• Mauricio Muñoz Escalante*

Sol decembrino y espacio público


Fragmentos de losa de concreto para caneca pública bajo las luces de un adorno navideño en Neiva (Archivo personal)

¡Al diablo la navidad! Cada cuatro años la época decembrina no es de regalos y alegría, sino de zozobra e incertidumbre por el cambio en la jefatura de las ciudades. En Bogotá sale Peñalosa y entra López, en Cali sale Armitage y entra Ospina, en Medellín sale Gutiérrez y entra Quintero, y en Barranquilla sale Char y entra Pumarejo… ¡Que mejor nos coja persignados!

En Neiva el paso del testigo es de Lara a Muñoz, lo que necesariamente siembra en el alma preocupación y desasosiego, sentimientos que no deberían aflorar en esta época de natillas y buñuelos y tutaina tuturumá. ¿Qué le deparará al recién empezado Sistema Estratégico de Transporte Público? ¿Cómo terminará el paso a desnivel frente a la Universidad Surcolombiana? ¿Cuál será el destino de los andenes hasta ahora en construcción? ¿Cuándo terminarán el estadio?

Pero no hablemos de ladrillos: de poner, edificar, sumar, adicionar. Hablemos de lo contrario: de quitar, eliminar, restar, deducir. Pensemos en las canecas del espacio público de los barrios, que aunque suena como lo más obvio para alguien en Estocolmo o Liubliana, en Colombia eso es toda una novedad. Porque si a Bogotá, que supera los 7 millones de personas, le tocó esperar 481 años para que un alcalde le pusiera coto al asunto, que las hayan puesto en Neiva durante el periodo de don Rodrigo, siendo ésta 20 veces más pequeña, es un signo de avanzada.

El problema en el caso de la capital opita fue que muchas de esas canecas no quedaron sobre el andén—a la orilla de la calle—sino en la mitad de la manzana. Esto en Bogotá, donde la temperatura llega a 20 grados centígrados cuando el día es caluroso, vaya y venga. Si el señor del puesto de jugo de naranja deja los residuos de su negocio dentro de un bote de basura en el centro de un parque esperando que los señores de la empresa de aseo vengan a recogerlos, no pasa nada. Salvo el aspecto estético, si disponemos nuestros corazones con humildad profunda, es algo que pasa desapercibido por unos días. Pero otra cosa es cuando sube sube la temperatura con mi ritmo rompecintura hasta casi 40 grados como en Neiva, y las cáscaras se pudren en 5 minutos atrayendo enjambres de la adorada drosophila melanogaster, alias la mosca de la fruta. Y si le añadimos al coctel que en el interior del receptáculo hay caca de perro dentro de una bolsa plástica fuertemente atada con un nudo de molinero, peor. Porque si eso que algunos glorifican como un signo distintivo de civilización se le agradece al dueño de mascota en Bogotá, en Neiva levantar las heces caninas para cocinarlas al sol, es una pésima idea. En estos climas abrasadores, al contrario de lo que recen los cánones de la vida comunitaria en las grandes capitales de donde aprendemos estas costumbres tan sofisticadas, si la mierda se deja a la intemperie ésta queda rostizada casi al contacto con el pavimento, seca como un hueso en tiempo récor (se corre el riesgo de pisar algún mojón fresco, pero eso no es invento nacional: en la entrada de algunos edificios de París, por ejemplo, se puede ver una especie de pedal metálico abatible para limpiar la suela de los zapatos después de que se ha tenido el infortunio de pisar excremento animal, o humano). Pero usamos la bolsa, que en los calores tropicales produce el efecto contrario.

No hay que escribir un plan de manejo integral de residuos sólidos (alias PGIRS) para darse cuenta de que los camiones de la basura en Colombia siempre avanzan un par de kilómetros por hora más rápido de lo que es humanamente posible, asunto que arroja el cuadro conocido por todos: un hombre vestido con un overol verde y cinturón de esfuerzo, juagado en sudor, persiguiendo un dobletroque blanco, arrojando en su carrera todo tipo de bolsas y de cajas y de protectores de poliestireno expandido hasta llegar con la lengua afuera a colgarse de una varilla metálica, para volver a tirarse abajo una y mil veces durante 8 horas por algo más de 10 euros diarios en el Marais. Si ese señor ve una caneca en la yema del bloque, como un florero en medio de una mesa sin adornos, las posibilidades de que en esas condiciones de trabajo el hombre se desplace 50 metros más son prácticamente cero, pues haciéndolo arriesga que se le reviente un aneurisma o que colapse de muerte súbita cuando alcance las 211 palpitaciones por minuto de los canes que bajan atropellándose por el camino que lleva a Belén, a toda velocidad hasta el valle que la nieve cubrió en los montes de Cisjordania.

Esto da como resultado que en Neiva el cilindro metálico tan bien intencionado de Lara dure a fuego medio durante semanas, con la mierda de huskies y labradores y perros de Canaán expidiendo aromas atroces que recuerdan los tioles y la piridina, ocasionando la ira de vecinos y colindantes que aburridos con las moscas y la hediondez día tras día, optan por desincrustarlos del suelo y pasarlos a mejor vida en un ejercicio de economía circular muy propio de Macondo, «De la caneca a la caneca», mandando al traste el encomiable esfuerzo de tributantes y empresarios que decidieron apostar por el espacio público durante la alcaldía saliente.

¿Pasarán otros 407 años para que se repita el milagrito? ¿O las reemplazará Gorki?

Sigamos rezando: «Benignísimo Dios de infinita caridad…»

* Profesor de Arquitectura y Urbanismo, Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA