• Mauricio Muñoz Escalante*

Combo agrandado de masacre sostenible


Fuente: Archivo personal


Parece obvio que el cuidado del ambiente dejó de ser un propósito real y se ha convertido en una ideología. La prueba son las campañas publicitarias que nos toca leer día a día: «Pienso, reciclo, luego existo», dice al respaldo de una bolsa de granola, sin importar que don René se revuelque en su tumba en Saint-Germain-des-Prés; y Frisby, nuestro adalid pollero, ofrece sus productos en la reja de los centros comerciales «a los que les gusta comer rico, a un buen precio y cuidar el medio ambiente».


Pero vender pollo frito en cantidades industriales no es una actividad sostenible, así como no lo es una cementera ni una compañía petrolera. Todos sabemos que lo sostenible es no extraer el crudo, no matar pollos, y no quemar piedra caliza a temperaturas infernales. El ambiente sólo se puede cuidar como propone Greta Thunberg, que no tiene intenciones ulteriores. Todo lo demás son aguas tibias, ilusiones de tapar el sol con un dedo. Ecopetrol no es sostenible, así el «eco» del nombre suene a «ecológico» y no al acrónimo de «Empresa Colombiana de Petróleos», y así ellos aprovechen la confusión para poner una iguana sonriente en el logo para que pensemos que los machines y los saurópsidos son simbióticos, que es como dicen los expertos para referirse a las especies que coevolucionan. Y bajo ninguna circunstancia criar, engordar, encerrar y matar animales es amigable con el ambiente, así le cambiemos el nombre de «matadero» a «planta de beneficio», pues es tan dantesco lo que allí ocurre que los valientes que se atreven a visitarlos pocas veces son capaces de volver a hincar el diente en un trozo de algo que tuvo padres, siendo lo más probable que se conviertan en veganos extremos, de esos que ni siquiera toleran un cuadrito de gruyere o una untadita de foie gras.


La sostenibilidad no puede ser sacar cada día más crudo de lo más profundo de la tierra para ponerlo en la atmósfera en forma de CO2, y al mismo tiempo vender el cuento de que cambiando los bombillos incandescentes por fluorescentes en las refinerías y reemplazando los mezcladores plásticos por de madera en las estaciones de café de las oficinas están cuidando el ambiente; y tampoco puede ser poner canecas de colores en los corredores de las granjas industriales para que los empleados separen las latas de Colombiana de las servilletas untadas de grasa de empanada, pasando por alto el medio millón de pollos atarugados en galpones eliminando CO2 por sus picos atrofiados (para no ir tan lejos en las montañas que separan a Bogotá de Villavicencio, filtrando sus aguas fétidas al subsuelo colaborando con el derrumbe sobre la vía), y hacerse el gringo con las millones de toneladas de CO2 que producen las chimeneas humeantes donde hacen el concentrado que comen las aves para mantenerse medio vivas dentro de las cajillas metálicas de veinte centímetros cuadrados donde hacinan de a tres.


Que siga, pues, la masacre… y no sólo la animal, sino la humana. Ahora también podemos adoptar aquellas balas biodegradables gringas, que según el reporte de CNN «son menos dañinas para los usuarios y el ambiente». Es difícil pensar en algo más nocivo para cualquier ser vivo que un balazo, pero parece que actualmente eso pasó a otro nivel: lo importante hoy es que los químicos del proyectil no contaminen el suelo, y que en el sitio de la guerra mañana crezca césped sano donde podamos comer un combo agrandado de pollo con papas y gaseosa, todo empacado en bolsas de papel reciclado. Y de postre, un Lipitor (¡De Pfizer, que son sostenibles entre los sostenibles!).


* Mauricio Muñoz Escalante, profesor de la Universidad Antonio Nariño.


LA GUACHAFITA