• Mauricio Muñoz Escalante*

Regalar cosas, o casas


Foto: Archivo personal

Tenía una bicicleta oxidándose colgada a la pared de la entrada de mi casa, y había un niño a tres cuadras corriendo en chancletas, persiguiendo a sus amigos en sus monaretas, raudos y veloces, jugando corre-que-te-alcanzo, disparando sus armas hechas con palos entre policías y ladrones. No se necesitaba ser Sor Teresa de Calcuta para darse cuenta de que se la debía dar a él, y así hice (algunos animistas dirán que la bicicleta ya le pertenecía, pero esa es otra historia).

Fui hasta su «casa», una alcoba herrumbrosa a la orilla de una quebrada seca que tiene un nombre como de plaga de Egipto: La Cucaracha. Llegué hasta la puerta de metal, golpeé con una moneda de 100 pesos y Erik (o Jenrriq o Derik, no sé) salió jadeante. Al fondo, el hombre de turno de su madre, que trabaja todo el día, veía televisión sentado en un pedazo de sofá, vestido solamente con una toalla rota, mirando de reojo como una hiena a punto de atacar. Heric recibió la bicicleta con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Por qué le regala eso? —me preguntó con desconfianza el neandertal.

No iba a decirle la verdad (que porque no se puede montar en esta ciudad, pues el ciclista tiene que competir con la moto, el vehículo, la buseta y el camión, al tiempo que debe esquivar balones y cabras y niños como Fredheryc, que salen como cabras detrás de balones), porque hacía mucho calor y quería salir de ese infierno cuanto antes. En su lugar, le dije algo que debía ser toda una revelación: «Porque Gehrik no tiene bicicleta».

Me di la vuelta esperando sentirme bien conmigo mismo después de ese acto de filantropía, pero para mi sorpresa la emoción fue la contraria: me sentí vacío, casi peor que cuando tenía la bicicleta cogiendo mugre. Le eché la culpa a la pregunta prevenida del orangután que hacía de acudiente del Jeryq y me dije, «Eso me pasa por madre; la próxima vez no regalo nada; más pendejo yo que me pongo en esas», pero indagué más profundamente y creo que encontré la respuesta: me quedé sin bicicleta, claro, pero no me desprendí de nada. Y Hehreek ahora tiene bicicleta, por supuesto, pero todo sigue igual.

Me explico: siguiendo con la referencia religiosa (la hermana Teresa no fue traída a colación de manera gratuita, pues es precisamente la caridad católica la que abogamos cuando hacemos estos regalos), creo que no estamos siendo coherentes con el planteamiento completo: porque en esa tradición la historia de los regalos se remonta a la de los sacrificios, que arranca en Génesis 4 con Caín y Abel cuando regalan a Dios (o Elohim o Hashem, no sé) los frutos de su trabajo. El regalo consistía en ofrecer algo «de valor», valga la aclaración, que renunciaran a lo inestimable y le prendieran fuego para que el humo subiera al cielo y Jehová detectara la calidad de la ofrenda, de manera que si cumplía con los estándares esto servía para ganar indulgencias luego. Desde un punto de vista puramente evolutivo, ese es otro de los grandes descubrimientos que sólo se le pueden endilgar al hombre: darse cuenta de que de lo que yo me deshaga voluntariamente hoy—si evito las gratificaciones que me produce tener esto o aquello en el presente—eso me puede representar un mejor futuro. Por eso el valor del regalo no lo daba el objeto en sí sino el costo simbólico que éste tuviera para el que lo poseyera (pensemos cuando Yahvé le pide a Isaac que le ofrezca su hijo): el regalo no tenía que ver con poner cualquier pedazo de carne sobre la parrilla; tenía que ser mi mejor pedazo.

Regalarle la bicicleta a Merrik fue un acto pueril porque no era «la bici que me lleva a todos lados», como la de Carlos Vives y Shakira: era cualquier bicicleta. Si yo me fuera a mi trabajo en esa única bicicleta, y dejarla implicara no comprar otra sino caminar al sol de Neiva hasta mi oficina, sin la posibilidad real de tener otra en el futuro, entonces sí le hubiera regalado algo: le estaría haciendo una ofrenda. Pero como no fue así entonces es un ejercicio insustancial, como cuando nos piden regalar una gotica de 1.000 pesos en el Éxito después de hacer un mercado de medio salario mínimo con Prosciutto y Malbec, gaseosa light y comida premium para perros. En ninguno de los dos escenarios estamos regalando nada en realidad. Por eso la gotica se puede perder y no importa porque a nadie le hace falta. Regalar obliga a quitarse el pan de la boca cuando se está famélico.

La reflexión la hago en octubre, no por coincidencia sino porque estamos en época electoral, y así como yo regalo bicicletas que me sobran, ahora es cuando aparecen todas las personas que ni siquiera sabíamos que trabajaban en las gobernaciones y las alcaldías, en las asambleas y los concejos, a regalarnos cosas. Hace unas semanas, por ejemplo, un tal Gorky (o Gosqui o Gusti, no sé) dizque vino a la misma Cucaracha a regalar una lechona y un partido de ultimate, que viene siendo lo mismo que jugar freesbee pero con nombre de deporte extremo posmoderno. Yo estuve en el parque de seis de la mañana a nueve de la noche y nunca lo vi, pero a lo mejor nos cruzamos. Pero eso no importa. Me pareció que una lechona de doscientos mil pesos y el alquiler de una cancha de arena no eran nada que admirar, pero la gente parecía satisfecha.

—Jeoryi va a regalar casas —oí por entre la algarabía—. Tiene lotes.

—Lo dudo.

Pero no dudo que haya lotes; lotes en Colombia es lo que hay. Dudo que Yorki tenga lotes para regalar. Si él tiene lotes, estos son para engordar y enriquecerse gracias a alguna pirueta legal o ilegal como hace la mayoría de los que suben a esos cargos, y no para regalar. ¡Y casas menos! Fosky ya debe tener casa (o varias casas) y tampoco las va a regalar: lo que hará, si sale honrado, es gestionar recursos, buscar financiamiento, mover piezas aquí y allá, aceitar la máquina, pero no va regalar nada. Que un lote esté vacío—sobra la aclaración—no quiere decir que no tenga dueño. De hecho, lo más probable es que la mayoría de los que creemos que son lotes baldíos en realidad sean terrenos del Estado, o de Uribe. Lo que pasa es que ese es el estilo de nuestro estado: que de lo que es dueño siempre esté abandonado, invadido de maleza, sin agua, sin luz, sin teléfono y sin acueducto.

«Ghorqui está haciendo una buena acción», me dijo una viejita, pero también lo dudo. No existen las buenas acciones, sino los buenos hombres, como decía Martín Lutero, otro católico de los de antes: el buen árbol da buen fruto y no al contrario. El buen hombre hace cosas buenas; pero el que hace cosas buenas no necesariamente es un buen hombre, como ya se vio conmigo y con Gorrzy.

Recuerden que en estas elecciones nadie nos va a regalar nada. La lechona ya está paga y la casa también. Y no por ellos, sino por nosotros… Y para los que creen en Dios, piensen en Nietzsche, que sentenció que sólo ha habido un cristiano, y ése se murió en la cruz. Los demás (yo, tú, Erickq, nosotros) somos humanos como Abel; y los políticos (ellos, como Gokú) más como Caín.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA