• Mauricio Muñoz Escalante*

Business as usual


Propuesta de perfil urbano tipo I-V en Neiva (Fuente: archivo personal).


No fue sino que declararan pandemia al covid-19 para que empezaran a decir los arquitectos, esa especie de optimistas que por donde van pintan todo color de rosa, que las ciudades van a cambiar radicalmente. Ellos, que al son de obra se les hace agua la boca, nos proyectan en sus modelados tridimensionales cualquier cantidad de fantasías. Todo el que oiga sus ideas sabrá que son propias de un orate: «Garantizar la vivienda para todos», «Reducir la contaminación lumínica y auditiva», «Impulsar la biodiversidad»… Parecen propuestas de participante de reinado. Mejor me voy centrar en lo más pedestre que dicen: que los andenes se dediquen a las personas y la vía a los vehículos. En Europa, Norteamérica u Oceanía, que es con quienes nos comparan, vaya y venga. ¡Pero en Colombia! Aquí la pregunta es cuáles calzadas, cuáles vías.


Por eso reclamo que antes de que nos monten en otra vaca loca que ni ellos saben dónde va a parar, que por lo menos terminen lo que empezaron. ¡Que cambios ni qué carajo! Si quieren mi opinión, que siga todo igual. Business as usual, como dicen los gringos.


Porque fueron los arquitectos los que dijeron que dizque las vías se distinguen por tipos según su ancho, o lo que llaman su «perfil urbano»: desde la tipo V-0, que tiene 100 metros de paramento a paramento, con 12 carriles de tráfico vehicular, espacio para un sistema exclusivo de buses, y un separador central para albergar una línea de tren estilo metro; hasta la V-9, que sólo tiene 8 metros y apenas hay campo para los dos antejardines de las respectivas casas a cada lado y una circulación peatonal. Sin embargo, para sorpresa de nadie, esos perfiles urbanos tan soñados no se han visto nunca en el territorio nacional: primero, porque el 60% de las ciudades se hacen solas, según los mismos estudiosos que llaman «informalidad» a la generación espontánea de tejido urbano que nos caracteriza; segundo, porque las cartillas de espacio público sólo entraron en vigor en el siglo XXI, cuando ese 40% restante de «ciudad planeada» ya estaba mal hecho; y tercero, porque aun siendo norma vigente, los perfiles urbanos no se aplican. ¿O cómo se explica—por ejemplo—que la troncal de la Avenida Las Américas, construida en el 2002-2003, cuando pasa sobre la Avenida Boyacá tenga 8 carriles, y unos metros después cuando llega a la estación de Banderas tenga dieciséis, si se supone que la intervención se realiza habiendo ya entrado en vigor la regulación sobre los tipos de vías? ¿Es que en los pliegos de condiciones no se especifica que se deben seguir las normas existentes y se permite que cada proponente acuda a su creatividad para definir cómo deben ser los dichosos perfiles? ¿Será que el ganador de la licitación no ha tomado nunca gaseosa—o aguardiente en un estadio ruso—directamente del envase como para no haber observado que el líquido se arremolina justo en el lugar donde cambia el diámetro, generando el incómodo represamiento llamado por doctos y vulgares «cuello de botella»? ¿Será mucho pedirle a aquellos con 5 años de estudios de pregrado y quién sabe cuántos más de posgrado en universidades con acreditación de alta calidad, que extrapolen ese apasionante descubrimiento a los flujos de vehículos de las ciudades, y cuando estén frente a su computador piensen que los carriles de las vías no deben desaparecer así como así?


Por eso digo que no hablemos de cambiar nada. Primero hagamos. Después hagamos bien. Y después de que esté bien hecho, ahí sí miramos si lo modificamos por cuenta de algún virus de pollo o de murciélago. Démosle veinte o cincuenta años. Todo a nuestro propio ritmo. Que venga ébola-22 o covid-35 y nos lleve donde San Pedro, pero que por lo menos tengamos por donde transitar.


No es una crítica a Bogotá, o mejor dicho, no es una crítica sólo a Bogotá. Las vías de Colombia pasan de la V-0 a la V-2 y de la V-2 a la V-7; del pavimento al pavé y del pavé al adoquín; de la trinidad anden/césped/ciclovía a sólo andén; o de andén a sólo ciclovía; o de ciclovía a nada, que es el cuadro colombianísimo de piso de tierra, sin césped, sin árbol, sin banca, sin caneca, con un desplazado pidiendo monedas y un semáforo titilando en amarillo durante meses. La crítica es que si eso pasa en Bogotá, la gran capital, en el resto del país la escena se repite igual o peor: allí los encargados de hacer las vías van de viaje a mirar cómo son las calles en Copenhague y cómo funcionan los andenes en Ámsterdam, y al regreso nos deleitan con su manera tan particular de aplicar la lección.


