• Mauricio Muñoz Escalante*

Cicatrices de la tierra

Por Mauricio Muñoz Escalante*


Fotografía del autor, 2021

Si Piero fuera contratista, la canción diría más o menos así:


Al crear el barrio

Dios hizo la vía

Hizo las casitas

Todo lo hizo bien


«Por eso hay que cantar Aleluya», entonaríamos desde nuestros balcones con fervor profundo (imagínense un copetón que se me acerca y silba conmigo notas celestiales subido sobre mi hombro).


Si entráramos en detalles, podríamos decir sin recurrir a estrategias musicales que primero se cavaría el hueco (bien profundo), luego se introduciría el tubo (bien grande), después se pavimentaría la calle (con buen pavimento), y finalmente se realizaría el andén, se sembrarían los árboles y se construirían las casas. Todo se haría bien.


Pero aquí es un poco más complicado. Nosotros, que además somos de los primeros que decimos que el progreso no existe, que es relativo, que nuestros métodos deben elevarse como alternativa de desarrollo; nosotros tenemos otra manera de hacerlo, igual de civilizada, por supuesto:


Primero son los árboles, que vienen de fábrica. Los puso Dios, supongo.


Segundo es talar los árboles para hacer las casas… Pero no las hago yo o Piero o el gobierno, que es el mandamás, el que dice cómo se hacen las cosas, porque aquí todo está totalmente controlado y por eso vamos de primeros en la carrera espacial. Las casas las hacen las personas, quienes por sus propios medios y su creatividad naranja las construyen en un pedazo de terreno donde no hay ni agua ni luz ni teléfono ni gas ni internet. Mientras tanto yo, tú, Piero, Dios y el gobierno miramos para otro lado: al infinito, con el ceño fruncido (hagan de cuenta como El pensador, de Rodin). Ahí van llegando las personas: cinco, diez, cien, mil, un millón, eso no importa.


Parágrafo. En este punto se debe esperar varias generaciones: hasta que las casas cubran montañas completas y sea imposible seguir mirando al infinito sin topárselas, con su estética inacabada de tejas y tablas y polisombra, que es una tela agujereada de color verde o negra—a cuatro mil pesos el metro cuadrado, que es mucho decir, teniendo en cuenta que cuatro mil pesos es apenas algo más de un dólar—que se usa para cerrar los lugares de obra o cubrir parqueaderos en esas mismas ciudades donde el calor revienta la pintura de los carros, así éstos se hayan cocido a doscientos grados Celsius en la fábrica original.


Tercero es que algún líder social («ayudado de algún alumno de izquierda») haga un reportaje sobre las condiciones infrahumanas en las que vive la gente en pleno siglo veintiuno en Colombia, comiendo de la basura, con niños jugando entre las aguas negras, y mujeres dando a luz en camastros donde duermen otras ocho personas, rodeados de las llantas viejas que les donan las corporaciones, para que pongan en los parques que no hay, y se balanceen en los árboles que no existen. Entonces alguien del gobierno va a ver qué es la vaina y con ayuda de algún arquitecto amigo dicen que eso hay que legalizarlo.


Parágrafo. En este punto es importante hacer énfasis en llamar al arquitecto indicado, ya sabe, pues si escoge a algún idealista, éste le va a decir que es mejor reubicar a toda esa población y eso vale un dineral. Lo mejor siempre es legalizar: acuérdese de decir que mover el barrio sería peor, que lo importante son las conexiones (fraternales) que hay entre la gente, que eso no se puede interrumpir, que hay lazos comunitarios que son para siempre. Trate de poner una buena imagen de fondo cuando haga la presentación en Power Point. En la galería hay unas de paisajes otoñales que son súper efectivas.


Cuarto es verter un concreto pobre, ojalá con cemento vencido, por entre los espacios que dejaron los mismos habitantes. Así queda hecho el espacio público, con vías y todo, en un santiamén.

Parágrafo 1. Si decide pavimentar, use asfalto robado de alguna otra obra pública, ojalá mezclado con materia orgánica de personas que haya tocado desaparecer. Espárzalo por la superficie de manera burda, usando mano de obra poco calificada, ojalá hombres de alguna etnia en vía de extinción, descalzos y sin cachucha, a pleno sol, para que le salga barato.


