• Juliana Jaramillo Pabón

¿Qué entendemos por Finitud?... Algunas precisiones para empezar a debatir

Por Juliana Jaramillo Pabón*

Foto de Micael Widell en Pexels

Para escribir este artículo voy a referirme a las ideas de uno de los autores que más me han inspirado cuando pienso en la categoría finitud, y este es Joan-Carles Mélich.


El autor en su texto filosofía de la finitud argumenta que todo lo que hacemos, lo hacemos dentro de un contexto, en una tradición y en una cultura, y esto puede constituirse en la grandeza y también en la fragilidad de lo humano, pues somos finitos y mortales y nos invita a reflexionar sobre la finitud humana; la inscripción de lo humano en un tiempo y en un espacio; retomando a Nusbaum podríamos decir que la excelencia de lo humano se fundamenta en la vulnerabilidad: nacemos y morimos en la vulnerabilidad, en la insuficiencia y en la insatisfacción, esto nos confirma que la finitud es la característica estructural de la naturaleza humana.


El ser humano entonces, es un ser imprevisible y provisional, y esta provisionalidad le exige una permanente relectura y recontextualización de todas sus actuaciones y opciones como humano, de todas sus repuestas y decisiones, somos al decir de Mélich, incesantes aprendices, seres en constante formación, transformación y deformación, los hombres y mujeres no tenemos claves objetivas que nos permitan dar un sentido definitivo a nuestra existencia; pero, a su vez, estamos obligados, a lo largo de nuestra vida, a buscar las claves de ello, porque en algunos momentos de nuestra existencia nos asaltan preguntas que no podemos responder de una vez y por siempre, son preguntas que no podemos ignorar. Preguntas tales como aquellas sobre el origen y sobre el fin de la existencia, la pregunta sobre el sentido de la vida, etc.


El destino de los seres humanos no se puede ubicar en su pasado, sino en su futuro. El destino de lo humano es mirar hacia delante, ya que nunca estaremos contentos con lo que nos ofrece el presente. La vida humana siempre será una tensión entre nacimiento y muerte, entre contingencia y novedad; la existencia no es vida biológica, sino vida narrada (biografía), una vida con sentido, una vida en la que predomina el riesgo, el lanzarse a la aventura entre el nacimiento y la muerte.


La vida humana siempre será tensión entre contingencia y novedad, entre tiempo y espacio, un tiempo que se especializa y un espacio que se temporaliza, pero en la cultura occidental la finitud se trata como algo profundamente inquietante, es inquietante por la ambigüedad y el misterio del vivir. El sentido de lo humano solo puede ubicarse y solo puede hallarse en la naturaleza finita del ser humano, en su existencia que es, indudablemente contingente, en el estar en un trayecto concreto, en una tradición y en unos tiempos y espacios culturales.


Somos finitos, pero esa finitud no es la misma muerte, sino que es el trayecto que recorremos todos los humanos desde el nacimiento hasta la muerte. Esa finitud es la vida soportada en los tiempos y los espacios culturales y en la contingencia. Si lo entendemos así, la muerte no forma parte de esa finitud, sino que es su condición y también su negación. Es esencial para el humano no resistirse a la muerte, al paso del tiempo, al envejecer, porque esto también hace parte de esa condición finita, hace parte de la imposibilidad que todos tenemos de lograr la eternidad.


Al reconocernos finitos, al saber que hemos comenzado a existir y que vamos a dejar de hacerlo, la vida se nos puede presentar como un continuo pensar y repensar, como un constante hacer y rehacer, como un viaje inevitable al pasado y al futuro. Por lo tanto, la vida humana es biografía narrada o identidad narrativa. No hay existencia al margen del tiempo, del espacio y de la cultura. Los seres humanos como seres culturales estamos inscritos en mundos interpretados, y esas diversas culturas han vivenciado de múltiples formas la experiencia de la finitud, sin desconocer que esta finitud provoca angustia e inquietud (esto es algo que no se puede negar)


Como conclusión, para el autor, el tiempo humano es un tiempo de brevedad, no vamos a tener todo el tiempo ni tampoco todo al alcance de nosotros, porque morimos demasiado pronto. Al situarse el ser humano en el mundo se sitúa de manera provisional, lo que amerita una recontextualización en los diferentes momentos de vida, una instalación de cada momento vital. Esta instalación en el mundo a través de la palabra es llamada Interpretación. Si interpretamos el mundo es porque el mundo no es absoluto, porque somos seres inacabados que no vivimos en el final de un trayecto, sino en el trayecto mismo.


Por ahora dejo estas pequeñas líneas para generar debate y autorreflexión acerca del concepto de finitud, y en el siguiente artículo, me preguntaré por el papel del pedagogo y del educador ante la finitud, es decir ante una educación que incluya la finitud.


*Juliana Jaramillo Pabón es PhD. en educación de la Universidad Autónoma de Madrid/España y su correo, por si alguna persona interesada quisiera contactarla o preguntarle algo sobre su campo de estudio, es: julijp63@gmail.com


LA GUACHAFITA