• Andrés Mauricio Cabrera*

Pessoa: viandante del porvenir


Dejo las ocupaciones y levanto la mirada: a unos cinco metros, una mariposa se bambolea en procura del viento, bajo la certeza del arraigo con el mundo. De su pertenencia e inmanencia; de ya encontrarse aquí, habitando esta marisma de materias y cuerpos. La veo alejarse: su viaje, aunque torpe, trae consigo la fuerza del tiempo. Sólo puede andar así un ser al que, de suyo, le viene su propia comprensión.


Bebo café, y bajo la mirada. De repente, el celular vibra. En los últimos días, me he percatado de que no siempre es el mismo sonido; tampoco la misma frecuencia e intensidad. Identifico que será algo distinto, y hago bien en detenerme en los mensajes. Hablo con Adriana, una compañera de estudios a la que aprecio, quien me recalca algo a propósito de Pessoa. De esa puta Tabaquería, hermosa y dolorosa en partes iguales. No puedo hacer más. Ya no hay trabajo, la vida irrumpe.


Decía Valéry que cuando “el viento se alza, ¡hay que vivir!”. Y tiene razón. Sólo añadiría un matiz a ese bello verso: cuando Pessoa habla, habito mi vida. Me siento vivir…como necesidad primera. Y no digo esto por posar de inteligente. Soy un huevón como cualquier otro que vive de un trabajo miserable y fracasado. Sueño con escribir, pero sólo atino a soltar poemas. Quisiera ser novelista, pero sólo escribo poemas de manera convulsiva. Algunos me parecen buenos, otros, a duras penas, dicen algo relevante después de una semana. Si un texto no sobrevive a la semana, no valió nunca nada. Eso me digo, eso creo. A ver cuánto dura este.


“No soy nada.

Nunca seré nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”.


Eso, y nada más que eso, dice el hijueputa. Aclaro que le digo hijueputa porque siento un aprecio infinito por él, por sus letras, por ese afán de invisibilidad. Por su prudencia y humildad. Pessoa habla desde la certeza del que vive, del que no necesita reafirmarse ante nadie. Por eso inventa, crea esas vidas maravillosas. Por eso contiene multitudes…por eso Whitman, otro grande, se le queda un tanto pequeño. Mas vuelvo a esas palabras, a ese estribillo de letra de punk que se resiste a ser musicalizada. Porque la palabra, cuando apuntala verdad, vibra por sí sola. No puede atarse a un medio, y el sonido efímero de los brillos de una Stratocaster no puede con tanto.


¿Cómo se puede ser nada y, a la vez, contener algo? ¿Hay algún artilugio que desconozco? ¿Cuál es el sentido de ese aparente sinsentido? Respondo cada una de las preguntas, porque son mías, porque no son retóricas: me duelen porque irrumpen, porque cruzan la puerta de este apartamento y me insisten en que me quede con ellas. No hay más que esto, que la vida, en su singularidad y sencillez.


No existe contradicción, ni sinsentido en estos versos. Se puede ser recipiente de anhelos, de potencias enquistadas en el revólver del pensamiento, balas que no hieren más que al que pretende sacudirlas contra la pared; pero que nunca salen. Se contiene la potencia de ser, la esperanza de superar la precaria existencia desnuda que se tiene. Por eso uno contiene algo que no existe más que en el recinto de la cabeza, en el sanatorio de las idas y venidas de la existencia: porque espera a vivir, a ser de otra manera, a percatarse de una alegría aún no resuelta e inexperimentada. Se sueña mientras se vive, mientras otros sueños se cuelan por el inodoro para nunca más volver. Eso que un día fue deseado, al otro es motivo de tristeza y desamparo. Nuestras ideas son momentáneas e inmediatas: resuelven un presente, proyectan un futuro; mas uno va cambiando y algunas se quedan desuetas. Son la ropa pequeña que queda en jirones, que no puede cederse a nadie porque cada quien se entiende con su cabeza y sus pendejadas.


Y entonces, por esto y otras cosas que no digo, se llega a que “no se es nada, aunque se contiene todo”. El todo de los sueños…de los de uno, porque cada pensamiento irrumpe en un contexto previo; esto es, el de la vida que los amamanta y se desespera cuando ellos arriban. Esa misma vida que ríe cuando alguien captura esa fotografía de un pensamiento volcado a la realidad.


Lo desconozco todo. Desconozco lo que seré y los sueños que cargo: el maletín es pesado y la vigilia viene siendo larga. Duermo poco, sueño mucho, y en mis pesadillas otros escriben y yo muero en la incertidumbre de trabajar para los demás. Corrijo textos de personas que muchas veces me desprecian. Hablo solo a ratos…y mi voz retumba a la nada. Soy profesor, y eso me agrada, pero ante todo escribo porque sueño. Porque en las letras encuentro el consuelo que mi realidad a ratos me niega. No soy guapo, tampoco alguien muy inteligente; mi vida es inconstante y cargo con unas tristezas totalmente salubres. Lo son porque las riego cada tanto contra la almohada.


Aunque esto no se trata de mí, sino de Pessoa. Eso sí, aquí el que leyó a Pessoa fui yo. Y yo leo desde mis propias inquietudes. Desde mi propio trajinar. De allí que no eluda mi tristeza: que no eluda la posibilidad de la última alegría.


La cosa de cargar "con todos los sueños del mundo", a pesar de la vida que se ha llevado, se puede interpretar de al menos dos maneras: 1) que uno es un impotente, alguien que no ha sido capaz de afirmar una idea o sueño en el plano de su realidad (una suerte de frustrado); 2) que, a pesar de lo difícil que es vivir, de lo diminutas que resultan las tareas de muchos de nuestros días, los humanos pensamos y deseamos, no paramos de soñar. Como eso ocurre, siempre podemos modificar nuestras acciones y cambiar nuestra vida.


Lo más duro del poema es que juega con ambas interpretaciones al tiempo. No hay contradicción alguna: se trata de la vida misma en su fragor.

Por eso es hermoso.


Por eso leo a Pessoa y me siento escritor. Por eso creo que algún día haré novelas y cuentos y más poemas. Por eso sueño que mi vida será distinta: que mis palabras, fragmentarias y esquivas, podrán ser disfrutadas por alguien más. Y me permitirán cenar bajo el mismo principio de G. Samsa: sólo se alimenta el que desea existir. El que sueña y se encuentra en los espejos el resquicio de esos anhelos que creía tan sólo incrustados en su cabeza.


Porque sólo el que sueña no se condena a tragarse la miseria de este mundo: a cucharaditas, sin sal ni azúcar, más bien en un cuajo de leche agria y aceite recalentado. Por eso sueño…


Por eso escribo. En la expectativa del presente: bajo el anhelo del futuro.


* Filósofo. Colaborador de La Gaitana.

LA GUACHAFITA