• David Silva Ojeda*

Movimientos sociales: retos en un contexto "derechizado"


Foto: Cortesía Opanoticias


El contexto latinoamericano actual, marcado por el acenso nuevamente de gobiernos de derecha en algunos países de la región por vías democráticas y en otros casos, por vías de hecho como en el caso de Bolivia, plantea retos para aquellos que se asumen desde una posición política de cambio y transformación social. Los movimientos sociales anti sistémicos han jugado un papel importante en el subcontinente en términos de ser un actor que se ha opuesto a los procesos de privatización y de desregulación económica en la que han entrado los Estados con la implementación de políticas neoliberales, lo que ha conducido a la profundización de las brechas de desigualdad, generando una distribución más inequitativa de la riqueza y una concentración de ésta en manos de los más ricos.


Desde finales del siglo XX y principios del siglo XXI, los movimientos sociales en la región han protagonizado acciones de resistencia y movilización social en contra de, por ejemplo, la firma de Tratados de Libre Comercio entre países de la región y Estados Unidos que amplían el poder que tienen las empresas estadounidenses en la región, conduciendo procesos de desregulación económica en donde se privilegia la libertad de mercado y a su vez, disminuye el papel del Estado en la injerencia sobre aspectos de la economía nacional. Una de las razones por las cuales los movimientos sociales en la región se oponen a estos TLC’s tiene que ver con sus efectos devastadores sobre el territorio y sus dones naturales. Con estos tratados, se pretende la privatización de fuentes de agua, así como de territorios para la explotación y extracción de los mal denominados por las teorías desarrollistas recursos naturales. Estos modelos de acumulación de riqueza por desposesión (Harvey, 2014) instalados sobre regiones periféricas en donde se reproduce la pobreza, han configurado a su vez regímenes políticos en donde se privilegia el poder económico, es decir, un gobierno de los ricos en donde el poder económico es el que en últimas termina decidiendo sobre asuntos de la política.


En este sentido, teniendo en cuenta el contexto adverso y derechizado en América Latina en el que se han desenvuelto las acciones y procesos de resistencia de los movimientos sociales, es posible afirmar que estos últimos se han constituido y constituyen una alternativa real frente a la crisis de representación de los partidos políticos en las democracias liberales, lo cual ha desencadenado el surgimiento de populismos tanto de izquierda como de derecha, y que ha conducido a la región a un escenario político en el cual las derechas se han fortalecido y radicalizado. Y a su vez, plantean alternativas reales al modelo económico neoliberal-capitalista que privilegia el sometimiento de los pueblos y el saqueo de sus recursos por sobre el buen vivir de estos. Es decir, se asume que los movimientos sociales son un actor político que cuenta con la capacidad de generar propuestas de autonomía política y económica que conduzcan a escenarios más democráticos en términos sociales, económicos, políticos y culturales, en medio de un contexto caracterizado por la presencia de gobiernos conservadores, de extrema de derecha y con una apuesta económica neoliberal que busca saquear los dones naturales de los territorios en América Latina, y en donde, como afirma Boaventura de Soussa Santos, la democracia -incluso la liberal- es cada vez más incompatible con las demandas de un modelo que se opone al buen vivir de comunidades enteras (Chacón, 2019). De este modo, se entiende por contexto derechizado como el momento político dominado sobre todo por “aquellos sectores y expresiones sociales y políticas propietarias y explotadoras y quienes se identifican ideológicamente con ellas, que excluyen a los sectores mayoritarios, explotados o populares en cuanto sujeto y destinatario de los procesos económicos, políticos y sociales de cada formación social, aun cuando por los efectos de la dominación de clase busque una participación instrumentalizada de dichos sectores” (Stolowicz, 1988, pp. 21).


Los movimientos sociales en América Latina han sido un actor político que, desde finales del siglo XX y la primera década del siglo XXI, se han situado como resistencia frente al modelo neoliberal. Con el desarrollo de movilizaciones que en ocasiones han conducido a levantamientos populares, lograron canalizar el descontento de gran parte de las poblaciones de los países de la región, lo cual se vio materializado en victorias electorales de candidatos de centro-izquierda, izquierda y de tendencia progresistas en algunos países de la región. El acenso de gobiernos de corte progresista en Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua y Venezuela estuvieron precedidos por la intensa actividad de los movimientos sociales (Zibechi, 2006).


