• Laura Penagos Peña

Cuatro novelas que testimonian la historia de la nación


Foto: Librería Merlín. Diana Rey | Revista Arcadia.

La memoria es la expresión de todo lo que la vida tiene de fascinante, e incluso de lo terriblemente fascinante; ha sido valorada como herramienta de resistencia de aquello que se niega a caer en el olvido. Una nación como la colombiana ha erigido su historia a partir de hechos cargados de múltiples episodios de violencia, muchos de los cuales han sido testimoniados a través de la literatura, lo que ha impedido que caigan en la desmemoria.

La noción de la memoria está ligada a todo lo que somos, fuimos e incluso lo que seremos. Pero ¿de qué se trata testimoniar la memoria desde la literatura? El arte y la literatura cumplen una función vital para el desarrollo de los pueblos, al desvirtuar la noción de que ésta es un conjunto de obras escritas para entretener a un grupo de lectores.

La literatura ha permitido reconstruir la historia dando voces a aquellas personas que han protagonizado sucesos desgarradores pero que, en el estricto sentido de testimoniar un hecho, se convierten en un elemento más. Narrar desde el recuerdo imprime un protagonismo fundamental a dos factores relevantes: tiempo y espacio, pues permite enmarcar a partir del recuerdo de alguien (tiempo) y un determinado lugar (espacio), para testimoniar desde el lenguaje narrativo, relatos enmarcados a partir de la pluralidad, con los que se fijan hitos que en ocasiones fracturan la realidad nacional.

En Colombia, la literatura ha testimoniado episodios en diferentes momentos de la historia que, aunque han sido conocidos, son re-construidos a partir de personajes cuyas vidas atraviesan sucesos determinantes que dan fe a un hecho mayor. La construcción de la memoria a partir de la literatura permite la reconstrucción de la historia, que a veces suele ser acortada y fría, pero que al ser conocida desde la literatura le da más relevancia a los personajes que al hecho en sí. En el proceso de post-acuerdo actual la crónica ha recuperado la memoria, tal como lo demuestra Alberto Salcedo Ramos con su crónica El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas, entre otros autores, quienes le contaron al mundo masacres tan atroces como por ejemplo la de El Salado.

La memoria es una construcción a partir de marcos sociales, políticos y culturales que conforman todo aquello de lo que estamos hechos. Es por ello que acudir a la literatura permite que esa herramienta de dignidad humanice la historia. Remitirnos a ella es revivir la figura de José Eustasio Rivera, quien con su obra cumbre La Vorágine narró los desgarradores sucesos acontecidos con la llamada “fiebre del caucho” desde la particularidad de dos personas: Arturo y Alicia, un poeta y una joven mujer “volada” de su casa, una denuncia de aquello que el estado y la sociedad de la época invisibilizaron.

Coinciden en el mundo de los encuentros y desencuentros: él, un poeta pobre, culto y mujeriego; ella, una joven desesperada. No es gratis que las primeras líneas de ésta obra inicien así: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia[1]”.

En medio de la huida llegan al Casanare, donde son recibidos por Don Rafo y por la pareja de Griselda y Fidel Franco (sugestivo nombre: fidelidad y lealtad), quien tiene el sueño de comprar unas cabezas de ganado que Zubieta, el dueño de un gran Hato, prometió venderle. Mientras están a la espera de la compra, Griselda y Alicia conocen a Barrera, un cauchero que mediante engaños intenta convencer a todo aquel que conozca para que se una a su negocio. Ambas mujeres coquetean con Barrera. Cova, al observar esto, explota de celos, se embriaga y va en busca del seductor, pero éste se adelanta y lo hiere en un brazo. Al siguiente día el poeta sale junto a Franco a recoger los toros que han adquirido, pero al volver descubren que las mujeres los han abandonado, por lo que los hombres emprenden un viaje hacia el Vichada. En medio de la travesía conocen a Helí Mesa, quien había estado al mando de Fidel en los tiempos del ejército. Éste les narra cómo fue engañado por Barrera, no sólo él sino también hombres y mujeres que, en busca de un mejor porvenir, entregaron todas sus pertenencias hasta el punto de terminar siendo esclavos y lanzados a los caimanes cuando ya no eran productivos.

En medio de las travesías por el Vaupés conocen la historia de Clemente Silva, hombre anciano que se encuentra enfermo, pues sus piernas están llenas de llagas y gusanos. Éste les narra que sus males son producto de haber sido cauchero por cerca de ocho años, esto por buscar a su hijo, pero luego de soportar torturas y trabajos forzados se entera que el muchacho ya había muerto.

