• Andrés Mauricio Cabrera*

El niño que supo ver el silencio tras el canto de la cigarra: José Eustasio Rivera

Por Andrés Mauricio Cabrera Díaz*

Fotografía de José Eustasio Rivera

En Neiva, a veintiséis de febrero de mil ochocientos ochenta y ocho, bauticé solemnemente a un niño de ocho días de nacido, a quien llamé José Eustasio, hijo legítimo de los señores Eustasio Rivera y Catalina Salas (…). Fueron padrinos los señores Pedro Rivera y Valentina Salazar, a quienes advertí lo necesario. Doy fe. Marcelino Toro Z”.


Un día fue José Eustasio Rivera, el niño que supo conmoverse con la naturaleza y la cadencia del devenir vital. Un día fue el hombre que encontró en el silencio de la tierra sosiego ante el ruido del mundo. Cuenta Neale-Silva que Rivera, conmovido por el canto de la cigarra, un día se extravió de su casa en San Mateo, municipio que hoy honra al poeta al llevar su apellido grabado en sus entrañas. Tras verlo, su hermana Virginia encontró a un niño embelesado por aquel pequeñito animalito que regurgitaba su existencia. El niño intuía que el animal fenecería tras su canto.


De ahí el silencio.


No había posibilidad de eludir el grito de la vida. No hay forma de no conmoverse ante el dolor del mundo.


Rivera supo ser uno con la tierra. Encontró en ella la calma que el trajín burocrático, con el desdén de la ciudad letrada, sabía arrebatar. En medio del quejido de las máquinas, del asalto de los términos y las responsabilidades comunales propias del quehacer jurídico, surge aquel niño conmovido por la tierra, por el dolor del viento que arremete contra plantas y animales, seres vivos que, al igual que nosotros, sufren de arraigo y claman por respeto.


El artifició humano cede ante los arcanos naturales. Cedemos nuestro tiempo, nuestras ilusiones, a la memoria triunfante de la vida. En sus versos, Rivera recuerda: “El hombre, el hierro, el turbulento insulto/ Callados quedan…y Entre gran zozobra/se oye tronar galopador tumulto” (fragmento de “San Mateo”). Su poesía reclama la paz primera, el trastabillar de las hojas contra el verdor de la primera lozanía. Cada humano transita una montaña cuyos parajes desconoce hasta toparse de frente con la esquirla de sus sueños. Trasegamos un mundo para enamorarnos, para buscar un olvido y luego jugar la vida al azar. No hay alma que vague sola por las brisas de este suelo. Así lo rememora el poeta:


“Loco gasté mi juventud lozana

en subir la cumbre prometida

y hoy que llego diviso la salida

del sol, en otra cumbre más lejana.

(…)

¡No haber amado! Coronar la altura

¡Y ver que se engañaba mi locura!

El verde gajo que el laurel se nombra” (fragmento de “Loco gasté mi juventud”).


Cada verso de Rivera recuerda una vida que ha sido, que persistirá en el vahído animal que transita los ríos. Somos sombras sobre el agua serpenteante, bramido de flores sobre los hilos del cielo. Conducimos una vida a partir de recuerdos que reconocemos en los espejos desgastados por la vida y la muerte. En un recuerdo, en un fragmento de luz sobre la planicie de la memoria, brota la vida que ya ha sido, la esquirla de lo que una vez fuimos.


El serpenteo del Magdalena, el rugir de su lamento, arrastra consigo la vida que allí yace. Rivera vuelve a sus imágenes para pintar el paisaje que supo ser suyo:

“Viene por la llanura lentamente

Bajo los resplandores tropicales,

Y las brisas de agosto en los guaduales

Aduermen, arrullando la corriente” (fragmento de “El Magdalena”).


En los salones por los que trasegó su espíritu, entre intermitencias y viajes a Bogotá, Méjico, Nueva York y otras capitales, Neiva es una promesa surcada por la tradición castellana, el sol arremolinado que todo lo calcina y la furia del Magdalena que arrastra la vida tras su manto.


Neiva es una promesa de libertad que no reconoce señores ni gamonales. En sus brazos, el Magdalena arrastra la furia de nuestras luchas por la vida y la independencia. Somos esa “bélica leona”, cacica Gaitana que arrastra la dignidad de saberse viva a pesar de morir vapuleada. No hay alma mancillada por la estulticia de este mundo. Matambo no es más que una sombra trasegando ciega los barrancos de la historia.


Somos un pedazo de fuego incrustado al borde del río inmenso, un sol que brota para recordar que somos hijos de indígenas y colonos españoles. Somos el recuerdo de una lucha que desconoce destino fatuo. Somos hijos de Neiva, ciudad de un sueño por venir:


“Grave, como tu río que a la nación sustenta,

lustraste con tu gloria la estirpe castellana,

y para el nuevo triunfo, bajo el azul mañana,

tus palmas enaltecen su fronda soñolienta.

Ni tu ilusión se sabe, ni tu poder se ostenta;

y fúlgida entre el nido de ardiente resolana,

dejas que cada tarde, desde la cumbre cana,

te rinda el sol su manto de púrpura sangrienta.


Nunca profanos ojos leyeron lo que auguras:

el soplo de tus manes agita las alturas;

tu bosque de laureles sagrados es más denso,


y alta misión al mundo tu símbolo pregona.

¡En tu quietud solemne de bélica leona,

fluye bajo tus zarpas el Magdalena inmenso!” (Soneto a Neiva).


¿Qué tanto quedan de nuestras promesas? ¿Qué tanto yace de nuestra lucha? Rivera sembró una palabra para que el tiempo no olvidase nuestra posibilidad. ¿A cuántos amos servimos? ¿Cuánto yace de nuestra independencia? Neiva es hoy la irredenta que Rivera, años ha, supiera dibujar. Su sueño, esperanza de nuestra responsabilidad, permanece.


Nuestro sol arrastra las brasas de los sueños del poeta. En las venas del Magdalena descansa nuestra historia. Rivera dejó tallado en el jardín del tiempo un suelo que supo ser suyo. Hoy, gracias a José Eustasio Rivera, Neiva es un fulgor de vida que reclama su permanencia en este mundo.


Nunca seremos polvo que pueda barrer el tiempo. He allí la palabra creadora de José Eustasio Rivera.


Bogotá, 17 de febrero de 2022. En homenaje a José Eustasio Rivera.


*Andrés Mauricio Cabrera es filósofo de pregrado y maestría de la Universidad del Rosario. Ha desarrollado buena parte de su devenir laboral en dicha universidad como docente e investigador, así como tallerista de temas de literatura para la unidad de extensión de la universidad.

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