• Mauricio Muñoz Escalante*

Ley de todo lo que se rompe, queda roto para siempre


Cerramiento Universidad Surcolombiana en Neiva (Archivo Personal, 2021)


Hace unas semanas escribí por este medio una carta abierta al —a mi juicio— niño vándalo que intentó incinerar vivos a los policías de mi barrio junto a sus amigos en armas, destruyendo a su paso el Comando de Acción Inmediata (CAI) y el colegio colindante. Mi amiga Nelsyllej Irais me dijo que la solución era que bien de mañanita pintaran todo, lo arreglaran bien pispo, y lo dejaran como si nada hubiera pasado, de manera que cuando los culpables pasaran fingiendo ser peatones a contemplar su osadía, se dieran cuenta de que fue inútil; que su acto no había tenido ningún impacto. Eso los disuadiría de intentarlo en el futuro.


Me pareció genial la propuesta y le agradecí, pero me confesó que no era idea suya.


Es la teoría de las ventanas rotas, me dijo.


Lo mencionó como si fuera un referente legítimo. Me habló de Philip Zimbardo y James Wilson y George Kelling como si se tratara de los Pepitos y Juanitos y Sutanitos nuestros, y resulta que no es así. Tristemente, comenté, el experimento que hace un profesor de psicología en la tercera mejor universidad del planeta sobre una prueba conducida en la ciudad más adinerada del país más poderoso de la historia de la humanidad, no se puede comparar con lo que ocurre en los alrededores de la peor universidad de una ciudad intermedia de uno de los países más pobres del universo. Para la prueba ese mismo botón, le dije: pasado un mes del ataque al CAI, los muros siguen ennegrecidos de hollín, las ventanas todavía están rotas, y los aires acondicionados destruidos aun cuelgan de las paredes. No ha habido plata —o espíritu— para siquiera barrer las instalaciones.


Creo que en lugar de pensar en cómo los gringos solucionan sus problemas, Nelsyllej Irais debía mirar la viga en el ojo propio, en su caso particular, las vigas que rodean el lugar donde estudia. Porque en Stanford—la universidad a la que ella hace mención—no hay necesidad de encerrar el campus con una estructura de columnas y vigas de concreto con malla de gallinero, y en otros sectores con muro de cuatro metros de altura de ladrillo sólido rematado en concertina barbada. En segundo lugar, porque si ese fuera el caso, en Stanford se contrata la famosa viga, se ejecuta la obra, y esta no vuelve a ser noticia en milenios, pues se trata de una viga que no está sometida a ningún esfuerzo salvo su peso propio y cuya distancia entre apoyos no supera un par de metros. Tercero, porque ante la remota posibilidad de un daño, lo más seguro es que en Stanford el encargado salga demandado civilmente, sea sancionado por el gremio a riesgo de no ejercer más su profesión, y termine penalizado menguando de manera considerable su pecunia, lo que sin duda lo haría reflexionar sobre su responsabilidad social y profesional en nuevos encargos. Y finalmente, porque así la viga se rompiera, en Stanford se reemplaza por la adecuada en el término de la distancia, y no sólo porque quieran aplicar la teoría de las ventanas rotas, que a ellos les funciona de maravilla, sino porque además dejarla partida en dos “se ve frondio”, como diría Don Alberto. Cosa contraria ocurre en la comparación nacional: las vigas de la universidad de Nelsyllej Irais se caen a pedazos, no sólo desde hace un mes o dos, como le ocurre a pocas cuadras de ahí al CAI y al colegio de mi pendencia, sino desde hace décadas.


Pero por supuesto, eso a nadie que viva en Colombia lo sorprende. Es de todos los días. No vale la pena mencionarlo. Llama la atención sí que una institución de educación superior que ofrece el programa de ingeniería civil, que dentro de sus contenidos programáticos contempla el diseño básico de elementos estructurales de esta estirpe, no haya encontrado dentro de los miles de graduandos y cientos de profesores que han pasado por sus aulas alguien que haga un cálculo que corrija dicho cerramiento. Y llama todavía más la atención que haya estudiantes que se inscriban a estudiar esa carrera donde ni siquiera las vigas están en su sitio… Pero me dirán que «toca, pues no hay más». Que sea como fuere. Lo mínimo que se espera entonces de ellos es que no más entrando a primer semestre y viendo semejante espectáculo aventuren una teoría para entender este intrigante fenómeno. Pero no una teoría Made in USA, como la de las ventanas rotas, que a todas luces no puede aplicarse en nuestro contexto, sino una propia... Pero me explica Nelsyllej Irais que tendría que investigar, y eso es precisamente lo que no se hace.


No somos una nación de teorías sino de leyes inexorables. Va la de hoy, Made in Colombia:


Ley Enésima de 2021. De la irreversibilidad de los daños materiales (conocida popularmente como la ley de todo lo que se rompe, queda roto para siempre). Por la cual se explica por qué las estaciones de policía siempre están destruidas, por qué las vigas de las facultades de ingeniería civil están partidas en dos, y por qué cuando se abre un hueco en una vía nunca se puede tapar, entre muchas otras aplicaciones fundamentales.


Hágase y cúmplase en todo el territorio nacional.


Firmado: Presidencia de la República.


* Profesor de la Universidad Antonio Nariño

LA GUACHAFITA