• Juliana Jaramillo Pabón

Educación para la muerte: ¿Reflexión necesaria para hablar de una verdadera formación humana?

Por Juliana Jaramillo Pabón*

En estas primeras líneas, y espero que sean muchas más, quiero llamar la atención de quien lea y de quien se aproxime a este artículo, acerca de una de las áreas educativas olvidadas, vetadas, (¿o negadas?) dentro de la formación escolar y mucho menos en la formación universitaria, por lo menos en Latinoamérica: La educación y la pedagogía de la muerte.


Hablar de una educación o de una pedagogía de la muerte, nos remite inmediatamente, a unos de los mayores tabús en la educación: La muerte; este es un tema vetado, que se aprecia de forma negativa, para muchos es de mal gusto: al muerto en nuestra cultura se le tapa, se le encajona y se le adorna con flores que producen olores difíciles de olvidar, para luego alejarlo, y relegarlo de la familia, en algunos casos precipitadamente; esta actitud de repulsión al muerto puede comprobarse socialmente en el hecho de que los cementerios se alejan cada vez más de las ciudades. Aunque no siempre ha sido así, aspecto que confirman algunos historiadores que abordan este tema, como Philippe Aries.


Estas actitudes fóbicas, nos dejan ver lo que ocurre en los profesionales o los investigadores de la educación, o en quienes se dedican a ella cuando se habla de la muerte. Alrededor de la muerte, se teje una especie de “capullo de hilo inútil del que nunca sale nada, pero que sirve, y bien, para taparlo y taponarlo”. Gracias a esto, puede entenderse la paradoja de que quienes se dedican a indagar acerca de la educación muestren reacciones de asombro cuando se relaciona muerte y educación, tal vez, porque en su mente la muerte continúa encajonada, encapsulada y enmascarada, con los olores de las flores, pero, bajo las condiciones del prejuicio.


Cuando se le propone a los educadores o a quienes trabajan con la educación, dialogar o generar un proceso investigativo que incluya el tema de la muerte, algunos (los más resistentes) entran en shock (choque), descrito por un silencio inicial, apertura de ojos y boca, rechazo y repliegue e incluso cierto alejamiento corporal, a lo que suele seguir un proceso de aceptación y un reconocimiento de la relevancia formativa de la muerte, para luego percibirla como uno de los mayores retos de la sociedad actual en materia de educación. Desde luego, estas percepciones son expresadas desde su propia lógica formativa, que está muy condicionada por sus creencias y sobre todo las religiosas.


A pesar de que la muerte sea un suceso tan antiguo como la humanidad, que en Colombia las veamos en los diarios y los medios de comunicación casi todos los días y que en la actualidad haya una mayor apertura y flexibilidad educativa, todavía nadie nos enseña a: Encontrar un sentido y una significación formativa a la muerte, y mucho menos a vislumbrar la posibilidad de que algún día moriremos; ni en preescolar, ni en la básica primaria, secundaria, y menos en la universidad, hay un espacio formativo dedicado a una educación para el continuo vida/muerte.


Estoy convencida, completamente convencida, de que si desde las aulas, las familias, los medios de comunicación, las políticas educativas, etc. no se incluye la educación para la muerte como un contenido global y normalizado, no se estará enseñando a vivir plenamente, porque una educación para la muerte es una educación para la vida, vida y muerte no pueden separarse, aunque occidente las ha separado, causando desde mi punto de vista, un retroceso para la auténtica formación humana, o mejor para la educación de la conciencia, somos seres finitos y mortales, y la educación pareciera que nos formara para la inmortalidad y la infinitud, o para las certezas, que no corresponden a un ser mortal, que tiene límites, y que los limites los coloca su propia existencia.


La muerte es un hecho innegable e inevitable de la vida humana, y el afrontamiento de la propia muerte no puede seguir siendo ignorado en la educación. La propia muerte es un tema que, genera tensión emocional o angustia en la mayoría de los seres humanos. Por lo tanto, todas las investigaciones sugieren que sea tratado con la mayor sensibilidad y que se prepare de manera educativa, pues el enfrentamiento a la muerte tiene múltiples opciones:


-La primera es entenderla como un apoyo educativo en el que los seres humanos puedan, a través de la reflexión, comprender el hecho de que van a morir algún día. O sea, hacerles conscientes de ello, de nuestra finitud y de nuestra mortalidad. La naturaleza de este hecho depende de cómo se entienda la muerte: ¿Es la extinción definitiva de la existencia?, ¿Es la mudanza a otra forma de existencia?. En resumen, desde esta apuesta, la conciencia de la muerte es una condición para entender la vida, porque la muerte es el límite de la existencia humana.


-La segunda opción es una preparación o disposición psíquica para enfrentar todas las emociones relacionadas con el momento de la muerte. La posibilidad de morir puede despertar emociones asociadas al terror, a la impotencia, al temor, llegando a la parálisis. Una educación para la muerte presupone el conocimiento acerca de los diferentes procesos que los seres humanos experimentan cuando se acerca el momento de la muerte, y permite establecer los siguientes cuestionamientos: ¿Qué tipo de emociones se experimentan en sus diversas etapas y qué tipo de cuestiones se tienen que tratar? ¿Qué tipo de experiencias, pensamientos y emociones deben estar preparados a la hora de enfrentar la muerte? ¿Estas experiencias y emociones varían de una cultura a otra o tienen características universales?


Para concluir, (por lo menos en este escrito), entendemos que la muerte es un tema apenas estudiado en el sistema educativo, y que casi siempre es mal interpretado y temido por mucha gente. Los niños y los jóvenes aprenden sobre la muerte por medio de sus familias y a través de los medios de comunicación., pero estos aprendizajes van cargados de creencias, miedos, fobias, mitos y oscuridades, que en la mayoría de las veces no les proporciona el mejor camino para entender su propia condición humana: la mortal, la finita, la provisional, somos seres provisionales que algún día dejaremos de existir y que teniendo la conciencia de la provisionalidad, dada sin angustia, sin temor, con dosis de realidad, es decir, de manera pedagógica, podremos tener una vida plena, llena de felicidad, en coherencia y sin pelear con los límites que nos proporciona la mortalidad y la impermanencia.


*Juliana Jaramillo Pabón es PhD. en educación de la Universidad Autónoma de Madrid/España y su correo, por si alguna persona interesada quisiera contactarla o preguntarle algo sobre su campo de estudio, es: julijp63@gmail.com


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