• Juan Corredor Garcia*

La captura de Otoniel no marca el final de las AGC


Foto: Cortesía de El Colombiano


Con la captura de alias “Otoniel”, el presidente Iván Duque cumplió una de sus promesas hechas en su primer Consejo de Seguridad del 2021 con la cúpula militar: aumentar los golpes a estos objetivos de alto valor estratégico, tanto en el orden nacional como en el orden territorial.


Sin embargo, contrario a lo sostenido por el presidente Duque, la captura de Otoniel no marca el final del Clan del Golfo, o Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), la principal organización sucesora del paramilitarismo. La afirmación está basada en la adopción irrestricta de la estrategia del descabezamiento de grupos criminales (Kingpin strategy, en inglés) y se implementa en Colombia desde hace casi cuatro décadas, cuando la DEA enfrentaba a los carteles de Cali y Medellín.


Una estrategia de vieja data


Todos los gobiernos, sin excepción alguna, han tomado como ciertas las premisas de esta estrategia: que las organizaciones dedicadas al tráfico de drogas (OTD) están verticalmente integradas. Así, al eliminar a los jefes de éstas —normalmente más crueles y capaces que el resto de los miembros— las organizaciones se debilitan. Su fragmentación y debilidad les impediría participar activamente en el tráfico de drogas por lo cual la oferta de narcóticos tenderá a reducirse en los Estados Unidos. El objetivo se vuelve, entonces, la eliminación de los jefes, los Kingpin.


Según advierte Carlos Pérez Ricart, investigador especialista en crimen organizado, esta es una estrategia que dedica recursos a la eliminación de supuestos jefes, enfocándose exclusivamente en los criminales y no en el crimen per se; la persecución del Kingpin es la meta, y no el medio. La estrategia, originalmente aplicada en Colombia desde 1992, se ha extendido a otros países de la región.


Sin embargo, el descabezamiento de jefes ha sido ampliamente teorizado y probado, concluyendo que la eliminación del liderazgo conduce a la fragmentación de grupos y luchas violentas por la sucesión y el territorio, lo cual no solo aplica para países como Colombia, sino también para México, en el que el ecosistema del crimen organizado es similar al colombiano: diversas estructuras criminales que se sustentan del narcotráfico y otras economías ilícitas, que controlan territorios locales y tienen un considerable poder subnacional.


Premisas equivocadas


Más allá de los calificativos empleados por Duque para presentar esta captura a la opinión pública (“el golpe más duro que se le ha dado al narcotráfico en este siglo”, “la captura de Otoniel solo es comparable con la caída de Pablo Escobar”, “Otoniel era el narcotraficante más temido del mundo”), lo cierto es que parte de premisas equivocadas y por ende, sus conclusiones no pueden ser la eliminación de las AGC, el Grupo Armado Organizado (GAO) que más golpes ha propinado a la Fuerza Pública, ni mucho menos una reducción del crimen organizado.


La evidencia es suficientemente sólida al respecto. En primer lugar, este tipo de estructuras no se pueden seguir leyendo como jerárquicas, sino más bien como organizaciones horizontales sin instancias colegiadas que toman decisiones en conjunto. Por ende, la remoción de la cabeza más visible no necesariamente conduce a una eliminación (sino a una atomización). Con frecuencia sucede justamente lo contrario, es decir, la continuación de las estructuras, tal como ocurrió cuando “Megateo”, del EPL-Los Pelusos, y “Guacho”, del Frente Oliver Sinisterra, fueron dados de baja en Catatumbo y Tumaco, respectivamente (Garzón y Vargas, 2019).


En segundo lugar, nada garantiza que los segundos al mando recurran menos a la violencia que sus antiguos líderes. Para Lerber Dimas, antropólogo y profesor universitario de la Universidad del Magdalena, la captura de alias Otoniel supone un riesgo mayor para la seguridad en el Caribe colombiano, debido a que su posible reemplazo, “Chiquito Malo”, es conocido por actuaciones más más ceñidas a la violencia excesiva. Hay que tener en cuenta que la mayoría de sus integrantes son verdaderos “especialistas de la guerra”, por tomar la expresión de Francisco Gutiérrez Sanín.


Un panorama poco esperanzador


Luego de cinco grandes operativos que la Fuerza Pública ha llevado contra las AGC (Operación Troya I y II, Operación Agamenón I y II, y finalmente Operación Osiris), los resultados no se han traducido en la eliminación de la estructura ni la disminución de la violencia. En consecuencia, la única alternativa posible es la de una negociación de paz. Sin embargo, al no haber unidad de mano clara, este tipo de negociaciones – al menos como las conocemos en la actualidad – serían menos probables.


Para concluir, este gobierno parece apostarle a estrategias (uso de glifosato y el descabezamiento de estructuras criminales) que no se sustentan en la evidencia y que provocan justamente un aumento del problema que suponen combatir.


Referencias


Garzón, J.C. & Vargas, J. (2019). Potenciales y reales efectos de la captura y muerte de líderes de las organizaciones armadas ilegales en Colombia. Fundación Ideas para la Paz (mimeo).


* Director y fundador de La Gaitana Portal. Es politólogo e investigador de violencia política y criminal, conflictos socio-ambientales y estudios de paz.

LA GUACHAFITA