• Luis Alberto Tamayo M*

A ritmo de coronavirus debe cambiar la competitividad


Foto: Cortesía La Nación


En el Índice Global de Competitividad desarrollado y publicado, anualmente, por el Foro Económico Mundial, en su última medición (2019), Colombia ocupó el puesto No. 57, entre 141 países estudiados, con un cumplimiento del 62,73%; después de analizar y valorar las 12 variables que determinan la prosperidad económica. Con estos resultados el país se consolidó como la cuarta economía más competitiva en el escenario latinoamericano.


Por ser Colombia un país diverso en materia cultural, étnica y productiva, se hace imperante el diseño de un Índice Departamental de Competitividad (IDC) para diagnosticar, evaluar y cerrar brechas en los territorios. El liderazgo de la creación de esta herramienta lo asumen desde el 2013 el Consejo Privado de Competitividad y la Universidad del Rosario con el objeto de tomar las decisiones en forma oportuna que tiendan a mejorar la calidad de vida de los habitantes de cada departamento.


Estos índices, el global y el departamental, miden la forma como un país o departamento utiliza los recursos y su capacidad para proporcionar a sus pobladores un alto nivel de prosperidad. En resumen, generar más y mejor bienestar y calidad de vida a su gente.


Para la versión 2019 del IDC, en el territorio nacional, la cobertura fue total, 33 territorios analizados: 32 departamentos y Bogotá, D.C. Este modelo está estructurado en 4 factores, 13 pilares y 104 indicadores; por medio de los cuales se realizan las mediciones y se generan los resultados.


El Huila, en el IDC 2019 se ubica en la posición No. 16, con un puntaje sobre 10 de 4,85; mejorando una posición en un puesto respecto al IDC 2018 y su calificación en 0,06 puntos. Se observan, una posición y una calificación no satisfactorias ni correspondientes a todos los esfuerzos que hacemos para mejorar. Podríamos argüir, ante este estado, muchas cosas, entre ellas: la nueva metodología, la falta de registro de información de algunas entidades, falta de gestión, mala articulación interinstitucional; también, la pérdida de competitividad del archipiélago de San Andrés nos podrá haber permitido un ascenso inercial.


En el IDC 2019, el territorio insular representa la mediana en este ranking, somos su vecino en el límite superior. En el IDC 2018, el Huila se identificaba como la mediana en este rango. Los 16 territorios por debajo de la mediana, aunque presentan algunos movimientos, no ascienden a posiciones por encima de la mediana; los grupos por encima y debajo de la en el IDC, en general, se conservan iguales.


Deseamos disminuir las brechas sociales y económicas con prosperidad, bienestar y calidad de vida para todos. Ahora, nace una nueva preocupación, un nuevo desafío, preguntémonos: ¿Cómo se comportará el IDC a partir de la pandemia?


Iniciemos con un análisis del IDC en tiempos del Coronavirus, partiendo de la premisa: toda crisis, toda amenaza, toda situación problémica son escenario de oportunidades. Aunque tenemos la Guía para el Mejoramiento de la Competitividad del Huila, elaborada por la Cámara de Comercio de Neiva, como documento orientador; realicemos una mirada complementaria basados en esta situación coyuntural.


Hemos aprendido que la generación de espacios de interlocución, de amplia participación democrática, con sentido incluyente y pluralista, desde la diversidad, reconocen y apropian los propósitos colectivos y comunes. Esperamos, superen, sin resistencia, los intereses particulares, en un ambiente de confianza, que permita avanzar a la velocidad del coronavirus en un diálogo productivo y propositivo; esto es parte de lo que debemos seguir apropiando y desarrollando como sociedad.


Las habilidades, valores o principios, más importantes, que florecen y se deben afianzar para deconstruir la competitividad en la región son: la solidaridad, la articulación, el trabajo en equipo, la mejora continua y el compromiso.


El apoyo incondicional a causas ajenas en situaciones difíciles describe la solidaridad, la cual nos invita no solo a la generación espontánea sino a la incorporación y énfasis en las políticas sociales nacionales y regionales con la misma fuerza que las políticas de orden económico. La economía solidaria deberá jugar un gran papel en los próximos tiempos, creciendo y beneficiando con su propósito a cientos de miles de paisanos y compatriotas. Los empresarios tendrán que ver y respetar a sus empleados como socios, como el capital más valioso y valorado de sus empresas. Así, expresaremos nuestro lado más humano.


Una articulación interinstitucional de forma vertical, orientada desde lo local a lo nacional y una horizontal, en las regiones, que dinamice la hélice universidad, empresa, estado y sociedad, donde se consoliden proyectos comunes alrededor del bienestar y el desarrollo de la región y sus pobladores es el propósito principal. Esta es una de las mejores formas para obtener resultados contextualizados, constructivos y pertinentes. La articulación de los agentes sociales debe permanecer en perfecto equilibrio con el estado; permitiendo generar confianza, realizar control y ejecutar una gestión pública sincronizada con la orientación colectiva.


El trabajo en equipo debe ser colaborativo y cooperativo; se trata de la conexión entre la gente. Enmarcado dentro de un propósito común y un sentido de comunidad. Debemos tratarnos recíprocamente con respeto, compasión y dignidad; sin jerarquías, como pares, sin intereses individualidades, todo debe girar alrededor de los intereses del colectivo. Cuando se antepone el ser, nos lo recordó la pandemia, la motivación, la productividad y el servicio se dan como consecuencia. En síntesis, se trata de como nos comprometernos los unos con los otros; como miembros de una misma especie. Esta apropiación, de un verdadero trabajo en equipo, no se logra por vía legislativa ni por mandato, se alcanza a través de una transformación cultural; en este sentido, todos debemos aportar y trabajar.


Para nuestro caso, la mejora continua sería el proceso mediante el cual verificamos los avances en el IDC. Esta es una estrategia de carácter cíclico, recurrente, permanente, sistémica y orientada a los resultados. Con ella estamos en permanente cambio, transformación, desarrollo, evolución y generación de oportunidades de mejora. El diseño de un plan de acción o mejora nos permitirá ir subsanando cada uno de los hallazgos. El plan debe estar compuesto por proyectos, que nos permitan disminuir la brecha, con asignación de recursos: técnicos, tecnológicos, talento humano, financieros, logísticos, ambientales, procedimentales, que nos conduzcan a la generación de prosperidad y calidad de vida; propósito fundamental de la competitividad.


Independiente de cuál sea la herramienta para abordar la mejora continua, entre las múltiples que tenemos: diagrama de Pareto, diagrama causa efecto, diagrama de dispersión, hoja de verificación, entre otras; lo importante es determinar la causa(s) que determina(n) el problema para proceder a intervenirlas. Es a través de la mejora continua que se recorre ese camino infinito en búsqueda de la excelencia; apropiémosla en todos nuestros actos de la vida.


El compromiso es el pacto social, incondicional, que debemos hacer todos los actores del territorio para con la competitividad y en favor de la comunidad, donde la generación de ingresos, la presentación de oportunidades y el bienestar de todos estén por encima de cualquier otro propósito.


Si esto lo hemos apropiado como aprendizaje de la situación coyuntural de la pandemia, lo vamos a lograr. Tendremos, como consecuencia, la tierra de promisión soñada por el poeta, pasaremos del valle de las tristezas al Magdalena Valley donde la competitividad y la calidad de vida nos arroparán todas las noches. Todos, juntos: universidad, empresa, estado y sociedad; mejoremos la competitividad. Tenemos que esforzarnos para cumplir cada promesa, cada compromiso.


Como aprendizaje, la transformación cultural, se vuelve relevante; acompañada de un constructo colectivo solidario, articulado, con esfuerzos focalizados, trabajo en equipo, la permanente mejora continua y un alto grado de compromiso social que nos permitan preocuparnos por nosotros mismos, por los otros y por la naturaleza. Así, generaríamos un bienestar general, mayor equidad, mejores escenarios de convivencia y una relación amistosa con el medio ambiente.


Esta situación producirá cambios importantes en los comportamientos y en la forma de determinar indicadores y medirlos. Se plantearán nuevos desafíos con la intención de cerrar brechas sociales, ambientales y económicas para protegernos todos. En resumen, debemos tener un desarrollo más sostenible y equitativo; en caso contrario, la pandemia no nos permitió reaprender, desaprender y aprender, sólo nos dejará tristeza, desesperanza y desolación.


* Ingeniero de Sistemas. Especialista en Administración de Empresas. Especialista en Teleinformática. Magister en Educación


LA GUACHAFITA