• Mauricio Muñoz Escalante*

¿Estudiantes que marchan o que paran?


Fuente: Consejo superior estudiantil de la Universidad Surcolombiana, 2019.

Es claro que el desarrollo entra por las ciudades. No es coincidencia que en estos días de protestas el país esté pendiente de lo que pasa en Bogotá, Medellín y Cali, y que lo que ocurra en el resto del territorio sea información marginal. Se entiende que en las ciudades confluyen las oportunidades laborales, académicas y culturales; que son el centro de la política, la rumba y los trancones; y que éstas sean los lugares donde consigamos el crecimiento económico, intelectual y personal. Al lado del trajín urbano, las vidas de pueblo y de campo lucen austeras, ingenuas y tan poco glamorosas que producen ternura, o ganas de llorar. Pero no se entiende por qué nuestras ciudades, que son el crisol de culturas por excelencia, son también una bomba social a punto de estallar. Porque si se trata de dar al César lo que es del César, en un país como Colombia, donde la presencia estatal no es precisamente la característica que lo define, las que deberían rezongar son las regiones, donde no hay nada, o por lo menos donde lo que poco que hay es casi nada en comparación con la riqueza de las capitales. Pero no: el periódico El Tiempo se levanta el domingo encumbrando en su portada una cacerola como símbolo de la «zozobra» bogotana de la noche anterior, y sólo hasta la página doce decide mostrar que en ese país que a nadie le importa un ataque con cilindros bomba dejó tres muertos y diez heridos, incluyendo una menor de edad.

Por eso no llama la atención que los que lanzan la primera piedra en las calles de las ciudades sean muchachos que van a la universidad y tienen ciclorrutas y sistemas de transporte masivo y parques de bolsillo y conciertos gratuitos y bibliotecas fantásticas, y que entre los marchantes no haya habitantes de calle (símbolos del déficit habitacional) ni ancianos desposeídos (símbolos del régimen pensional) ni víctimas de la violencia de las Bacrim en el golfo de Urabá (símbolos de la corrupción de la jurisdicción especial para la paz).

No llama la atención porque ni siquiera los estudiantes, que son la población más activa intelectualmente, se percataron de que el llamado era a hacer un paro, no a marchar, que es lo contrario. Las marchas no sirven para nada. Parar sí. Si el mensaje que quieren enviar al gobierno es que están en desacuerdo sobre la manera en que se están haciendo las cosas, no pueden pretender que con salir a la calle a fumar y a montar patineta van a obligar al presidente y a los ministros y a los empresarios y a los legisladores a preguntarles qué es lo que los tiene tan insatisfechos, pues en el fondo lo tienen todo. Bueno, casi todo: el pasaje de bus podría ser más barato y el almuerzo de mil pesos (subsidiado por el mismo gobierno) podría traer también verdura caliente y todos los profesores deberían tener doctorado. Claro que sí. Todos queremos eso. Pero la función del estudiante de las grandes ciudades no es pelear por sus carencias, sino ser la voz de los que no tienen los medios para unirse a la manifestación. El joven universitario que lee El Tiempo y se ha visto todas las películas del universo DC no debe salir a hacer el ridículo disfrazado de Guasón, buscando encontrar afinidades en las ficciones sofisticadas del primer mundo, como si la protesta social fuera otro mecanismo más para satisfacer su afán narcisista en las redes sociales.

Cuando una sola estudiante de un solo colegio de Suecia paró, nos echamos cruces hasta que la Organización de Naciones Unidas la invitó a que contara por qué hacía algo tan radical. En Colombia hay cientos de miles de niños que no estudian ningún día de su vida y eso nos parece normal. Los universitarios colombianos no deberían solidarizarse tanto con Greta sino con Jhonier y Yohnatan y Yurbey, que son jóvenes como ellos pero van a escuelas miserables en la mitad de la nada, atravesando ríos caudalosos y pasando vías enfangadas, a clase con un solo profesor que les dicta todas las materias desde primero hasta quinto, de lunes a viernes de ocho a doce, sólo media jornada porque no hay para los almuerzos y porque en la tarde viene otra cochada igual… No tienen que agredir a nadie ni enfrentarse con el Esmad. No hay que imprimir pancartas que nadie mira, ni contaminar el ambiente con el ruido de las cacerolas que nadie escucha. Si paran, el tren de la economía tarde o temprano se detendrá… Y las pérdidas harán salir a los avaros y a los corruptos de sus viviendas fortificadas y sus carros escoltados a negociar.

* Profesor Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA