• Juliana Jaramillo Pabón

Educación para el cuidado….Categoría pedagógica pendiente

Por Juliana Jaramillo Pabón*



Para empezar esta pequeña inspiración (pues así me siento, inspirada con este tema), quiero compartir mis inquietudes y reflexiones; reflexiones de una educadora que a lo largo de 31 años de trasegar en las múltiples aulas universitarias, ha llegado a centrar sus acciones pedagógicas y didácticas en algunos núcleos de interés (no son los únicos de una teoría educativa o pedagógica, aclaro), que para esta época de pandemia, de miedo generalizado a la pérdida de seres queridos, sin tener si siquiera la posibilidad de despedirlos, y que además han tenido que enfrentarse al momento más decisivo en la vida: la muerte, en condiciones de absoluta soledad; brota como un llamado a gritos, y es: la educación para el cuidado…


Pero… ¿Qué supone educar para el cuidado?, supone tener en cuenta, las siguientes reflexiones que presentaré sin ánimo de exhaustividad:


Cuando pensemos en el sistema educativo, o en una práctica educativa, docente, de enseñanza o evaluativa, sin lugar a duda, el cuidado debería ser el centro de atención e interés. En lo educativo, cuidar implica una genuina y potente preocupación por responder a las inquietudes vitales de todos los seres humanos, o a sus proyectos de vida, no solo como individuos sino como colectivo, como miembros de una colectividad, supone por supuesto otra forma de ver, entender y hacer educación, que se sustenta en algo muy particular y esto es la experiencia genuina de actuar a favor del otro y favor de uno mismo;


Si pensamos en las relaciones educativas que estén basadas o fundamentadas en el cuidado esto implicaría un gran salto cualitativo de la heteronomía a la autonomía; de la pedagogía de la desconfianza o de la sospecha hacia la confianza; de la imposición basada en el poder a la negociación, construyéndose así relaciones educativas donde ofrecemos los aportes necesarios para el crecimiento y el desarrollo sostenible no solo de las personas y sino de todos los entornos en los que habitamos como humanos;


Si queremos el bienestar individual y colectivo y el desarrollo de sociedades democráticas y pluralistas (no hegemónicas), estas requerirían seres humanos capaces de cuidar, de dar cuidado y de ser cuidados, en aspectos que van mas allá de los desempeños definidos en unas competencias o en un resultado de aprendizaje (a lo que apuesta el sistema educativo colombiano); por ende el mundo de las actividades o de las prácticas basadas en lo que tiene valor de mercado, dejarían de ser el único referente para decidir qué es lo que vale la pena enseñar y que vale la pena aprender: necesitamos crear capital social y escenarios de formación a la altura de la dignidad humana; no podemos continuar siguiéndole el juego al mercado, formando profesionales que se ajusten a requerimientos laborales cada vez más excluyentes, despiadados y disfrazados de bienestar social, político y emocional;


Cuando hablamos de una educación para el cuidado, necesitamos tener como eje, prácticas educativas fundamentadas en intencionalidades que tengan valor humano, porque la economía, la política o la cultura no tienen o no poseen ningún sentido, si están al margen de los seres humanos que las viven.


Esta educación para el cuidado debería hacer énfasis en algo de suma importancia: los lazos afectivos que nos unen entre sí deberían proporcionarnos sentido, calidez, y alegría a nuestras vidas, por esto la educación requiere una urgente transformación para incluir valores que se relacionen con lo personal, lo afectivo, lo social y lo comunitario; somos seres destinados a ser felices, venimos a esta vida a construir felicidad, y entornos saludables que nos permitan conseguirla. Estoy absolutamente convencida que la educación debería pretender antes que todo, ayudar a construir felicidad entre los seres que se incorporan al mal llamado: Sistema educativo (que de sistema poco tiene, por lo menos en Colombia);


Recibir cuidado por parte del otro o de los otros, (y máxime si el otro se configura en un formador o educador), en los múltiples espacios de convivencia, es decisivo para configurar el bienestar de los seres humanos, y para sacar el mejor provecho de las capacidades de aprendizaje, si las necesidades afectivas de protección, de seguridad no son cubiertas, se verá afectado el bienestar físico y el emocional, nada es mas importante, que ofrecer vínculos afectivos estables.


Pareciera que la escuela o el sistema educativo propende por lo contrario: Son tan amenazantes los espacios escolares, tan llenos de prácticas de instigación, de bullying, de acoso, que pareciera que salir librado de este espacio, con una mínima salud mental, ya es digno de elogio o de premio; a veces recuerdo las prácticas educativas a las que fui sometida, desde preescolar y me aplaudo por tener algo de salud mental (Viene a mi memoria, las arrodilladas en piedras finas o delgadas, para aprender a no disentir, a no contradecir al profesor, algo que en mí nunca funcionó, gracias a la vida, como diría Mercedes Sosa, en su emblemática canción, por el contrario aprendí a ser más contestaria);


La educación o el sistema educativo que se toma en serio la dimensión afectiva (educación emocional), ofrece una pedagogía que involucra en su vocabulario, el cuidado. La dimensión afectiva para todos los seres humanos es vital, en los procesos del enseñar y el aprender y en la interacción consigo mismo, con el otro y con el entorno. Generar vínculos afectivos sanos en los entornos escolares y académicos (aquí llamo la atención para cuidar la salud mental del educador, quien en muchas investigaciones nos relatan que, gracias al exceso de trabajo, de presión, de trabajo en casa, termina perdiendo su salud mental) en las relaciones familiares, laborales, y comunitarias es algo que no puede pasar desapercibido.


Los seres humanos nacemos, nos desarrollamos y alcanzamos la plenitud de la vida en un particular entramado de relaciones interpersonales afectivas; las relaciones de cuidado son absolutamente imprescindibles para asegurar una supervivencia física y psicológica, entenderme como humano, desde el cuidado me permite responder a preguntas existenciales como: ¿Quién soy?, ¿Para qué vine a este mundo, ¿Qué es lo realmente importante para mí esfera vital?...


Por lo tanto y ya para ir cerrando esta reflexión (por lo menos por ahora), si la educación o el sistema educativo sigue colocando el acento en formar para las actividades de mercado, o para los empleadores, descuidando el sustrato invisible de las emociones, estará minando el verdadero sentido de educar: la educación de la conciencia, y sin generar pánico (porque esa no es la pretensión), estaremos construyendo de manera explícita la destrucción del ser humano, del otro y del planeta: nuestras historias de vida son lo que son, gracias a la intervención del otro o de los otros, no podemos seguir pretendiendo construir ciudadanía y humanidad sin el valor del cuidado de si, del otro y del planeta, sino atendemos estos llamados, no nos asombremos de la destrucción paulatina que estamos construyendo día a día, para ejemplificar esto, miremos esta pandemia, y preguntemos que la ha causado, cual es la responsabilidad del humano en todo este dolor, perdidas y muerte…


*Juliana Jaramillo Pabón es PhD. en educación de la Universidad Autónoma de Madrid/España y su correo, por si alguna persona interesada quisiera contactarla o preguntarle algo sobre su campo de estudio, es: julijp63@gmail.com



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