Parágrafo 2. No importa que los árboles queden en la mitad de las calles. Así se usa en este país. No le vaya a dar pena que después salga un meme por internet, pues así ocurre en todas las cuadras de todas las ciudades de todos los pueblos de todos los departamentos de todas las regiones de Colombia. No se deje engañar. Después de que la vía quede medio transitable, así sea una chambonada, la gente queda feliz.


Parágrafo 3. En este momento es cuando puede hacer los contratos que pueda: invéntese parques, ampliaciones, lo que usted quiera, y róbese todo en la fuente, ya sabe cómo es: publica las bases de la licitación, premia a su llavería, y él le lleva la platica a la oficina en un maletín escolar; el portero ya sabe la vuelta. Pero no deje ni un peso porque esa gente es de lo más desagradecido que hay. No van a descansar hasta no verlo acabado.


Parágrafo 4. No se afane por los servicios públicos. Eso también lo hará alguien sin que usted lo sepa. Lo más común es que un concejal o un senador, con tal de quitarle la banca a usted, vaya a esos sectores a comprar votos, y haga un contubernio con la empresa local para proveerles energía eléctrica… ¡Ta-rán! No me venga a decir que no sabía eso, siendo que en todas las casas hay contador, esté legalizado o no el barrio. ¡No pensará que los puso Dios!


Parágrafo 5. El gas lo llevan las empresas en pipetas… Usted, fresco.


Parágrafo 6. El agua lo trae la misma gente en mangueras que recorren kilómetros desde los nacederos de los ríos. O de los pozos profundos. Quién sabe. ¡Que se preocupe por eso alguna autoridad ambiental! Quédese sano.


Parágrafo 7. El internet se rige por oferta y demanda: los de Sky y DirecTV y Claro y Movistar se matan entre ellos para llevar el servicio así sea debajo un puente. La política que los rige es «No questions asked». Usted, ahí en primera.


Parágrafo 8. Lo único que puede representar algún problema es el alcantarillado, pues el costo de esas obras no lo puede cubrir la gente, así quisiera. No es que sea algo de vida o muerte; las personas se ingenian la manera de arrojar las aguas negras y todos sus desechos en algún lado, pero en cierto momento habrá que meterle el diente al asunto. La señal es cuando los jóvenes cogen las paredes de las casas de sus propias familias para escribir grafitis en contra suya, y amenazan con matarlo apenas se asome por la ventana. Ese día es recomendable actuar.


Lo quinto es romper la vía.


Parágrafo 1. Haga un roto bien grande por toda la mitad, de manera que parezca que usted es un tipo visionario. Use un tubo del diámetro que alcance; tampoco se ponga a pensar en contratar un diseño para que el día mañana no toque romper otra vez. En este país ese tipo de prevenciones no son necesarias: las vías se rompen las veces que toque romperlas, sobre todo cuando es en el barrio de los demás.


Parágrafo 2. En el lugar donde usted vive por favor sí acójase a la reglamentación técnica, ojalá gringa o europea. El truco es que sea de un país donde no hablen español, manda traducir la norma, y ya: dice que es nuestra. Pero por nada del mundo vaya a copiar algo de Oriente y menos de África o del Sudeste asiático. ¡A esa gente téngale pavor!


Parágrafo 3. Contrate al señor ese que tiene una cortadora de concreto que hace un ruido como de cerdo en el matadero, y dígale que rompa la mezcla que usted tuvo a bien poner. Cave un hueco del tamaño ideal, ni mucho que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre, y no pregunte cómo lo van a cerrar. Simplemente lárguese porque nunca nadie responde por eso. Déjelo ahí, que la gente se ingenia la manera de taparlo.


Parágrafo 4. Cuando hayan condenado a su contratista a vida y media en prisión, trate de mandarlo a vivir al extranjero antes de que le dé por hablar. La estrategia es más efectiva si al hombre le han hecho un atentado y sale del país herido de bala, ojalá en una extremidad.

