• Mauricio Muñoz Escalante*

Casas y ciudades asépticas


Foto: Hombres ofreciendo leche de cabra en barrio de Neiva (Archivo personal)


Hace unos días desarrollaron en Estados Unidos una tecnología que permite ver al infame SARS-CoV-2 «vivito y coleando» hasta por diez horas en nanopartículas suspendidas en el aire. El propósito de la investigación fue demostrar que para evitar el contagio las medidas de aislamiento y desinfección debían extremarse, pero también volvió palmario el hecho de que es imposible erradicar los virus y bacterias al cien por ciento; que siempre existirán.


El sueño de la casa aséptica tiene miles—otros dicen millones—de años. En la vivienda primitiva, antes estuvo limpiar el sitio y después ocuparlo. Así fuera barrer con una rama de palma el interior de la cueva o despejar el lugar de hojas y palos antes de hacer el cambuche, primero estuvo el aseo y después la habitación. Ya con el paso del tiempo los humanos empezaríamos a disfrutar más de lo limpio que de lo sucio, y terminaríamos considerando nuestra residencia como algo aparte de lo natural: «afuera» me mojo y me embarro y me unto, y «adentro» me descontamino. Pero que plantas y bestias se quedaran allá y nosotros acá no pasó de ser una ilusión. Tan pronto cerramos lo que sería nuestro espacio vital dejamos entrar todo tipo de matas y animales, como decoración o como ensalada, como mascotas o como cena.


La verdad es que coevolucionamos con ligeras diferencias. Para unos de nosotros, una bandeja de perros en hilera, afeitados y desangrados, listos para freír en un mercado es sinónimo de microbios: éstos no son «canes» que se llevan a manteles, sino Firuláis, Copo, Nico y Lola, que son muñecos de peluche con latido cardiaco que se bañan cada mes para que huelan a talco de bebé y no ensucien el sofá… Y para otros un plato de costillas y churrasco y tapas de cuadril exhibido en una salsamentaria, donde hombres vestidos de blanco entran de un camión reses en canal, es un espectáculo igualmente dantesco y contaminado. Pero lo cierto es que con los humanos «Todo lo que corre y vuela va a parar a la cazuela»: en Australia se comen a los canguros y en Colombia a las zarigüeyas, que en el fondo están emparentados; en Indonesia a los murciélagos y en Ecuador a los cuyes, que son todos roedores; en México a los grillos y en China a los alacranes, que son ambos insectos; nos comemos hasta los Superpigs transgénicos de la Corporación Mirando de la ficción[1], y nos tomamos la leche de vacas, ovejas, búfalos, camellos, burros, caballos, yaks, renos, alces y cerdos por igual.


Hay sociedades que han logrado empujar más que otras la frontera de lo natural, y la mayoría de las veces lo animal y vegetal entra en sus hogares cuidadosamente empacado al vacío. Pero en nuestras ciudades todavía es normal, por ejemplo, ver hombres paseando cabras ofreciendo su leche puerta a puerta, igual que se vocean gelatinas de pata (de res), tamales (de pollo) o chicharrones (de cerdo), exhibidos en canastos plagados de microorganismos que darían náuseas al habitante promedio de Calgary o Zurich o Luxemburgo. No nos podemos regir por sus estándares. Si usáramos las cámaras atómicas del experimento gringo en una de estas calles de Colombia, no sólo veríamos al virus responsable del Covid-19 en el aire, sino también cualquier cantidad de bichos pegados a los humanos, animales, plantas y edificios presentes al momento de la muestra: digamos que unos cuantos centenares de cientos de millones, para no exagerar.


Estamos lejos de que las casas y ciudades sean tan asépticas como nos las pintan los comerciales, donde pretenden acercar la cámara sobre la superficie impecable de un mesón de cocina hasta ver al microscópico enemigo—un ser usualmente verde, con cara de anciano gruñón, dientes afilados, ojos desorbitados y pelos en la espalda—que desaparece entre gritos pavorosos cuando le cae el chorrito mágico. Entrados en el año 2020 podemos soñar con haber creado la barrera final entre nosotros y el resto de las especies, ayudados de tapabocas y guantes y fumigaciones y baños a granel, pero nada más falso. El Lysol y el Clorox sólo se venden con el eslogan de que matan «hasta el 99,9% de virus y bacterias», precisamente porque sabemos que ese 0,1% restante (ingerido o respirado) todavía nos puede matar.



[1] Okja (Plan B Entertainment, 2017. Bong Joon-ho, Director)

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA