• Juan Carlos Rico Noguera*

La violencia como el virus nacional ignorado en Colombia

El mensaje ético y político de la Comisión de la Verdad para la sociedad civil, el Estado y los agentes violentos ilegales en medio de la pandemia


Foto: Cortesía de la Comisión de la Verdad. Actos de instalación de la Casa de la Verdad, ubicada en Neiva, transcurrieron ante la presencia de cerca de 700 asistentes, en primera instancia en el recinto ferial ‘La Vorágine’ y luego en la sede de la Casa, en la Calle 23 No. 5 - 55, en el tradicional barrio Sevilla.


Desde mediados del mes de enero hasta la tercera semana de marzo tuve la oportunidad de trabajar como voluntario en la Casa de la Derdad de la ciudad de Neiva. Las casas de la verdad son una de las estrategias más innovadoras de la Comisión de la Verdad para escuchar a las víctimas de todo el país. Durante esas semanas fui testigo del valioso equipo de personas que con todas las dificultades que impone la coyuntura política y social en Colombia, recogen testimonios de todos los sectores del conflicto para esclarecer la tumultuosa pero desconocida historia de nuestra violencia.


Pero desafortunadamente también fui testigo de cómo los esfuerzos de las organizaciones que colaboran con la comisión y el equipo de personas que trabajan para ella enfrentan el riesgo del fracaso. Sí, el objetivo central de la Comisión de la Verdad está en peligro. Aquí debo hacer una claridad que otros analistas de la vida nacional han expresado ya: el fracaso de la Comisión de la Verdad y de los sectores que colaboran con ella es que no remueva nada, que el producto de su trabajo pase tan desapercibido como su temprano proceso de esclarecimiento.


La invisibilidad de la Comisión es de una envergadura tan grande que ninguna de las personas ajenas al proceso de esclarecimiento que conocí en Neiva sabía qué era la Comisión de la Verdad, mucho menos que en su ciudad había una casa de la verdad. Alguna de las personas que conocí me preguntó si la Comisión de la Verdad era una comunidad religiosa. Pero también es imprescindible decir que el éxito o fracaso de la Comisión no es una responsabilidad exclusiva de quienes hacen parte de ella, lo es también de la sociedad civil colombiana, del Estado, y hasta de los agentes violentos que continúan atentando contra la vida de los y las colombianas. En esa medida, es importante crear sensibilidad en torno al trabajo que la Comisión se encuentra realizando, y una buena excusa para empezar es su rendición de cuentas.


El 23 de abril la Comisión de la Verdad rindió cuentas sobre sus actividades durante el año 2019. La rendición de cuentas, como no podía ser de otra manera, operó con las restricciones propias que impone la emergencia sanitaria del Covid-19 que golpea al mundo entero. En esa medida los invitados a la rendición de cuentas hablaron desde el calor de sus casas. Quedaron en evidencia los sonidos de las ollas, las conversaciones paralelas de diferentes familias, los paisajes hogareños, y los problemas de conexión a la red que nos recuerdan cuan humano es el ejercicio de hacer memoria y quienes lo ejecutan desde una institución del Estado. Si algo queda claro, es que el Covid-19 es probablemente el actor político más importante del mundo en este momento. No hay población o institución del Estado en ningún país del mundo que pueda ignorar su existencia.


La rendición de cuentas de la Comisión de la Verdad estuvo marcada por dos objetivos: el primero fue la exposición técnica de lo que la Comisión ha hecho con sus recursos; el segundo fue hacer un llamado de atención ético y político a la ciudadanía, al Estado, y a los agentes violentos de la importancia de construir la paz en Colombia.


Los pormenores del primer objetivo, que en principio es lo más importante en una rendición de cuentas, pueden encontrarse en el informe completo que la Comisión subió a su página web. En ese informe se encuentran los ingresos y los gastos de la Comisión, las líneas estratégicas de acción de la Comisión, la forma en que opera el ejercicio esclarecedor, y hasta los aliados nacionales e internacionales del trabajo que la Comisión adelanta. Creo que presentar un examen exhaustivo de ese informe es necesario, pero este artículo se concentrará en repasar el llamado de atención que la Comisión hace a la sociedad civil, al Estado, y a los agentes violentos ilegales sobre la importancia de construir paz en Colombia.


