• Juliana Jaramillo Pabón

¿Cuál debe ser el papel del educador frente a la finitud y la mortalidad del ser humano?

Por Juliana Jaramillo Pabón

Una mirada pedagógica

Como expresé en el artículo anterior, donde me preguntaba por la comprensión del concepto finitud, en estas pequeñas líneas voy a exponer mis argumentos acerca del papel o del rol que debe asumir el educador, el pedagogo, o el didacta, acerca de la finitud y la mortalidad de los seres humanos que “debe educar”.


Comenzaré por decir que la finitud, es decir, ese trayecto que recorremos entre el nacimiento y la muerte, nos demanda una urgente necesidad de establecer relaciones con otros o con los otros, y esto nos lleva a ubicarnos en una dimensión esencial desde el punto de vista antropológico, y esa es: LA EDUCACIÓN. Esa necesidad humana de establecer relaciones con otros, de dar y de recibir, permite comprender que somos seres educables, pues toda educación es un acto de relación, y en estas relaciones puedo sentirme amenazado o acogido; los otros quienes se van acercando a nuestras vidas pueden resultar amigos o enemigos, pues como digo la relación con el otro es inevitable.


Ante los otros seres humanos que atraviesan nuestra vida, puedo sentirme inseguro, inseguridad que se torna en muchas ocasiones insoportable, y que hace que pierda la fe a vivir, a asumir el riesgo que supone la existencia, no hay existencia sin riesgo, y si me siento tan inseguro con este riesgo, puedo acoger posturas fundamentalistas o porque no, acoger muchos sectarismos que nos venden seguridades y certezas impensables para el mundo de un mortal.


Cuando llegamos a este mundo, llegamos a un mundo que ya posee tradiciones, roles, rituales, mitos, y además rodeados por nuestra familia, compañeros de escuela, vecinos, es un mundo que no hemos escogido, pero en el cual nos ha tocado vivir, y afrontar esta cantidad de elementos no escogidos, dependerá de la calidad de las relaciones que logremos establecer con los otros y también de la presencia o ausencia de los otros.


Las relaciones con el otro, con el mundo, podríamos afirmar son relaciones cargadas de inseguridad, de inestabilidad, de incertezas, no hay nada cierto en nuestra vida, en el trayecto que recorremos entre nacimiento y muerte (finitud y mortalidad ) no cabe ninguna certeza y esto como educadores tenemos que hacérselo saber a los educandos en las relaciones pedagógicas y didácticas que establecemos en el aula y fuera de ella, no sabemos qué va a pasar con nosotros cuando accedemos a vivir, si, vivir, vivir con la plena conciencia que me demanda ser mortal, sin ninguna certeza de que podrá ocurrir en el segundo o minuto que sigue a esta conversación, que tengo como columnista con quien lee este artículo. Pero entonces surge una interesante pregunta: ¿Qué relación debo asumir como educador con mis educandos?, y Melich responde una relación que se inscriba en la responsabilidad.


Las relaciones que se inscriben dentro de lo que llamamos responsabilidad, son aquellas donde el otro es prioritario, aquellas que podíamos llamar relaciones éticas, donde tiene que primar la honestidad, la alteridad, la sinceridad, la compasión hacia la vida y también hacia la muerte, por lo tanto, afirma Melich que no puede existir una educación sin ética, y lo que diferencia la educación del adoctrinamiento es el componente ético.


Una relación educativa que involucre la finitud, en sus prácticas pedagógicas y didácticas tiene que ser una relación que problematiza la vida, que la cuestiona, que muestra al educando la inestabilidad, y la fragilidad de lo humano, la ambigüedad y el conflicto, como parte de la condición de mortalidad, somos seres ambiguos, vivimos en el conflicto, en la provisionalidad, nada es seguro en nuestro trayecto de vida, y por lo tanto necesitamos un educador responsable, que nos haga sentir acogidos, con acciones hospitalarias, que propicie la duda, que persiga el arte del desenmascaramiento, de aquellos otros, que pregonan las certezas, las respuestas únicas, las condiciones estables, la seguridad, algo que nunca hará parte de la vida de seres mortales, finitos y provisionales.


Un educador que practique el arte de la crítica, de la reflexión, del cuestionamiento permanente, de la reorientación del proyecto de vida del educando, sabiendo que no hay rutas únicas en un proyecto de vida, que ante la enfermedad y ante la muerte de sus seres queridos pueda preguntarse por el sentido de la vida y la manera de reorientar las relaciones con los que ya no habitan este mundo. Un educador que se inscriba en el concepto de finitud, al decir de Melich, tiene que ser capaz de dar testimonio, sin la necesidad de dar ejemplo, un educador que sea testimonio de la provisionalidad, de la ambigüedad, de la fragilidad, en su propia condición humana, en su propia vida, un educador que demuestre y se muestre como alguien finito.


Finalmente, y para concluir temporalmente esta reflexión, diremos que el maestro debe vivir en la transformación de sus alumnos, un maestro que permanente se abra a la interpretación del otro, que pueda retirarse cuando ese otro pueda seguir su camino, que ayude con su testimonio a construir sentidos que están en la mas absoluta crisis, y que demuestre su desconfianza de los discursos que se presenten como infinitos, objetivos, finales, de aquellos que dicen descubrir el SENTIDO DE LA VIDA. Discursos que estamos seguros respaldan y se asocian a prácticas totalitarias, que se muestran como las únicas poseedoras de la verdad, el bien y el sentido de lo humano. Toda práctica totalitaria niega el sentido de lo humano., porque impide la novedad, la ambigüedad y el cambio.


*Juliana Jaramillo Pabón es PhD. en Educación de la Universidad Autónoma de Madrid/España y su correo, por si alguna persona interesada quisiera contactarla o preguntarle algo sobre su campo de estudio, es: julijp63@gmail.com

LA GUACHAFITA