• Carlos Tobar

Por un virus asoman las orejas de la recesión económica


Foto: Cortesía La República


Es increíble, pero fenómenos fortuitos pueden cambiar la historia. Ejemplos hay muchos. Un asesinato de un príncipe detonó la Primera Guerra Mundial Imperialista en el siglo xx. Ahora, un virus, caracterizado por su gran volatilidad y difícil control, tiene en ascuas la economía mundial.


Ha sido como la gota que rebosa la copa. Porque, en verdad, la economía mundial viene sufriendo embates de hechos políticos, sociales, ambientales y de su mismo ámbito, durante los últimos años.


La más grave, tal vez, la confrontación comercial entre Estados Unidos y China, las dos más importantes economías del presente. Una disputa por el control de mercados vitales para una y otra. La primera, la gran superpotencia de occidente, dominante a lo largo del siglo xx. La otra, la potencia en ascenso con un poderío económico que le está permitiendo competir en todos los mercados del mundo no solo con los Estados Unidos, sino con Japón, Corea del Sur, los tigres asiáticos, Australia y Europa.


La relación de estas economías del primer mundo se ha caracterizado por la complementariedad y la competencia. Una relación dialéctica natural e inevitable donde los acuerdos y los desencuentros son pan de cada día. El problema surge cuando los equilibrios aceptables para las partes se desbordan en favor de las potencias emergentes, poniendo en entredicho los poderes establecidos.


En ese panorama la economía capitalista ha estado bordeando en el filo de la navaja de la crisis de superproducción que identifica las crisis sistémicas. Para mantener ese statu quo que da ventajas apreciables para las economías de los países desarrollados, los bancos centrales de esas potencias vienen suministrando “respiración artificial” con emisiones sin respaldo para comprar productos financieros de los grandes bancos. Esa política lleva a aplazar el colapso a la vez que potencia a niveles no conocidos la crisis financiera.


En esa situación, a la que se suma el calentamiento global, o el retiro del Reino Unido de la Comunidad Económica Europea o el estancamiento de más de una década de la economía japonesa o las crecientes aspiraciones de los países en desarrollo…, es que llega el fenómeno del Covid-19, una pandemia que amenaza con paralizar las relaciones comerciales y de todo tipo en el mundo entero.


De ahí, a la recesión mundial, es decir un posible crecimiento negativo de la economía, afectando en mayor medida a de los países más débiles, no hay sino un paso. Es evidente que la demanda mundial de productos y servicios se está reduciendo peligrosamente. El ejemplo es el desorden turbulento del mercado petrolero con precios que ya están por debajo de los 40 dólares por barril, con riesgo de llegar a precios de US$20. Una catástrofe para países como el nuestro que seguimos dependiendo de la exportación de carbón e hidrocarburos.


Qué la tasa de cambio peso/dólar esté por encima de los $3.800, pasa a ser un dato marginal.


LA GUACHAFITA