Luego de conocer la historia, Arturo y Fidel deciden acompañar a Clemente Silva a buscar los huesos de su hijo, Lucianito. En medio de la búsqueda Clemente narra los horrores a los que son sometidos los caucheros, los eventos terribles acaecidos en las barracas, lugares en los que conviven los caucheros; así llegan al lugar más espeluznante que pueda conocer cualquier ser humano, dirigido por la Madona, Zoraida Ayram, una mujer sin piedad.

Finalmente Arturo y Fidel encuentran a las mujeres, pero el parto de Alicia se adelanta y da a luz a un niño de siete meses. En medio de un miedo inminente al contagio de lepra, el grupo huye hacia lo más profundo de la selva. Arturo, en medio de la travesía, redacta unos manuscritos que son enviados al cónsul de Colombia en Manaos, no sin antes advertir que el grupo se ha internado en lo más profundo de la selva: “Ni rastro de ellos. ¡Los devoró la Selva!”.

La obra de Rivera hace parte de la novela realista, tan popular en toda Latinoamérica a inicios del siglo pasado, que sirvió como base para hacer denuncias al contar lo que nadie quería atender, menos el estado ciego y sordo ante el oprobio padecido por miles, en especial los horrores de La Casa Arana. Ésta novela, escrita con un tono regionalista, jugó un papel fundamental para darle voz a aquellos que no eran escuchados, para construir memoria e impedir que caigan en el olvido; gracias a ello hoy día hacen parte la historia de la nación.

Otra de las obras que ha testimoniado la memoria de la nación es el relato ofrecido por Roberto Burgos Cantor, con un título muy sugerente: La Ceiba de la Memoria. El autor recupera la memoria desde los tiempos de la colonia, especialmente en Cartagena, donde el elemento fundamental es la reminiscencia, usada como arma de resistencia de las mujeres y hombres que llegaron a este lugar para ser esclavizados, recibiendo cualquier tipo de trato inhumano, hasta el punto de imponerles otra cultura como arma para que negaran sus raíces, incluso sus propios nombres.

Las voces interiores que resuenan en la mente humana e intentan gritar desde su lenguaje fueron acalladas, pero recuperadas por el autor a través de personajes como Analia Tu-Bari y Benkos Biohó, quienes rememoran su pasado en África, lugar en el que iniciaron sus vidas, donde pertenecen sus raíces.

Con una narrativa refrescante, la palabra es la clave para construir el nuevo mundo, por lo que el autor rememora los acontecimientos más ocultos en la memoria colectiva. Lo relevante de este relato no consiste en narrar una serie de hechos construidos a partir de los más estricto de la historia, sino en la recuperación de la memoria a partir del lenguaje, del recuerdo de su entorno, su familia, sus dioses, sus ríos, montañas y costumbres. “Cuando vine, yo no vine. Me trajeron. A la Fuerza. Peor que prisionera. Sin mi voluntad. Arrastrada. Me arrancaron. Me empezaron a matar. Mis palabras las perdí. Se escondieron en el silencio. O quisieron quedarse. Como se quedaron los ríos. Los árboles. La tierra. Los bosques. La hierba. Los animales[2].

El autor recupera la identidad de los pueblos raizales allegados a la Cartagena del siglo XVII a partir de la literatura, con las voces únicas de protagonistas que sobrevivieron a la barbarie. “Grito. No sé lo que sale en mi grito. Me gusta gritar. El grito convoca a los muertos que no conozco y a los que conocí en vida y vi morir. Convoca a los vivos. A los dioses que tienen su morada atrás del mar. Alivia los fondos de mi memoria: alienta una fogata que se apaga. Deja cenizas. La avivo. Más que los días, el dolor la extingue[3]”.

Este relato permitió rememorar parte de una historia de la cual poco se habla. La nación adeuda tanto a una comunidad que, con sus conocimientos, historias y relatos, hace parte de la pluricultural Colombia.

De manera más reciente aparece el libro de Laura Restrepo, Delirio. Esta novela fue ganadora del premio Alfaguara en el año 2004. Con una narración más contemporánea Restrepo testimonia la historia de cómo el narcotráfico permeó a la sociedad colombiana, trayendo consigo violencia, pobreza y traición.

