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Lo que el río no se llevó

Por Santiago Becerra Tovar*


Fotografía conmemorativa en Argentina. Archivo del autor

Los fuertes vientos no se hicieron esperar en la mañana, para así transcurrir durante el resto del día. Las copas de los árboles danzaban al ritmo que el viento les imponía, trayendo consigo un frío que me enchinaba la piel.


No habíamos llegado a la plaza Sáenz Peña, cuando a lo lejos, ya se escuchaban retumbar los tambores y las melodías que acompañaban los recuerdos. Como si de una fiesta se tratara, los cantos y bailes, ambientaban y generaban un estilo de bucle, al cual ingresé y la euforia me inundó. Me llenaba de calor, como si una llama se encendiera dentro mi, al ver las coloridas banderas, los mensajes en los carteles, las tonadas, los caminantes con la foto de un recuerdo que mantienen vivo o viva. Cada persona, acompañado de una foto, de un cartel, que emitían un mensaje que no necesitaba palabras para ser leído y mucho menos para ser sentido; guiados por un cordón blanco que limitaba el bucle, con la ciudad que se detenía para darles paso. Un cordón que los unía a todos, siendo algo más que tela, percibiéndose como un símbolo que los congregaba aquel día a reunirse para salir a las calles a reclamar memoria y no olvido, siendo como nudos que unen el cordón blanco y entrelazan cada historia, su propia historia del ser querido que desapareció un día.


Jóvenes, adultos, niños, niñas, grupos feministas, abuelos y abuelas, no solo se limitaban a caminar, sino a sentir, a expresar, a mantener vivo el recuerdo del ser querido que una dictadura les arrebató en los años 70 y 80 en Argentina. Las pancartas y carteles que se ondeaban en el alto cielo, resistían a no romperse con el viento como si aquella ventisca intentara borrarlos, dificultando la trayectoria de las personas que sujetaban con fuerza cada cuerda que mantenía sujeta la pancarta; firmes en el suelo, se oponían a que este viento les impidiera revivir la memoria de sus seres queridos, como cual dictadura intentado eliminar cualquier actitud de resistencia.




Cada nombre trae consigo una historia y es inevitable para mí no pensar en aquel hombre, en aquella mujer cuando veo un cartel y junto a su nombre se agrega “Detenido-desaparecido el 23 de julio de 1976 en Córdoba”, “Detenida-desaparecida el 11 de septiembre de 1977”. ¿Qué habrá sido de aquella chica? Pero no sólo los pienso en el instante de su desaparición, sino desde su vida misma, desde sus estudios, desde su familia, desde su trabajo y las cosas mínimas y cotidianas que podría frecuentar esa persona cuando estaba caminando libre por las calles argentinas; libre por las bellas plazas que caracterizan la región, pero que un día, simplemente las dejaron de recorrer porque un régimen al que no le complacía que sus ciudadanos transitaran libres por las calles que ellos mismos se habían ganado, los desaparecieron. Futuros posibles para cada persona inundan mi cabeza, imaginándolos en un país democrático donde se privilegian los derechos humanos. Eso se queda en mi imaginación todavía.


Terminada la marcha, un escenario nos esperaba para recordarlos en nombre propio. Con listado en mano, se nombró a cada persona desaparecida y fue inevitable para mí no recordar a cada joven, a cada campesino, a cada mujer, a cada citadino, que fue asesinado y desaparecido extrajudicialmente por hombres pagados por el Estado colombiano. Falsos positivos son llamados en mi país. Un falso guerrillero, un falso espía, un falso amigo del otro bando, que sólo lo utilizaron como números de bajas en combate, para después ser medallas en los trajes de los altos mandos del ejército. Escuchar cada nombre, leer cada cartel, ver a cada señora con la foto de una persona, ver a cada joven con la foto de un hombre o una mujer que seguramente pudo ser su abuela o abuelo, que no lograron conocer, pero que la memoria viva de un pueblo los ha llevado a conmemorarlos y recordarlos, sólo me hace pensar en las madres de Soacha, una región de Colombia, y en cómo sus hijos fueron a recoger café y terminaron con “las botas al revés”; en cómo esos campesinos en sus fincas no pudieron defender sus tierras que con tanto trabajo han levantado y unos personajes les arrebataron y no contentos con ello, asesinaron al abuelo o la madre o al padre y se llevaron al hijo para enlistarlo en sus tropas y ponerle un fusil en las manos, cuando el chico apenas estaba aprendiendo a utilizar un lápiz. En don Raúl y cómo todos los días parqueaba su camioneta en la carrera séptima con avenida Jiménez en Bogotá, manteniendo viva la memoria de su hijo, quien hacía parte del ejército colombiano y se negó a cometer un asesinato extrajudicial (Falso positivo) y sus mismos compañeros lo intentaron hacer pasar como un guerrillero muerto en combato por haberse negado; pero su padre, un hombre que con tan sólo una camioneta cargada de fotos, noticias y afiches de su hijo, se negó hasta su muerte a aceptar lo que fuentes oficiales dijeron sobre su hijo.

El dolor lo siento igual, la impotencia que se revive en mí, no es sólo por ese desaparecido o asesinado, que ya bastante es; sino que se suma la relación que hago con la impunidad de estos hechos y la negligencia de los Estados por resolver estos casos. En Argentina la dictadura terminó, pero la búsqueda de los y las desaparecidas se mantiene. En colombia la lista sigue en aumento con cada asesinato de un líder social, de una excombatiente; con el desplazamiento de cientos de familias, expulsadas por una guerra a la cual no pertenecen y que huyen de ella por miedo a que los atrape y en unos días estar lamentando la muerte de un hijo, un esposo, una amiga. Muchos no han corrido con suerte. En Colombia se sigue buscando justicia; se sigue esperando que esclarezcan las desapariciones de cientos de personas que hoy hacen falta en sus hogares y por supuesto se espera que la horrible noche cese por fin.


No paro de pensar en cada madre, padre, hijo, hermana, que reviven la memoria de su ser querido cada año por las calles argentinas; que reviven la memoria de aquella persona que un día salió de casa y no regresó. Que un día decidió defender sus derechos, buscando un país mejor y fue desprendido de sus raíces, arrancado como aquella flor que se aferra al suelo, para después ser tirada en las calles de la ciudad, muriendo marchita o ser lanzada al río, como muchos desaparecidos que, en su momento, el río se tragó porque unos desalmados creyeron que esa era la mejor manera de borrar su rastro. Pero no, desconocieron que se encuentran en un continente que no olvida, que no permite que sus muertos sean desterrados de sus vidas y que luchan en su memoria y defienden su recuerdo porque aunque murieron en vida, sus acciones, sus pensamientos y sus deseos se mantienen en pie; firmes como un árbol que aunque su copa se balancee, su tronco está quieto porque se sostiene de muchas raíces; raíces que hoy conmemoran sus luchas, raíces que el 24 de marzo salieron a las calles reclamando justicia, verdad, porque ni el río, ni la tierra donde enterraron a muchos, pueden tapar el sentir y el querer de revivir su memoria.


*Santiago Becerra Tovar es estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la U. Surcolombiana. Actualmente se encuentra en Argentina de intercambio académico.

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