• Mauricio Muñoz Escalante*

Si Dalí hubiera nacido en Polonia

Por Mauricio Muñoz Escalante


Fotografía del autor, 2021

Todo el que vive por los lados de La Tatacoa sabe que cada vez que llueve se va el agua, y se va la luz. La cuestión es bastante surreal. Los ignorantes pensamos que entre más agua más luz, pues se mantiene el nivel de las represas que generan la electricidad en el departamento. Pero los que saben nos explican que los ríos que alimentan los embalses traen consigo tantos palos y piedras, que cuando se crecen se debe detener la máquina mientras todos esos materiales se decantan para evitar que pasen por las hélices de la hidroeléctrica.


Por eso en las casas de los centros poblados de este foco (internacional) de atracción turística, ya bien entrados en el siglo XXI, mantenemos a la mano velas que compramos al detal en las tiendas del sector a 500 pesos cada una o, «para su mayor economía», tres por mil. Son velas duras como pétreos obeliscos egipcios (como los que cabalgan a lomo de los elefantes dalinianos), que insertamos en candelabros que reposan al lado de cajas de fósforos El Rey, para estar listos para la emergencia.


Dicen los que saben que en los demás países se valora la energía eléctrica casi por encima de cualquier otro indicador, pues la prosperidad económica y el índice de calidad de vida están altamente correlacionados con el acceso ilimitado a dicho servicio; tanto que algunos economistas auguran que la energía se les convierta en el futuro en una especie de moneda global, o por lo menos en una buena manera de almacenar valor, pero acá no. Acá es Tierra caliente (con T mayúscula) y, como ya nos enseñó García Márquez, las cosas no son como parecen.


Cuando se viene el chaparrón, como ocurrió en estos días de antesala al día de las brujas, y encontramos la vela en medio de esa oscuridad como de pantalla de MacBook Pro cuando ha colapsado para siempre (analogía para los lectores urbanitas), nos damos cuenta de que el otrora falo erecto que nos sacaba del problema, sigue rígido pero ahora en una contorsión que hace imposible su desempeño (lapidario augurio para la era de Edipo en estos rincones del planeta).


Los ignorantes pensamos que en el interior de las casas el calor sube al punto de ablandar la parafina y nos preguntamos por qué alguien de por estos lados no se ha ingeniado la solución en los últimos dos milenios desde que se usan velas. E intuimos que la causa son las tejas de asbesto cemento, que se calientan hasta límites insufribles aparte de estar fabricadas con materiales que se han probado como cancerígenos, razones por las cuales se han sacado de circulación desde hace medio siglo en el mundo civilizado.


Y nos imaginamos que si los arquitectos e ingenieros locales que realizan los diseños ignoran de plano esta información, es porque tendrían en cuenta el lugar donde irían dichas viviendas y, por ejemplo, lograrían que en los climas de bosque seco tropical, como el que impera en los alrededores del desierto, se programen residencias con una altura ligeramente superior a la que se usaría en climas más templados, para alejar las actividades humanas del calor infernal que se concentra en la cercanía de ese material de cubierta, pero no, no y no. Otros más avezados especulamos que, en vista de que el calor de los hogares es imposible de reducir por los motivos ya citados, las fábricas nacionales inventarían un compuesto diferente que no sucumbiera ante el bochorno de estas latitudes, pero tampoco.


Cuenta la leyenda que en 1931, mientras Dalí esperaba a su amada de uno de sus paseos nocturnos, era tan calurosa la noche que se fundió el camembert que había solicitado a la habitación del hotel: el artista miraba el reloj y el queso se derretía; miraba el reloj y Gala no llegaba... Dizque eso fue la inspiración para el famoso cuadro de los relojes blandos llamado La persistencia de la memoria. No parece una explicación muy sofisticada para alguien que clamaba pintar como «manera espontánea de conocimiento irracional basada en la objetividad crítica y sistemática de las asociaciones e interpretaciones de fenómenos delirantes». ¡Pero quién soy yo para opinar! Dicen los expertos que la fascinación de Dalí con el Tiempo (con T mayúscula) era por considerarlo el gran verdugo de los humanos. Y en esa misma línea, sumando la conocida influencia de Freud sobre el pensamiento del pintor catalán, dicen que el Tiempo se manifiesta de esa manera en la pintura porque ablanda las cosas en el sentido sexual, como cuando trae consigo la impotencia. Puede ser.


Lo que los ignorantes nos preguntamos es si Dalí hubiera desarrollado su método paranoico crítico si se hubiera expuesto a estas manifestaciones oníricas de la realidad colombiana. Creo que no. Si Dalí hubiera nacido en Polonia, pero en Polonia (Huila), es bien probable que sólo hubiera pensado que la vela se derritió por el calor, como medita cualquier iletrado como yo, porque tendría el cerebro tostado, seco de crecer dentro de una casa de dos metros de altura cubierta con tejas Eternit.


Conflicto de intereses: El autor no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico/profesional/personal de su perfil.


*Mauricio Muñoz Escalante es arquitecto de la Javeriana y Máster en arquitectura del Pratt Institute. Dirige el programa de arquitectura de la Universidad Antonio Nariño en Neiva.

LA GUACHAFITA