• Mauricio Muñoz Escalante*

Área Amarilla por Habitante


Cancha de fútbol en barrio de Neiva. Cortesía: Diario del Huila.

Andan por aquí los señores de ONU-Hábitat y la alcaldía presentando los avances en materia de legislación y planeación urbana de la ciudad con miras al año 2030, y valga decir que propósitos es lo que hay. Muy bien. Porque una cosa es cierta: Neiva ha tenido un desarrollo urbanístico bastante acelerado. Las cifras del centro de investigación económica y social de Fedesarrollo hablan de un crecimiento anual de la construcción del 7,6% entre el 2007 y el 2014—casi el doble del 3,9% anual del promedio del país en este mismo periodo—lo que se hace evidente en las ferias inmobiliarias tan frecuentes en el recinto ferial nombrado muy acertadamente La vorágine (por don José Eustasio), pues en realidad eso es lo que es, una vorágine de inmuebles, al norte, sur, oriente y occidente, de dos alcobas y de tres, con o sin subsidio, para entrega inmediata o sobre planos, en obra negra o blanca, con o sin parqueadero, casas y apartamentos y estudios (en español), lofts y club houses y duplexes y pent-houses y cuanta cosa (en inglés), para el rico y para el pobre, todos los meses, como si fuera una gran burbuja a punto de estallar.

Nos muestran entonces los planos a escala 1:25.000, como fotografías tomadas desde la sonda espacial Cassini, con el inmenso río Magdalena convertido en un inofensivo hilo azul, las ciudades como maquetas del tamaño de la palma de la mano, y los barrios como bloques amarillos flanqueados por ejes comerciales rojos y cuadras llenas de edificios industriales violeta, manchas y manchas (así les dicen los arquitectos y urbanistas), con el teleobjetivo puesto en la estratosfera, desde donde debo reconocer que la ciudad se ve muy bien, como una mancha bonita.

Y más aún si tenemos en cuenta los 15 m2 de área verde por habitante con el que se está concibiendo, por cuenta del índice estipulado por la Organización Mundial de la Salud desde su sede en Suiza, para más veras en Ginebra, una ciudad planeada entre las planeadas, noveno (9) mejor lugar del mundo para vivir, séptima (7) ciudad más costosa, quinto (5) centro financiero de Europa, tercer (3) centro urbano con más capacidad adquisitiva, etcétera, acordemente, aunque sólo salga en la lista de buena calidad de aire en Colombia, en vista de que Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga ya salieron de esa competencia y ahora se codearán los puestos de las listas donde están Calcuta, en India, o Beijing, en China, Neiva es verde, muy verde, o mejor dicho, será verde, requeteverde, con corredores ambientales de oriente a occidente conectando el ecosistema de las cordilleras, y de norte a sur con la franja de protección del futuro malecón—“internacional”, dijo uno de los conferencistas—del Magdalena, articulando parques de bolsillo y parques de ciudad y parques metropolitanos, y bulevares de carboneros y ocobos y ceibas y cauchos, allende de arbustos floridos y bandadas de loros furibundos como los de Vallejo que «le remachan la madre a Tirofijo: ¡hijueputa! Jua, jua, jua, jua, jua, juaaaaa…».

La prueba son los videos sobre las ciudades del futuro colombiano que nos pusieron los del Banco Interamericano de Desarrollo (el brazo financiero de la ONU que nos salvará del desastre ecológico), verdes, verdes, con avenidas de varios carriles con tráfico a toda velocidad, edificios de vidrio reluciente y parques, más parques, en el piso 20 y en el 30 y en el 50, con hombres vestidos con pantalón caqui y camisa azul celeste hablando por celular relajadamente, y mujeres trajeadas por modistos internacionales en poses irreales sacadas de desfiles de modas, bajándose de carros Mercedes Benz y Land Rover y Jaguar, todos importados de alguna librería de AutoCAD made in USA.

Ciudadela La puerta del sur (Fuente: www.greenercities.com.co)

Así será Neiva y así se venden ya los proyectos inmobiliarios en las vallas, verdes, verdes, verde pasto y verde árbol y verde loro, como la ciudadela La puerta del sur que ofrece «100.000 m² de naturaleza y recreación donde tus hijos pueden crecer», acompañados de imágenes a cual más conmovedoras, todas al aire libre, familias en sus respectivas bicicletas de montaña, un perro Jack Russell corriendo detrás de un juguete volador, jóvenes en un asado, niños jugando, parejas haciendo picnic, todos sonrientes, como debe ser cuando uno compra «apartamentos increíbles» y «vivienda de interés social con todo lo que soñaste», e incluso con un muchacho meditabundo contemplando la naturaleza, sin una gota de sudor a pesar de llevar puesto un saco—con capucha—en una ciudad donde la temperatura promedio es de casi 30 grados centígrados: ¡así de fresca será!

La pregunta es obvia: «¿Sí será verdad tanta belleza?» Y la respuesta es más obvia aún: «No». Los planos de ventas del conjunto residencial Multicentro, por ejemplo, eran edificios blancos en medio de una selva, y en la realidad (ya van en la torre 4) son zonas duras de asfalto y concreto pintadas de verde. Pero no es porque los de Pedro Gómez sean deshonestos o los de Vivendum nos traten de engañar. El problema es que ellos y nosotros y todo el mundo se está creyendo el cuento. Analicemos lo indiscutible: si toda esta parafernalia verde es para cuidar el ambiente porque estamos acabando hasta con el nido de la perra, se supone que el agua es uno de esos recursos que hay que proteger. Y si el clima de un lugar específico—digamos Neiva, pero puede ser Dubai o Valledupar—es del tipo árido seco, lo lógico es que las especies que se siembren no necesiten tanta agua, precisamente porque no hay. ¿Quién va a mantener césped sano y fuerte en dicho clima, salvo las ciudades de los emiratos árabes, donde el dinero se puede literalmente despilfarrar a manos llenas?

La prueba de que no es posible es que los parques de los neivanos (o de los de cualquiera de las ciudades donde arde el sol 12 meses al año) no son con pasto, como si son en Bogotá u otras ciudades donde la pluviosidad es abundante, sino de arena, que es el tipo de suelo que hay en los alrededores. ¿O cuándo han visto acá tierra negra, que no sea en un vivero? La gente juega en la arena porque es lo que se da naturalmente, sin necesidad de tener una manguera abierta todo el tiempo («Agua que no has de beber…»), como ya se ven haciendo los carrotanques regando las flores que hay sembradas en algunas avenidas, tratando de alcanzar el estándar de mínima Área Verde por Habitante (AVH). Propongo que los de la ONU y los de la OMS reflexionen y, acorde a la supuesta emergencia ecológica que nos acecha, saquen un índice que se llame Área Amarilla por Habitante (AAH), para que, si nos vamos a calcinar por cuenta del aumento de la temperatura del planeta, por lo menos lo hagamos sin decirnos mentiras. Es sólo cambiar una letra, que a estas alturas no es mucho pedir: AAH por AVH.

El problema será vender los proyectos inmobiliarios, porque en el imaginario colectivo, esas canchas yermas no son la mejor estrategia de mercadeo.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA