavío del alma? Se necesita de él, pero no para aquello que otro coterráneo suyo, Grandet, pretendió. El dinero, gran benefactor del espíritu, libera a la carne de su jaula: tranza quimeras y trivializa los grandes acontecimientos. Todo es un desfile, otro tenderete más en el que se exhiben los cuerpos en procura de un abrigo. Bovary, que bien sabe lo que cuesta distinguirse en el teatro de las trivialidades, firma otra cuenta de cobro: es necesario una nueva colcha, unas nuevas cortinas; cuando no un vestido.


La trivialidad sirve de ley universal a los transeúntes de la fugacidad: en ella, algo se sirve caliente. Es el instante en que la voluntad se permite un ligero reposo. Cada tanto, una imagen de sí queda impregnada como una esquirla de espejo sobre los ojos del viandante. Hombres de paso, ropas destinadas al fango, Bovary narra sus dramas: es una mujer de mundo ceñida al disfraz de campechana. Su espíritu muere por la mediocridad su destino. El oro de este mundo no compensa el drama de haber nacido lejos de los modistas de la civilización. Por eso, todo le es permitido: un hombre no es más que otro cuerpo inmóvil que reposa en su alma, otra cortina que impide las caricias de la luz. Y ellos, que bien reconocen la ambición desbocada y el sufrimiento fácil de Bovary, repiten las consignas que ella cree ver en las novelas que delinean sus pensamientos: todo es para siempre; siempre y cuando el cuerpo aún crepite. El problema es que la carne se pudre a una velocidad menor que los ropajes del destino.


Trivial. Trivialidad. Un sueño que se extingue en otro. Una silueta que empala las cortinas mientras salta por la misma ventana. Un joven, un señor. Un conde, un vizconde, un escriba de capital intermedia. Todo es prescindible cuando la mente se extravía en las candilejas. Bovary yace perdida. En su haber no hay valor, ni nobleza: su ser funge como una estatua llamada a ser admirada. Es un lienzo que no reclama más dueño que los anhelos de su época. Existe un París distante en el que ella “es”, puede “ser”. Pero nunca lo conocemos.


Todos parecieran reconocerlo de oídas. Y así va la vida.


No trabaja. Su esposo, Charles, trastabilla ante el devenir de los días: cada fragmento de segundo encierra una aspiración llamada a sepultarse. Algo en él es mentiroso. Su bondad no es más que pusilanimidad; aunque nadie merezca su sufrimiento. No hay trabajo digno cuando los esfuerzos del alma deambulan ciegamente por jardines de cucaña. Charles, principal jardinero de paisajes ajenos, tiñe de rojo las cenizas de su amada. Cree ver rosas donde hay gravilla.


Cada humano es mendigo de su tiempo: recoge las monedas que otros han dejado para sí sobre una lata oxidada

Escogemos ser médicos, filósofos o abogados, pero no somos más que soñadores. Y nuestros sueños, a su vez, no son más que mendrugos dejados al viento: una semilla de algo en procura de otra cosa. No hay función por fuera del reconocimiento. Somos algo en la medida en que nos sea factible soñarlo. Y soñamos eso que nos han permitido elucubrar. Hay algo siniestro en esta frivolidad miserable, en el afán por un vestido mientras subsiste el dolor en el rostro de los cercanos y lejanos (no sólo los humanos mueren de frío, o por sevicia). Si en algo acertaba Madame Bovary, es que no vale la pena trabajar por nada. No existe una aspiración loable. Pervivimos a costa de una imagen de mundo mentirosa.


Somos hijos de un tiempo miserable. Flaubert bien ha intuido la barbarie venidera: el germen que incuba la precariedad de nuestros sueños. Más vale un vestido dejado en prenda que la sangre de los que han sido.


*Andrés Mauricio Cabrera Díaz es Profesor de materias de lectoescritura, filosofía moral y política y filosofía y literatura de la Universidad del Rosario. Sus temas de interés implican la relación entre filosofía y literatura; la violencia límite, la memoria, el trauma y el perdón; además de la relación entre ciudad, cine y literatura.



LA GUACHAFITA