No obstante, como lo plantea Zibechi (2006), si bien hubo ganancias político-electorales en estos países, respaldados fuertemente por el movimiento social, esto no significó la generación de cambios importantes en la estructura de desigualdad social, lo que conllevó a que existieran relaciones de tensión entre estos gobiernos y los movimientos sociales. Ante este contexto, Zibechi (2006) plantea que existen nuevos retos para los movimientos sociales pues ya no se están enfrentando con un actor genuinamente antagónico, sino con un actor que está alineado con algunas de sus posturas y del cual también hace parte. Aborda la necesidad de pensar desde el movimiento social y el gobierno nacional las posibilidades y alternativas que se pueden tramitar en medio de un contexto geopolítico que no solo les es adverso, sino que también plantea limitaciones a su proceder. En esta medida, la presencia de un gobierno con afinidades ideológicas, políticas y programáticas genera aún más retos en términos de poder generar estrategias que permitan desarrollar políticas que transforme las bases de la estructura de desigualdad y los nuevos procesos de acumulación de capital materializados en los extractivismos.


La tensión surge entonces precisamente porque los gobiernos progresistas y sus planes sociales, si bien logran alivianar la pobreza, no modifican la distribución de la renta ni evitan la concentración de los ingresos en manos de los más ricos, al mismo tiempo que se reproduce el modelo neoliberal (Zibechi, 2006). En este punto, se plantea la necesidad de que los movimientos sociales profundicen en el trabajo político de base y puedan generar iniciativas de producción y reproducción de la vida cotidiana de manera autogestionada, de tal forma que puedan constituirse como una alternativa real en las periferias y en los lugares empobrecidos.


Ahora bien, ante el debilitamiento de los gobiernos progresistas y de izquierdas en la segunda década del siglo XXI, los movimientos sociales se ven ante una problemática aún más fuerte por el fortalecimiento de discursos conservadores emanados de las religiones evangélicas y pentecostales, que rechazan algunos de los avances conseguidos por estos gobiernos y que pretenden profundizar en políticas neoliberales que permitan no solo la consecución de privilegios para los más ricos sino también la conservación de un orden social hegemónico y excluyente. Este discurso logró imponerse y permear en los sectores populares y las clases medias de países como Colombia y Brasil, lo que condujo en la elección de gobiernos conservadores y de extrema derecha en donde las iglesias pentecostales jugaron un papel importante. La fortaleza de este discurso para de Soussa Santos (Chacón, 2019) radica en la divulgación y la instalación de una idea de crisis permanente en la cual no existen alternativas y en donde lo único que queda es acomodarse y no resistir.


Una de las características de estos gobiernos es la producción de discursos y prácticas represivas frente a iniciativas de resistencia y de movilización social. A su vez, la presencia de alianzas con actores armados ilegales como paramilitares y narcotraficantes. Esto se traduce en altos índices de victimización de la población civil, así como de líderes y lideresas sociales como es el caso de Colombia que, aunque se firmó un acuerdo de paz entre la insurgencia de las FARC-EP y el Estado, la cifra de asesinatos a líderes sociales y excombatientes de la guerrilla es de 702 y 135 respectivamente, desde la firma del acuerdo hasta mayo de 2019 (Indepaz, Cumbre Agraria & Marcha Patriótica, 2019). En este sentido, “las FFAA y burguesía coinciden en su visión organicista y estructural-funcionalista cimentada en el orden social” en donde a las fuerzas militares se les otorga una “identidad frente a todo lo que subvierta el "orden" (capitalista) y les permite autoasumirse como agentes y responsables del mismo, controlando las "imperfecciones" de la sociedad civil cuando "ésta entra en crisis" (Stolowicz, 1988, p.25).


No obstante, este orden social no está caracterizado por el monopolio de la violencia por parte del Estado, sino que este es disputado y compartido con actores armados ilegales, lo que ha permitido que estos últimos se asienten sobre zonas periféricas y empobrecidas, estableciendo ordenes de seguridad y convivencia, afines a la reproducción de economías ilegales provenientes de minería ilegal y/o el narcotráfico. En este contexto, Zibechi (Visotsky, 2019) resalta que la presencia de estos actores armados ilegales en estos territorios periféricos ha conducido a su vez al fortalecimiento del discurso conservador producido por la extrema derecha que gobierno, pues logran hacerse con las subjetividades de quienes allí residen, en donde los y las jóvenes no tienen más oportunidad que ser parte de las economías ilegales. Y sobre todo, en este punto se resalta uno de los mayores retos de los movimientos sociales.


Zibechi (Tercer Mundo, 2019) señala que además del fuerte avance de la derecha en países como Brasil y Colombia, a los cuales considera como el epicentro de la derechización, la izquierda ha perdido terreno porque ha abandonado el campo de batalla y este campo de batalla son los territorios. El debilitamiento del trabajo político de base de los movimientos sociales ha abierto campo para que se introduzcan estos discursos en estas zonas periféricas en donde las oportunidades las brindan los actores armados ilegales o las iglesias evangélicas. En este sentido, es necesario volver sobre el trabajo social de base y fortalecerlo tal como en su momento se hizo a partir de las Comunidades Eclesiásticas de Base y los procesos de educación popular en los territorios.


Así, ante la incompatibilidad del neoliberalismo con las políticas de democratización de la riqueza y de la participación política, en donde se privilegian las libertades económicas sobre los derechos civiles y políticos, así como el bienestar social general, los movimientos sociales deben fortalecerse y movilizarse de tal forma que sean un agente con capacidad político-organizativa con perspectiva de cambio y esperanza para las y los oprimidos de la región, con capacidad de constituirse como alternativas reales en las periferias en donde las poblaciones tengan algo que escoger más allá de la ilegalidad.


De este modo, es importante resaltar procesos organizativos que hoy en día constituyen formas alternativas de organización política y económica. El proceso zapatista en México es un referente en América Latina de autoorganización, autogobierno, autogestión y autonomía que busca resistir ante las imposiciones del neoliberalismo y el capital. Y de igual forma podemos señalar procesos sociales en Colombia como la Asociación Municipal Colonos del Pato en el Caquetá, el Consejo Regional Indígena del Cauca, la Asociación de Campesinos de Inzá-Tierradentro en el Cauca, entre otros, que han venido trabajando en apuestas políticas y económicas alternativas al modelo hegemónico y que dan cuenta de que otras formas de relacionarse son posibles.


En consecuencia, uno de los retos más importantes de los movimientos sociales es la construcción de procesos políticos de base que busquen crear formas de vida no capitalistas desde los territorios, que en este sentido, conduzcan al establecimiento de ordenamientos sociales alternativos que tengan la capacidad de resistirse ante la intervención de actores armados tanto legales como ilegales y a su vez con capacidad de desarrollar experiencias alternativas que generen posibilidades reales de estancia en el territorio y en donde la ilegalidad o la vía armada no se convierta en una o única opción para los y las jóvenes. De este modo, se trata de recuperar el campo de batalla que menciona Zibechi (Tercer Mundo, 2009) en el que debe desarrollarse la acción política para constituir opciones alternativas reales que representen las mayorías y que permitan la configuración de relaciones sociales basadas en la horizontalidad, en donde la distribución de la riqueza se realice de forma equitativa y en donde se generen apuestas económicas que logren hacerle frente a los extractivismos que constituyen una nueva forma de acumulación de riqueza por desposeción (Harvey, 2014).


A partir de lo anterior, es posible afirmar y reivindicar que los movimientos sociales constituyen una alternativa real a la crisis política y económica que atraviesa la región y que, a su vez, es importante reconocer que ya existen procesos con trayectoria que han venido trabajando desde los territorios, de los cuales algunos tienen un alcance local, otros un alcance regional y con menos frecuencia algunos un alcance nacional o internacional. De este modo, es importante retomar la capacidad y la potencia que tienen los movimientos sociales de generar otros tipos de posibilidades claras que permitan la redistribución de la riqueza y la desincentivación de economías extractivas que se traducen en despojo y desterritorialización. Y de otro lado, debe existir una apuesta de articulación entre procesos sociales que permitan generar una red de acción más amplia de tal forma que cada vez se puedan abarcar porciones más grandes del territorio colombiano.


