• Mauricio Muñoz Escalante*

Infantilismo académico

Por Mauricio Muñoz Escalante*

Blaze convertido en cortador hidráulico de cocos voladores. Fuente: www.nickjr.com

Ya desde comienzos del siglo XX los filósofos de la escuela de Frankfurt se dieron cuenta de que tener esa caja luminosa dentro de la casa iba a ser un problema. Dijeron con acierto que la cultura de masas nos conduciría a preferir vivir ficciones ridículas con tal de no afrontar la realidad, y estaban en lo cierto. Basta observar las filas de los cuarentones para ver la última entrega de las aventuras del capitán América para corroborarlo, o enterarnos de que existen tratamientos psicológicos garantizados para—«ríete», como decían las señoras de la otrora Bogotá—explicarle a las jóvenes que vivieron bajo la peligrosa influencia de Aurora, Cenicienta, Bella y Jazmín, que no son princesas y que no deben esperar príncipes azules cabalgando corceles blancos que las vengan a salvar.


La mayoría de la gente piensa que los profesores universitarios de hoy son tal vez como los Horkheimer, Adorno, Marcuse y Habermas de entonces, y que se podrá hablar de infantilismo en todas las esferas de la sociedad contemporánea, pero jamás en la academia. Sospechan que en las universidades la gente es seria, circunspecta, adulta; pero no hay nada más falso. El infantilismo es completo, total, absoluto y unánime. El problema, paradójicamente, es que no nos damos cuenta, y pensamos que actuamos con madurez, pero un análisis un poco más profundo devela que nos comportamos como infantes casi de brazos.


Imagínense un muchacho de 22 o 23 años que busca graduarse. Piensen que propone solucionar el hacinamiento en una cárcel del país. Hasta ahí se dirá que el joven es un orate; que está deschavetado, pues todos sabemos después de una sola leída a un diario nacional que ese problema en Colombia es insoluble. Cualquiera que haya pasado tercero de primaria—sin necesidad de plagiar nada como hacen los presidentes de nuestras cámaras legislativas—sabe que si tengo 1.000 presos debo tener 1.000 camas. Es así de sencillo. Y si me doy cuenta, por las razones que sea, de que tengo 1.100 reos, entonces construyó 100 cuartos más y compró 100 camas adicionales. Pero no pretendo que 1.100 personas duerman en 1.000 habitaciones porque va contra toda lógica. No sé si estoy simplificando todo demasiado, pero no hay evidencia de que algún gobierno de los últimos 100 años haya hecho esa reflexión.


Lo que debería hacer un profesor cuando a un alumno se le ocurre algo así de utópico es convocarlo a una charla de 15 minutos en la cual se le haga entrar en razón, de modo que el pupilo quede con ambos pies en la tierra, y se dé cuenta de qué es factible y qué no en el país del sagrado corazón. Eso está en el manual del buen profesor que dan al inicio de cada periodo, pero no. El docente, quien a su vez ha estado sometido a decenas de miles de horas de televisión Made in USA en la que ganan los buenos y al final reina la paz en la tierra durante 1.000 años, le dice al muchacho que la propuesta es una maravilla, pasando por alto además que esa idea tan descabellada ya se le ha ocurrido al 50% de los colombianos que no está en la política, y que por ende no sufre de estupidez permanente.


Imagínense ahora que el muchacho gasta sus noveles neuronas—que sin duda deberían ponerse a merced de una labor más loable—averiguando lo que está mal en el Inpec y en el sistema de justicia y en quién sabe qué otra sarta de entes y organismos gubernamentales y privados involucrados en el absurdo de los centros penitenciarios del país, para finalmente determinar que lo mejor es echar abajo la cárcel y hacer una nueva. No sé si a ustedes se les ha ocurrido esa genialidad, pero eso mismo especuló un sobrino de 6 años que tiene síndrome de atención dispersa.

