• Mauricio Muñoz Escalante*

Constante de Heyzen Hawer para la educación superior


Símbolo de la constante de Heyzen Hawer (Propuesta del autor)


Mi amigo Heyzen Hawer quería ser un hombre de letras, pero el sistema educativo colombiano se le atravesó en el camino.


Le dije que el nombre no tenía ninguna importancia; que no era su pecado original; que todos los humanos somos iguales y podemos hacer lo que nos propongamos en la vida; que el cielo es el límite, pero me miró como si fuera un charlatán de la nueva era.


—Primero —me dijo, y estiró el dedo meñique—, está la dedicación: como tenía que trabajar para mantenerme, estudié en jornada nocturna. Tenía clase de seis a diez de la noche, pero empezábamos a las seis y media por el tráfico, y terminábamos a las nueve y media porque la mayoría vivimos muy lejos, y es peligroso llegar tarde a la casa. En mi barrio la delincuencia tiene decretado el toque de queda desde las diez.


Le expliqué que ya no existían las jornadas diurna y nocturna; que ahora se llamaba «jornada única»; que era de seis de la mañana a diez de la noche; que podía haber clase en cualquier momento dentro de ese espacio de tiempo; que era casualidad que a algunos estudiantes les salieran todas las clases de seis a doce del día, a otros de doce a seis de la tarde, y a otros de seis a diez de la noche; que las universidades no dictaban las carreras en tres horarios diferentes.


—¡No se haga el pendejo! —protestó—. Usted no puede comparar un profesional que estudia dieciséis horas diarias, en clase y haciendo tareas, en grupos de estudio en bibliotecas con dos millones de libros, con uno que sólo puede dedicar tres horitas leyendo guías fotocopiadas de medio pelo. ¡Porque es imposible llegar a leer Ser y tiempo después de trabajar ocho horas y pasar cuatro más sentado en un salón! Cuando llega a la casa, después de cenar papas, arroz y carne, a las once de la noche queda dormido como una piedra.


Le manifesté que las universidades estaban comprometidas con la formación de colombianos al mejor nivel; que la calidad era el «objetivo misional» número uno; que la educación era una de las prioridades del gobierno; que de eso dependía el futuro del país; que no eran sólo un negocio, pero no me creyó.


—Segundo —siguió, y estiró el dedo anular—, están los profesores: las universidades los ponen a dictar cada semestre algo diferente; no alcanzan a preparar las clases; atienden grupos gigantescos; les asignan muchas horas a la semana… Esos pobres no tienen tiempo de nada. ¡Usted viera lo que escriben como retroalimentación en los trabajos!


Le conté que la tendencia en Colombia era la del «profesor integral» (como el pan): una persona involucrada directamente en el asesoramiento de las labores académicas, el seguimiento de los procesos administrativos, y el acompañamiento de la esfera personal de sus estudiantes; que la ausencia de psicólogos y secretarias no era para recortar personal, sino para fortalecer la multidimensionalidad del proceso formativo, pero se burló con desfachatez.


—Y tercero —terminó, y estiró el dedo medio—, está la maldita pandemia: aunque en las sedes físicas falta de todo (los salones no tienen pupitres, la biblioteca no tiene libros, la cancha no tiene césped, los baños no tienen papel), desde que quedamos con educación virtual nos terminamos de joder. La gente cree que reunirse por Zoom con otras cuarenta personas a oírle el cuento a alguien que no sabe ni dónde está parado es como tener una suscripción a Masterclass, y no es así. Es un despelote. No se aprende nada… ¡Y súmele a eso que la mitad de los alumnos no tiene internet o no tiene computador!


Le informé que las universidades del país no se habían pasado a educación virtual, sino que «eran presenciales de manera diferente»; que se llamaba «metodología remota»; que «estaban llegando hasta la casa de cada estudiante»; que no buscaban engancharlos para el próximo semestre así fuera vendiéndole el alma al diablo; que el Ministerio exigía procesos serios, pero Heyzen me interrumpió bruscamente y me miró como si yo fuera un monigote.