En cabeza del Padre Francisco José de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, se propuso una hipótesis difícil de discutir: la violencia en Colombia es un virus nacional que ha sido y sigue siendo ignorado. Si el Covid-19 tiene algo de productivo para los colombianos, es que nos ha mostrado cómo el valor de la vida humana puede ponerse por encima de las preocupaciones inmediatas de los indicadores macroeconómicos cuando para todos es evidente que hay un peligro que requiere de nuestras energías colectivas y acción inmediata.


Por cuenta del Covid 19, la sociedad en Colombia y en todo el mundo ha parado como nunca antes en la historia moderna para proteger la vida de todos. Los Estados, como hace por lo menos treinta años no se veía, han venido retomando funciones que la fe neoliberal en el mercado sin restricciones le había arrancado para el beneficio de los grandes capitales. El ELN ha demostrado buena voluntad al decretar un cese unilateral al fuego en tiempos de pandemia. Todo esto se debe a que hemos llegado al acuerdo colectivo de que el Covid-19 es un virus que requiere de nuestra atención inmediata porque nos pone en peligro a todos. El cuestionamiento de la Comisión a la sociedad civil, al Estado, y a los agentes violentos, es por qué no hemos sido capaces de ver que nuestra violencia es un virus nacional igual o más terrible que el Covid-19.


El asesinato de líderes sociales y de excombatientes de la Farc que decidieron apostarle a la paz y la legalidad fue utilizado por el comisionado Carlos Ospina para denunciar la tragedia de nuestro virus. Y aunque Ospina se enfocó en la responsabilidad de los agentes violentos ilegales, la comisionada Alejandra Miller recordó que el Estado Colombiano no ha llegado a las regiones que las estructuras armadas de las Farc abandonaron por apostarle a la paz. Yo añadiría que tenemos una sociedad que ha sido incapaz de entender la envergadura de nuestra violencia. Una sociedad que ha decidido conscientemente mirar a otro lado para evitar la incomodidad de asumir que hemos sido derrotados por un virus humano que no puede ser curado con vacunas, sino con compromisos colectivos que requieren de nuestra solidaridad, tiempo, trabajo, y flexibilidad cognitiva.


La flexibilidad cognitiva es fundamental en todo esto, como me recordó el mismo día de la rendición de cuentas el profesor Andrei Gómez-Suárez en una conferencia online. Si no nos atrevemos a asumir que lo que creemos conocer sobre la violencia en Colombia es incompleto y factible de perfeccionamiento o cambio, no podremos asumir las acciones que deben encaminarse para su solución. La Comisión de la Verdad está haciendo todo lo que está en su poder para mostrarnos la envergadura real del virus de la violencia en Colombia, pero de nada servirá su trabajo si no abrimos nuestros corazones y nuestro entendimiento. De nada servirá el trabajo de la Comisión si no asumimos que, como el Covid-19, la violencia nos pone en peligro a todos en Colombia, como recordó la comisionada Marta Ruiz al cierre de la rendición de cuentas.


En síntesis, la Comisión se propuso recordar dos cosas en términos políticos y éticos: primero, que en Colombia la virulencia de la violencia no debe seguir siendo ignorada por nadie. La sociedad civil, el Estado, y los agentes violentos ilegales deben entender que no es sostenible seguir ignorando nuestro virus nacional, que debemos ser tan resueltos frente a él como hasta ahora lo hemos sido frente al Covid-19. En segundo lugar, la comisión nos recuerda que más allá de las vacunas, lo que enfrenta los virus es la voluntad y la acción colectiva. Sin acción colectiva el Covid-19 desborda la infraestructura de salud pública, poniendo en peligro la vida de los contagiados por Covid-19 y todos los demás quebrantos de salud que nos podamos imaginar. De la misma forma, sin acción colectiva nuestro virus nacional de la violencia seguirá cobrando la vida de los pobres y los relegados, algo que en principio y por una lógica perversa parece ajeno a los intereses de las grandes poblaciones urbanas, pero que de forma inevitable las alcanzará como sabemos que nos alcanza.


* Politólogo, magister en Estudios Culturales y actualmente estudiante del doctorado en Antropología de la Universidad Estatal de Michigan. Su trabajo investigativo actual indaga en las formas en las que distintos sectores sociales construyen relatos con pretensión de autoridad epistemológica sobre el pasado violento de Colombia. Correo: riconogu@msu.edu


LA GUACHAFITA