El joven universitario entonces, culminada su fase de investigación, empieza a imaginarse que la nueva cárcel debe tener las habitaciones de X y Y forma, y que debe haber talleres para que las personas privadas de la libertad cultiven alguna actividad vocacional, y diseña bibliotecas y piscinas olímpicas y oficinas amplias para los empleados, y cita a Bentham para formular el sistema de vigilancia, y dice además que el edificio será sostenible, y entonces lo hunde en la tierra para rescatar un humedal que un político despiadado arruinó hace décadas volcando sobre éste todas las toneladas métricas de escombro que pudo para construir, y finalmente nos muestra su visión: un penal en el que las aves cantan y las ranas croan, y todo gira en una armonía parecida a la de Ariel con su príncipe Eric cuando corean—ayudados del cangrejito Sebastián—la bella tonada de «Bajo el mar».

El estudiante hace planos en programas de diseño asistido por computador, y después hace levantamientos tridimensionales para aplicar texturas y materiales a las edificaciones, y hace animaciones en las que se ven las turbinas que generarán la energía (limpia como mi alma), y pone figuritas que no parecen de colombianos sino de canadienses o noruegos o daneses, pues son hombres y mujeres altos, rubios y ojiclaros, que posan trajeados de color caqui y celeste al lado de los carros que estacionan en el presidio, ubicado en la loma de una comuna absolutamente miserable de Colombia, digamos Porsche y Land Rover y Mercedes y Audi y BMW.


Piensen que el profesor y el alumno viven en esa fantasía, como drogados, durante un año… Y para rematar, ahora imagínense al jurado de este espectáculo como traído de Epcot Center o los Estudios de Universal: es para quedarse bobo. Ante semejante despliegue de irrealidad, uno de los cerebros invitados del «panel de expertos»—nombre seguramente inspirado en el infantilismo de Minciencias cuando crea su «Misión de sabios», como si fuera un comité presidido por Dumbledore—en lugar de levantarse de su silla y voltearle el mascarero al estudiante con un sopapo bien sentado; en lugar de decirle que proponga algo que se pueda hacer, que aproveche su tiempo en la universidad, que deje de ser ridículo, se levanta y lo ovaciona, y cuando le llega el turno de hacer la retroalimentación le recomienda—¡encima de todo!—que consulte un centro de reclusión que se construyó en algún país escandinavo en el cual no existen rejas y los presidiarios caminan por el bosque, cogidos de la mano, cantando rimas populares como si fueran los 7 enanitos de Blancanieves.


No sé a ustedes, pero a mí me late que estamos perdiendo el tiempo por cuenta de tanta televisión. Las soluciones que estamos proponiendo a los problemas locales son sacadas del sombrero de un mago, como las propondría Nick Junior: en una esperada competencia, el carro malo lanza sobre la vía cocos gigantes para obstaculizar a sus contrincantes, y entonces del pavimento emerge una palmera—igualmente gigante—que expulsa las frutas letales. Los carros buenos logran esquivar algunas de ellas pero, ante su creciente número, el líder saca de la nada también una tijera hidráulica gigante para romperlos cada vez que se acercan, y así va librando el camino para seguir adelante en su frenética persecución, hasta que por supuesto gana.


Tal cual son los proyectos que graduamos en las instituciones de educación superior, donde además les decimos a los estudiantes que salen del colegio que «se van a volver grandes» y «van a dejar de ser niños», cuando en realidad es todo lo contrario.

Nota al margen: la serie citada se llama Blaze and the monster machines y la manera como se traduce en el mejor español del continente es Blaze y los monster machines. Pero eso no es todo: el capítulo (el segundo de la tercera temporada) se llama The hundred mile race, y nuestra muy inteligente traducción es La carrera de los 100 kilómetros. ¿No hubo una sola mente en todo el subcontinente americano que supiera que una milla corresponde a 1.6 km? ¿No nos hemos dado cuenta de que las unidades de medida no son las mismas aquí que donde el Tío Sam? Se me dirá que eso es harina de otro costal; harina con la cual no se puede hacer ya absolutamente nada; harina vencida, podrida, inútil...


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Conflicto de intereses: El autor no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico/profesional/personal de su perfil.


*Mauricio Muñoz Escalante es arquitecto de la Javeriana y Máster en arquitectura del Pratt Institute. Dirige el programa de arquitectura de la Universidad Antonio Nariño en Neiva.

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