—¿Le parece serio que después de lo que le he contado el Ministerio le haya otorgado a mi universidad la certificación de alta calidad? ¡Qué vergüenza!


Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. A través de la pantalla podía ver fragmentos de su casa: la pared en bloque de arcilla desnudo; el piso de cemento pulido; un juguete roto; un gato famélico; un trapero sucio al lado de un balde con manchas de pintura. Sabía que Heyzen ya tenía lista su monografía de trabajo de grado (escrita con normas Icontec, que nadie más usa en el mundo); que su asesor le había puesto cinco; y que le había enviado como respuesta el símbolo de una mano amarilla con el pulgar hacia arriba, sin ningún comentario adicional. Pensé en hacer el chiste de que gracias al Covid-19 ya no tendría que mandarla empastar donde doña Magola, la señora de la miscelánea, pero me arrepentí.


—¡Felicitaciones! —exclamé—. Saldrá con tesis laureada.


No sabía qué más decir.


—No sirve de nada —me respondió meditabundo. Pensé que en cualquier momento se lanzaría de un puente, pero caí en cuenta de que en esta ciudad no hay puentes… ¡Ufff!


Heyzen me contó que se la había mostrado a un profesor alemán, que había llegado a la universidad «de chepa», porque la esposa estaba de misión diplomática en Colombia, y que no había pasado de la primera línea del resumen antes de volverla añicos.


«Primero», le dijo, y estiró el pulgar, «no puede basarse en la opinión de alguien que no está calificado para hacerlo. Si su trabajo de grado es sobre Heidegger, tiene que usar como referentes a Heidegger, por supuesto, y a personas que hayan producido conocimiento sobre él de manera profesional. No puede mencionar los intercambios infantiles de Margarita Rosa y Moisés Wasserman en El Tiempo… Ni tampoco a Shakira».


Heyzen me cuenta que se puso rojo como un tomate (por Google Meet).


«Segundo», le dijo, y estiró el índice, «tiene que hablar, escribir y leer alemán, que es el idioma en el que está escrita la obra de Heidegger. Y debe saber también inglés, que es el idioma en el que está escrita gran parte de la crítica. Si no puede consultar la bibliografía en el lenguaje original, no tendrá acceso a fuentes pertinentes. Lo que menos importa en este caso es que usted sepa español. No puede captar las sutilezas de un autor tan complejo en una traducción. Eso lo sabe todo el mundo».


Heyzen no entendía cómo su asesor lo había dejado seguir adelante a pesar de un error tan garrafal.

«Tercero», le dijo, y estiró el dedo medio, dejando el anular y el meñique doblados hacia el frente, «las instituciones que respaldan los autores que usted cite también deben tener credibilidad en el mundo académico: a nadie le interesa un libro sobre Heidegger salido de una universidad a distancia en Colombia».


Heyzen estaba derrotado. Después de hablar con el señor Schimdt sospechaba que había perdido el tiempo; que había tirado por la borda cinco años, y ahora debía pasar diez más pagándole al Icetex la deuda que había adquirido; que había estudiado en «un hueco»; que saldría de «una escuela de garaje».


—¿La va a entregar? —Imaginé que en su desesperación Heyzen lanzaría la monografía por el excusado y se enrolaría en las filas del ELN, pero me equivoqué de nuevo.


—¡Claro —me respondió—. Así no sepa nada, mi título universitario vale lo mismo del que sí sabe algo. ¡Allá afuera ambos somos profesionales! Lo importante no es llegar primero sino saber llegar.


Pensé que una máxima que podía definir de manera tan precisa la filosofía de la educación superior en Colombia merecía un símbolo que la hiciera trascender. Entonces la bauticé Hh, para que no se confundiera con las haches sencillas de la constante de Planck o el símbolo de la entalpía. La constante de Heyzen Hawer debía quedar en los anales de la historia, fiel a su autor y al país que le dio vida, inútil y trágica al mismo tiempo. * Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA
  • Facebook Social Icon

Copyright 2018 La Gaitana Portal. Todos los derechos reservados

¿ESTÁ CULIMBO? CUÉNTENOS