• Mauricio Muñoz Escalante*

Professor X, Docente Equis


Fuente: Julio César González, 2020


Quizás la primera lección que les damos a nuestros estudiantes, cuando los introducimos en el tema de la investigación, es que deben citar las fuentes que consultan. Entonces escriben «Según X», donde X es el apellido del autor de algún texto pertinente para el trabajo que adelantan. Muchas veces ese X es un prestigioso profesor de una de esas universidades que usamos como inspiración para construir nuestros planes de estudio—Harvard, Yale, Oxford, Cambridge—pero pocas veces pensamos en las condiciones de trabajo de dicho Professor X para producir esos libros que tanto admiramos.


En un artículo reciente de El Espectador, la rectora de la Universidad Nacional dice que en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) la relación entre el número de estudiantes y el número de docentes es 3.7 a 1, mientras que donde ella trabaja es 18 a 1, o sea casi cinco veces más. A mi juicio esa debería ser razón suficiente para dejar de mirar hacia arriba y más bien hacerlo a los lados; hacia quienes a la larga estamos tratando de superar. Si va tomar como referente a MIT, la universidad #1 del mundo según la clasificación del QS World University Ranking (que es el índice que ella cita), lo primero que debería hacer, incluso antes de escribir algo para la prensa nacional, es contratar cinco veces más profesores, ojalá todos con títulos de doctorado. Si no lo puede hacer, por las razones que sea, entonces en lugar de indagar por qué MIT está de primera, investigaría quién está en el #815 o en el #814, que son los puestos que tiene justo al frente, en la mira. Y después, el otro año, si aunque sea baja la relación entre estudiantes y profesores a 16:1 o 17:1, tal vez le apunte al que está en el #800; pero mirar de una vez al primero es un poco exagerado.


Pero esa es la tónica nacional en todos los niveles. En la educación media la reflexión es: en las pruebas Pisa quedamos en el puesto 58 entre 79 países, pero no miramos a México (puesto 53) o a Costa Rica (puesto 49), sino de una vez a China (puesto 1) o a Singapur (puesto 2). Hundámonos pues en las comparaciones, siempre tan odiosas:


Aparte de lo que anota la señora Montoya, resulta que a ese Professor X de la estratosfera ilustrada le pagan 4 horas de preparación de clase por cada hora dictada, y en la litosfera del trópico es una hora de preparación por cada tres dictadas, o sea doce veces menos. Y resulta que el tiempo de exposición del Professor X, quitándole los viajes a dictar conferencias y asistir a seminarios de actualización, es de ocho sesiones al semestre, mientras que aquí son dieciséis, o sea el doble. Y resulta que cada sesión del Professor X no pasa de dos horas —incluyendo los treinta o más minutos que dedica a responder preguntas del auditorio— y acá son sesiones de hasta cuatro larguísimas horas, o sea el doble. Y resulta que ese Professor X no evalúa, ni llama a lista, ni corrige trabajos, ni lee ensayos estudiantiles, ni tiene reuniones de atención personalizada para explicar cualquier lectura sugerida, porque en esas universidades que tenemos como medida existe la figura del asistente, usualmente estudiantes de doctorado que reciben una remuneración por apoyar la labor docente, encargándose de todo el trabajo operativo.


¿Será que Noam Chomsky hubiera podido escribir sus más de cien libros si en lugar de ser profesor de MIT durante cuarenta y siete años hubiera trabajado en una universidad del país del Sagrado Corazón?

Claro que no.


Una primera hipótesis para explicarlo puede ser que los profesores colombianos no son tan inteligentes como míster Chomsky, ni tengan su poder de abstracción, ni hayan cultivado su habilidad con las palabras —lo que es cierto, y me incluyo— pero la correlación entre las variables no es necesariamente directa. Otra hipótesis puede ser más bien que las universidades de Colombia no proveen a sus profesores de las condiciones necesarias para convertirse en autores e investigadores de la talla de Noam, ni en el corto, ni en el mediano, ni en el largo plazo.


No se necesita ser parte de la «misión de sabios» de COLCIENCIAS para darse cuenta de que la demostración de esa segunda opción tiene más probabilidades de éxito. Se puede acudir a información empírica de primera mano: aquí, el que diseña el contenido programático es el profesor; el que planea el semanario es el profesor; el que busca la bibliografía es el profesor; el que formula las preguntas de los exámenes es el profesor; el que tiene que diligenciar los formatos es el profesor; el que evalúa todos los trabajos es el profesor; el que saca las cuentas de las notas es el profesor; el que sube las calificaciones a la plataforma es el profesor; etcétera. A eso sumémosle que el profesor tiene que hacer promoción de la universidad, hacer seguimiento personalizado a los estudiantes, realizar planes de extensión, gestionar estrategias de proyección social, y delinear cursos de educación continuada, aparte de hacer un informe semanal para cada una de sus actividades, adjuntando soportes en todas las extensiones habidas y por haber: DOC, JPG, XLS, PDF, MOV y PPT. ¿A qué horas va a escribir o investigar?


Lo mejor de todo es que el profesor típico de una institución de educación superior de esta estirpe sale mal evaluado cada semestre, porque su producción intelectual es cercana o menor a cero, lo que es cuantitativamente justo. Es un equis, a fin de cuentas.


«Si no le gusta así, diga no más porque afuera hay muchos otros que se pelean por estar acá», lo amenazan cada semestre.


Creo, sin embargo, que es al contrario. Ese equis es a lo único que pueden aferrarse las universidades de este país. Y la carta que les queda por jugar es considerar su labor de manera cualitativa. Anoten este vaticinio: en lugar de cambiar las condiciones para que de una vez por todas hagamos investigación con alguna validez en un contexto mundial—reducir el tamaño de los cursos, asignar más horas de preparación de clase, eliminar las funciones administrativas de la actividad académica, etcétera—nuestras universidades les van a salir a los maestros con el cuento de que su labor, todo el día apagando incendios sin ninguna proyección, tiene un gran valor. A lo mejor dicen «un valor inconmensurable»: porque cinco horas de clase, cada una con cuarenta alumnos, cinco días a la semana, semestre tras semestre, año tras año, durante décadas, debe haber dejado algo que pueda recuperarse. ¡Qué más da que la investigación cualitativa sea la hermana fea de la cuantitativa! Igual no es para el Professor X, una personalidad de ese mundo académico que observamos como niños pobres a través de una vitrina de centro comercial. Es para ese Docente equis: «¿Cómo es que se llama?»


Ya me puedo imaginar cuando las universidades colombianas se estén preparando para volver al desangre después del descuadre de la cuarentena, a puerta cerrada, sin mencionar ahora a Princeton o a Columbia o a Stanford, o a cualquiera de esas instituciones de las que hablamos a los periódicos cuando queremos mostrar que tenemos el ojo puesto en la vanguardia:


«Debemos recuperar esa platica. Algo podremos sacar de esa labor pura instrumental de docencia. Llámese al ministerio y pregúnteles si podemos inventarnos una categoría en la que metamos todo eso como investigación… Se tiene que poder. Ellos no nos dejan morir».

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA