• Mauricio Muñoz Escalante*

El problema es la educación


Foto: Cortesía de Francisco Olaya - Atarraya Films.


Sábado. 1 de mayo de 2021. En el cubículo del lado hay un niño que golpea la división de aluminio con fiereza cada vez que sufre uno de sus ataques de histeria. La madre no intenta reprimirlo: mira el celular, imperturbable.


Afuera se oye la bulla de la multitud. Los marchantes han llegado. Gritan arengas clásicas, como: «El pueblo unido jamás será vencido». Desde donde estoy es imposible saber si son cincuenta o quinientos. El ruido de las vuvuzelas transmite cierto temor, como si se tratara de una tribu feroz armándose de valor antes de la avanzada final. Es como en la alegoría de la caverna, con la diferencia de que no estoy en una cueva sino en el servicio de urgencias de una clínica; de que esto no es Grecia sino Neiva; y de que el que habla no es precisamente Platón.


—¡Los empleados de la salud nos unimos al paro! —dice a través de un megáfono.

Cada vez que el hombre pronuncia una frase, la turba grita de felicidad:

—¡AHHHHHHHHHHH!

—¡Abajo la reforma tributaria! —grita.

—¡AHHHHHHHHHHH!

—No es posible que un médico general que se gana tres millones —dice—, tenga que pagar el 20% en impuestos. ¡Eso son doscientos mil pesos mensuales!

El hombre se queda en silencio por un momento. Algo no está bien. Me lo imagino haciendo cábalas.

—Perdón —dice.

—¡Eso son trescientos mil pesos mensuales! —concluye.

—¡AHHHHHHHHHHH!

Y multiplica rápidamente en su cabeza.

—¡Tres millones seiscientos mil pesos al año!

—¡AHHHHHHHHHHH!


Supongo que el líder de la marcha sube a la palestra, abraza al camarada que acaba de intervenir de manera tan sabia, y vuelve a sus proclamas tradicionales: «Se vive, se siente, el pueblo está presente».


Desde mi cubículo/caverna siento cómo se aleja el gentío. El teléfono de la madre del cubículo del lado dice que los manifestantes corren hasta el centro y saquean almacenes, roban bancos e incendian todo lo que se atraviesa a su paso.


Sospecho que el personal del servicio donde me encuentro comentará algo sobre el aporte de su elocuente compañero. Aguzo el oído. Me asomo por detrás de la cortina. Habiendo no menos de tres médicos especialistas, una enfermera jefe, varias auxiliares, y una persona sin uniforme que seguramente trabaja en el departamento de atención al cliente, espero que alguien se sonroje a propósito de la penosa intervención que oímos, pero ninguno dice nada.


«Que le den candela», canta Celia Cruz en el celular de la madre del lado, «Que le den castigo», y el niño del cubículo se sosiega.


Pienso que ojalá el orador no haya sido un médico general. Y si es un médico general, quiero suponer que hablar frente a la muchedumbre lo hizo confundir esa multiplicación tan elemental… Porque si el hombre del megáfono sí es un médico general que trabaja en una clínica privada, y sí hizo ese cálculo matemático en uso de todas sus facultades mentales, entonces el problema colombiano es mucho más profundo.


En ese caso se requiere una reforma tributaria de verdad violenta: propongo retener en la fuente el 90% de los ingresos de todos los colombianos, y dedicar lo que se recaude durante doscientos años a la educación. No veo otra solución.


* Profesor de la Universidad Antonio Nariño.

LA GUACHAFITA