Por eso sugiero que deberían primero echarle una mirada al desmadre que armaron… No digo que «vayan», pues ahora más que nunca tienen disculpa de no recorrer las calles—qué tal que se contagien de algo letal—sino que envíen un dron con una cámara y aprovechen que la mayoría de las vías están desoladas para hacer un vuelo de reconocimiento. Para que una vez se acabe el encierro y digan «No fue más» y salgamos todos en estampida, entonces sepan por dónde empezar.


Cojamos una ciudad del montón: Neiva. Dicen que sea hará un perfil urbano tipo V-4, o sea una vía de dos carriles en cada sentido con un separador central, y aunque los 4 carriles se hacen, todos van en el mismo sentido porque los dos que debían ir hacia el sur no tienen dónde llegar. El separador entonces tampoco funciona porque no tiene cruces, y si usted toma el lado que no es en la calle 26 (no hay señalización), la única oportunidad que tiene de arrepentirse es 38 cuadras después, en la calle 64.


Los buses, por ende, circulan por el margen izquierdo (sur-norte) y los carros también, porque de lo contrario no pueden girar por ninguna de las bocacalles hacia el interior del barrio. El carril de la derecha (norte-sur), sobra decirlo, casi nunca tiene tráfico automotor—salvo las busetas sin pasajeros que aprovechan la recta para verificar en cuanto tiempo recorren el cuarto de milla con el pedal del acelerador a fondo—y ahora todavía menos pues le acomodaron un tramo de ciclovía que le quitó cerca del 25% de la capacidad.


¿Y los andenes?


A la izquierda dejan dos metros contra los antejardines de las casas, los cuales enrejan los dueños de piso a techo para ganarse de manera ilegal un área cubierta adicional para mecerse en las tardes mientras cae el sol. Pero a esos dos metros de andén, quítele uno donde se siembra el consabido árbol de mango o almendro para lograr mitigar la radiación solar de la ciudad, al tiempo que se levanta el pavimento de la vía y se agrieta el cemento de la acera, y se rompen las redes de luz, agua, gas, alcantarillado, teléfono e internet. Queda un metro, donde no caben dos personas caminando una al lado de la otra, salvo que se desplacen «pechito con pechito» y «ombligo con ombligo», como cantan los Tupamaros cada vez que los invitan a la entrega de una obra de espacio público.


Como último recurso entonces la gente camina por la calle, porque al andén del otro lado van a parar los vidrios rotos de las mesas de centro, los sanitarios desportillados y los colchones con manchas de orines que ya cumplieron su ciclo vital, allende de la maleza que se ha reproducido libremente desde tiempos inmemoriales y le da a la acera ese aspecto de selva virgen, sólo imaginable en las páginas de La Vorágine, que casualmente es el libro insignia de la ciudad… ¡Y eso es cuando hay andén! Porque también puede pasar que faltando un kilómetro para terminarlo el contratista diga, «Esto no va conmigo», y vacíe la última lechada de cemento sobre la tierra (aquella agua grisácea producto de lavar la carretilla de los obreros), y se encarame en su volqueta para nunca más volver.


No es una crítica a Neiva… O, mejor dicho, no es una crítica sólo a Neiva. Me pregunto cómo escribir esto en los anales del urbanismo: ¿Perfil urbano compuesto por 1 metro de anden, 1 metro de control ambiental, vía para dos vehículos en sentido sur-norte, separador de 80 centímetros, ciclovía de 2 metros en doble sentido, carril vehicular también sur-norte para 1.5 carros, y anden invadido de maleza sin terminar? A lo mejor así quede para la historia y el título que reciba nuestra propuesta no sea perfil urbano tipo 4 sino tipo IV, que quiere decir in-viable, o mejor, in-verosímil.


Por eso rezo para que ahora que salgamos del aislamiento preventivo, o cuarentena o toque de queda o como quiera que lo llamen en su ciudad, no nos vayan a salir con el cuento de que ya no es necesario invertir recursos en infraestructura vial, porque ahora todo va a ser digital, por la nube, a través de Google Maps o quién sabe qué… Porque los daños en las autopistas de información aquí no los arregla nadie, nunca.


* Profesor de la Universidad Antonio Nariño.


LA GUACHAFITA
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