• Andrés Mauricio Cabrera*

El beso del solitario


“El caminante nocturno”, (1923-24) un autorretrato de Munch en sus últimos años de vida.


Corre un hombre por una ciudad. Al menos en principio. Sus pasos, en un primer momento esquivos y trastabillantes, roen el empedrado. Sus pies se agitan, la consciencia se mece en medio de devaneos que cambian en cada esquina, ante cada nuevo transeúnte que osa posar la mirada sobre la propia. Mientras tanto, una vida se cuece y el tiempo avanza inexorable: la vida se tiñe de muerte porque otra cosa no hacer el ser humano. Morir es el primer gesto de nuestro paso por este mundo: no sólo somos conscientes del mismo, sino que proyectamos una vida amparados por esta certeza. Deseamos escribir, o soñar, o trabajar en cualquier cosa que brinde dinero porque en últimas necesitamos experimentarnos en el curso del tiempo. No existe tan sólo un presente, sino un horizonte proyectivo: habitamos un mundo que, en principio, está dispuesto a recibirnos durante un rato largo. O bueno, capaz un día arrecia un carro contra el cuerpo, y el alma yace víctima de ese disparo directo. No se sabe. No se sabe nada.


Esto, y un poco más, es un ser humano.


Lentamente, el cuerpo gime y de él brotan los vapores de la vida: sudor, lágrimas, gases y demás exhalaciones deambulan entre la superficie del mundo y nuestra epidermis. Como si de una extensión de nosotros se tratasen, corremos y caminamos a la estela de la piel que dejamos en cada superficie. Y llega el hambre, el dolor en las vísceras, el mareo y el vómito, el sudor frío y el rictus amarillento, la pasión y la desidia, la envidia por un mendrugo, el aroma que sofoca y asesina, porque duele saber que otros viven y uno muere. Y allí, en medio de eso, está Hamsun: para captar todo esto. Para desafiar la materialidad y la corporeidad de este mundo ruin en diálogo con el alma, con ese pájaro azulado que teme salir pero que, a su vez, puede permitir la redención.

Un hombre deambula en procura de la escritura. Busca la inspiración. Es víctima de lo que resta de esa época, del romántico que caza estrellas para tejerlas sobre una hoja. Sus ideas lo aniquilan: no es oficio aquello que surge de lo más profundo de la existencia. Es superviviente: sobrevive a su suerte, a la desidia del mundo, a la paciencia del usurero y el malestar de la casera. Sobrevive, gime, llora; todo mientras, agitado, sueña. Sueña porque escribe, porque la vida es fatua y no resta mucho por hacer con uno mismo. Y ama. Ama a esa mujer que, de forma torpe, supo decirle que lo amaba.


Y muere, y renace, y viaja, mientras el hambre traza senderos sobre su alma. Porque las vísceras roen el espíritu, le dicen alguno de uno mismo, lo sitúan ante el espejo de su consciencia. Los sueños no son más que una forma de besar el cuerpo, de acariciarlo para que, anidado al olvido, surja el recuerdo genuino.


Hamsun puede eso. Lo puede todo.

Su escritura yace hambrienta de vida y humanidad. Se sueña porque se vive. Se sueña porque se desea.

Se sueña una noche en la que el rojo tartamudea ante el fulgor amarillado de las aceras. Sueñan perros a la sombra de un olivo. La noche, que nada sabe, nada murmura.

Sueña el mundo, a pesar de tanta pesadilla. “Surgen quimeras porque mal se desea”, dijo un día Montaigne.

Dos siluetas se contornean en un beso. Ninguna se reconoce.

Y se aman...

Hambrientas de vida.


* Filósofo y poeta.

LA GUACHAFITA