No obstante, hay que ser responsables con estos planteamientos y reconocer que en la actualidad existen profundas limitaciones que obstaculizan la generación de estos cambios necesarios, dada la existencia de factores geopolíticos que condicionan la acción de los Estados. En otras palabras, el desarrollo de geografías de la desigualdad dadas por la división del mundo en países ricos y pobres ha generado que en estos último se sitúe un poder de dominación tanto político como económico (Harvey, 2014) que limita su capacidad de maniobra. Y a su vez, se ha producido una retórica que busca enunciar al ‘Tercer Mundo’ como un mundo desrealizado, es decir como un mundo en donde la producción de alternativas es nula y que no tiene cabida en el mundo actual, y que, en este sentido, busca romper con toda posibilidad de articular discursos que conduzcan al empoderamiento en estos países, neutralizando así su capacidad de resistencia y agencia (Valencia, 2010).


Sin embargo, cabe señalar que, ante este contexto de dominación y deslegitimación política, la resignación y la aceptación de estas condiciones de permanente crisis como dadas sin cuestionarlas, ni asumir un compromiso con la construcción de procesos políticos que conduzcan a la producción de nuevos discursos, narraciones y lenguajes que permitan dar cuenta de otros mundos posibles, no puede convertirse en una opción. La movilización social y la organización política son herramientas y dispositivos que pueden, a partir del establecimiento de relaciones sociales y políticas con las personas de nuestros entornos, activar la agencia, el empoderamiento y la creatividad de las mayorías para construir ese mundo en el cual quepan muchos mundos. En este sentido, retomando las palabras de Zibechi (Catalá, L. & Copete, J. 2019): “los movimientos sociales son los únicos que pueden impedir la barbarización a la que nos conduce el sistema capitalista”.



BIBLIOGRAFÍA

  1. Catalá, L. & Copete, J. (2019). Entrevista a Raúl Zibechi: “Los movimientos sociales son los únicos que pueden impedir la barbarización a la que nos conduce el sistema capitalista”. Recuperado: 8 abril, 2020, de Viento Sur Sitio web: https://vientosur.info/spip.php?article14990

  2. Chacón, V. (2019). Boaventura de Sousa Santos: “El neoliberalismo está mostrando su nueva fase, la incompatibilidad con la democracia”. Recuperado: abril 8, 2020, de Semanario Universidad Sitio web: https://semanariouniversidad.com/universitarias/el-neoliberalismo-esta-mostrando-su-nueva-fase-la-incompatibilidad-con-la-democracia/

  3. Harvey, D. (2014). Diecisiete contradicciones del capital y el fin del neoliberalismo. Quito: Profile Books LTD.

  4. Indepaz, Cumbre Agraria & Marcha Patriótica. (2019). Todos los nombres, todos los rostros. Informe de derechos humanos sobre la situación de líderes/as y defensores de derechos humanos en los territorios. Recuperado: marzo 25, 2020, de Indepaz Sitio web: http://www.indepaz.org.co/wp-content/uploads/2019/05/SEPARATA-DE-ACTUALIZACIO%CC%81N-mayo-Informe-Todas-las-voces-todos-los-rostros.-23-mayo-de-2019-ok.pdf

  5. Stolowicz, B. (1988). Los procesos de derechización en América Latina: una realidad que demanda respuestas. Estudios Latinoamericanos, Vol. 3, No. 4, pp. 21 - 28.

  6. Tercer Mundo. (2019). Raúl Zibechi: “La derecha gana porque la izquierda abandonó el campo de batalla”. Recuperado: 8 abril, 2020, de La Tinta Sitio web: https://latinta.com.ar/2019/04/raul-zibrechi-la-derecha-gana-porque-la-izquierda-abandono-el-campo-de-batalla/

  7. Valencia, S. (2010). Capitalismo gore. Control económico, violencia y necropoder. España: Melusina.

  8. Visotsky, J. (2019). «El narco cumple hoy un papel de control, de disciplinamiento»: Raúl Zibechi. Recuperado: 8 abril, 2020, de Desde Abajo Sitio web: https://desdeabajo.info/sociedad/item/37212-el-narco-cumple-hoy-un-papel-de-control-de-disciplinamiento-raul-zibechi.html

  9. Zibechi, R. (2006). Movimientos sociales: nuevos escenarios y desafíos inéditos. Observatorio Social de América Latina, No. 2, pp. 221 - 230.


* Politólogo de la Universidad Surcolombiana. Estudiante de Maestría en Estudios Sociales y Políticos de la Universidad ICESI. Investigador del Centro de Investigación e Interacción Social del Sur Colombiano – CEIINSO.



LA GUACHAFITA