Sexto es verter otra capa de concreto pobre sobre la tierra mal apisonada con Dios sabe cuál relleno.


Parágrafo 1. No se estrese por las conexiones domiciliarias; no vaya y se le reviente un aneurisma. Más adelante la gente, por obra y gracia del Espíritu Santo, se conecta desde su casa a ese tubo principal que usted puso.


Y lo séptimo es que las personas rompen la vía otra vez.


Parágrafo 1. Con picas y palas y cubiertos, y todo el arsenal que tienen a la mano, los habitantes de las casas que usted amablemente legalizó, totean con una piedra el tubo que usted tan gentilmente regaló. Lo quiebran a la altura que se les antoja, y conectan su tubo (en cualquier material) con todos sus residuos al colector madre. Ponen encima de la herida un pedazo de teja de Eternit (otra cosa para la que sirven) y lo sellan con cemento, tirado como Dios les ayuda.


Parágrafo 2. La mayoría de las veces esta «obra» queda con una que otra fuga, lo que explica los olorcillos que creemos que salen de las alcantarillas, pues lo cilíndrico del tubo poco tiene que ver con lo rectilíneo de la teja, ¡pero vaya usted a hacerles entender! Como es poco no importa, nadie lo va notar, así que tranquilo: con el calor que hace en la superficie, de ahí para abajo se seca todo como un hueso en menos de lo que canta un gallo.


Parágrafo 3. Deje pasar unos treinta años y vuelva al barrio a va a ver lo bonito que está todo: por el centro pasa, como si fuera una columna vertebral, la cicatriz de su intervención; y hacia los lados, como si fueran espinas de pescado, las cicatrices más pequeñas de los rotos que hizo la gente llegando a sus andenes y a sus casas a medio hacer. Es un espectáculo bello: su chambonada, más la chambonada de ellos, todos unidos en esa composición artística sin principio ni final, sin lógica aparente, espontánea, para obtener esa imagen informal que nos caracteriza.


Parágrafo 4. La prueba de que a la larga usted también «Todo lo hizo bien», como canta Piero, es que el hijo del hijo del hijo del hijo de aquel disidente que usted tuvo que mandar a matar por rebelión, hace un reportaje que muestra cómo la gente está feliz con su calle: porque ahí jugaron banquitas y asaron carne en año nuevo; porque la hicieron ellos mismos con sus manos, que eso vale mucho, que para todo lo demás hay MasterCard. Siéntase libre entonces de retirarse a vivir a las Bahamas con la conciencia tranquila por una gestión sin mácula; quede feliz porque su país sigue viento en popa, hacia adelante como usted siempre lo imaginó.


Si Piero fuera contratista cantaría:

La luz rasgó

con un trueno las tinieblas

y la vía entonces

de la nada surgió


Pero no. Por más que en Colombia pecamos y rezamos para empatar, aquí no pasa eso de que «cuando de pronto se oyó la voz de Dios».


Yo digo que es porque no hubo oscuridad inicial; porque no hubo caos para que después reinara el orden. Estas tierras tropicales están condenadas porque la canción no puede arrancar, «Todo era frío, sin vida y tenebroso», como quisiera Piero. Nuestro problema está enquistado adentro (basta recordar el chiste de marras):


Dios nos llena de árboles y ríos, y sol corrido todo el año, y dos mares, y tres cordilleras, y todos los pisos térmicos, donde se dan el 99% de las frutas y viven el 99% de las especies animales y vegetales de la tierra (tanto es así que la riqueza se desborda en dos conos dorados sobre el territorio). Entonces alguien le pregunta a Dios por qué esa manera tan inequitativa de distribuir la geografía, dejándole tanto a Colombia y a otros tan poco, y Él responde, «Porque no se imagina los hijueputas que van a vivir allá».


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Conflicto de intereses: El autor no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico/profesional/personal de su perfil.


*Mauricio Muñoz Escalante es arquitecto de la Javeriana y Máster en arquitectura del Pratt Institute. Dirige el programa de arquitectura de la Universidad Antonio Nariño en Neiva.


LA GUACHAFITA