• Kevin Hartmann*

La inclusión política como falacia. Una reflexión del debate presidencial


Foto: Cortesía de El Tiempo.


Hubo un momento en el primer debate presidencial de 2022 que me pareció realmente grotesco y refleja la decadencia del debate político. Se trata del momento en que Juan Manuel Galán y Gustavo Petro instrumentalizan las figuras de Yolanda Perea y Francia Márquez.


El fenómeno es parecido. Galán y Petro parecen mencionar a Perea o a Márquez cada vez que necesitan subrayar una supuesta idea de inclusión en sus proyectos políticos. Ambos proyectos personalistas, valga recordar. Sin embargo, Galán y Petro (y esto no solo se vio en este debate) reducen la importancia de ambas candidatas a tres cosas: su sexo, su color de piel y su ‘origen periférico’. Es decir, les asignan un rol. Uno puramente decorativo ¡Miren como somos de inclusivos! parecen gritarnos.


Parecen presumiendo una mercancía.


Lo afirmo porque ninguno las reconoce como iguales en tanto líderes políticas. Es decir, no las legitiman por su trabajo de base, que valga decirlo, es admirable. No. Les asignan el rol de decorar su propia imagen: la de Petro y la de Galán.


Y esa decoración pasa por atribuirles (a Perea y a Márquez) un rol imposible: la de “representar” a las negritudes, a las mujeres, a los pobres y, por si fuera poco, a los territorios. ¡Como si tal cosa fuese posible!


En el caso de Petro hay un elemento aún más llamativo.


A pesar de que su agenda se enfoca en protección ambiental, Márquez, ganadora del premio Goldman, no es la llamada a construir y decidir sobre ese punto del programa del Pacto Histórico. No. Es él el que tira sus ocurrencias.


Lo de Galán y Perea (y Mabel Lara) pues tiene una explicación más obvia: Galán no tiene una plataforma ideológica clara. El Nuevo Liberalismo de los Galán no tiene nada distinto para ofrecer a una política de la imagen. Una funcional a la política bogotana.


Ese tipo de política que apunta no a construir una base ideológica sobre la cual se asienten las “propuestas” del partido. Por ejemplo: regular el antagonismo capital-trabajo, (¿o qué sindicato está detrás de ese partido familiar?) sino una política de gritadera de nombres.


Es decir, ese tipo de política que le gusta a algunos medios de comunicación: el del marketing como método de compensación de un vacío: el de la falta de claridad política. Eso también explicaría eso de ponerse botones chillones en la solapa.


Y también explica el tipo de interpelaciones que le hizo a Petro en el debate de hace unos días. No cuestionó ninguna de sus ideas. Tal vez porque en el fondo sabe que ese debate lo pierde. Sino que se dedicó a recriminarle por las “alianzas” del Pacto.


Porque claro, quiere llevar el debate a lo más superficial: el intercambio de nombres y de arengas. Ni una sola idea. Y eso me hace regresar al punto principal. En ese juego de qué mercancía es “más vendible”, el nombre de Perea es sumamente funcional.


Ahora bien, es justamente ese manoseo (figurado) tanto de Perea como de Márquez para entrar al jueguito infantil del intercambio de nombres el que me parece repulsivo.


En primer lugar, les sustrae agencia. En segundo lugar, las desconocen: a ellas y a los proyectos que llevan liderando durante años. Y en tercer lugar, las explotan como un objeto de consumo funcional a decorar su imagen.


Ya es hora de rechazar esa manera de hacer política. Y volver a poner en el centro del debate tanto el liderazgo político como la ideología. A las ideas políticas. Y exigirle a los candidatos que nos describan la idea que cada uno aspira a representar.


Es decir: que nos expliquen cuál es su idea de bien común y de qué manera la pretenden lograr. Eso es todo. En eso debería consistir el debate.


Ahí el liderazgo político de veras, como el de Perea y Márquez, va a brillar. Ya lo demostró la última hace unos días. Como dijo alguien: habló poco, pero dijo mucho.


* Estudiante del doctorado en ciencias jurídicas de la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica.

LA GUACHAFITA