Delirio narra la historia de un hombre venido a menos. Luego de ser docente universitario, se dedica a la comercialización de comida para animales; al regresar a Bogotá recoge a su compañera en un hotel, tras recibir un llamado que le hacen para que vaya en su búsqueda, encontrándola en estado de perturbación. Luego de los celos por una posible infidelidad por parte de Agustina inicia la pesquisa que le permita entender el porqué de la situación.

La historia de su abuelo Portulinus que terminó suicidándose, un maestro de música alemán que llegó a Colombia para enseñar su arte y echar raíces en Sasaima, Cundinamarca, explica un tanto el actual estado de la mujer. Ese descubrimiento le permite a Aguilar reconocer que el mayor elemento de perturbación de Agustina tuvo lugar en los episodios de su niñez. El constante maltrato del padre hacia el Bichi, el hermoso hermano menor de Agustina, quien desde niño desarrolló una personalidad “afeminada”, el modo de sustento de la familia atravesado por el narcotráfico, la relación de la protagonista con El Midas, uno de los personajes que genera mayor fascinación en la historia por su personalidad arrolladora, pues siempre intentó sobresalir pese a su origen humilde y a su gran habilidad para interactuar con Pablo “El patrón” y llevar los negocios, enamorado siempre de ella, intenta a su modo acompañarla hasta el final. Él había sido la última persona con la que Agustina interactuó, antes de caer en su delirio.

La clave de todo se desencadena en un diario fotográfico en donde el Bichi, luego de una golpiza por parte del padre, arroja al suelo unas fotografías donde se ve un exótico vestido rojo que devela la infidelidad del padre con la Tía Sofi, traición que había sido descubierta por Agustina y su hermano menor en medio de los “juegos sexuales” que solían tener. Este episodio desencadena toda la trama, desarticula a la familia y le da la libertad que el niño necesitaba para abandonar la casa.

El relato logra identificar a las “familias bien” colombianas que se encierran en su intimidad, secretos e hipocresías. De igual modo testimonia la memoria de la nación en la década de 1980, cuando el narcotráfico era un miembro más de los hogares.

Por último, aparece la novela El Ruido de las Cosas al Caer, de Juan Gabriel Vásquez, premio Alfaguara 2011. En este caso es de nuevo el narcotráfico el objeto de la narración. Los protagonistas son dos hombres: Antonio Yammara y Ricardo Laverde, quienes coinciden por los azares del destino. El primero, un joven profesor universitario que luego de una tesis “sui géneris” se titula como abogado y, a modo de diversión, asiste constantemente a un billar donde conoce al segundo, quien alberga en su interior un oscuro pasado.

En la cotidianidad que ambos generan, tienen un encuentro etílico que hace que Ricardo intente contarle cosas de su pasado a Antonio, quien por cuestiones de la noche no escucha pese a que tenía la curiosidad de saber por los comentarios que había escuchado en el billar. Luego de esa noche pasan varios días sin coincidir, hasta que se reencuentran. Ricardo le pide a su nuevo amigo que lo acompañe, pues tiene la necesidad de conocer el contenido de unos casetes. Antonio lo ayuda, lo lleva a la Casa de Poesía Silva en donde es conocido por ser asiduo visitante desde niño. Al conocer el contenido de los casetes, Ricardo sale aterrado. Antonio lo persigue; en medio de la calle atentan contra el primero, resultando herido el profesor, quien entra en un estado de profundo pánico.

Alejado de su familia, Antonio decide ir en busca de las razones por las que fue asesinado su amigo. En medio de la pesquisa descubre que Laverde había sido un piloto de avión y que su familia había estado siempre cercana a esa profesión. El abuelo de Ricardo había resultado herido en medio de una exhibición, y el contenido de los casetes revelaba la caída del avión en el que viajaba su esposa, con la que iba a reencontrase. Aunque concretamente nunca descubre el motivo por el cual es asesinado su amigo, sí logra conocer el motivo por el cual estuvo veinte años en la cárcel: pilotear una avioneta cargada con coca, lo que ocasiona su tragedia.

La cárcel trae consigo el abandono a Elena Fritts, su esposa, una estadounidense que había llegado al país en los conocidos cuerpos de Paz. La pareja logra vivir por un corto tiempo un proceso de aparente tranquilidad. Conciben una hija, que es la que finalmente le cuenta la historia de su vida al profesor. En medio de ese encuentro, juntos coinciden en que pese a compartir mundos distintos, estas vidas estuvieron atravesadas por el narcotráfico, la de ella por la decisión de su padre y la de él, porque lo presenció a través de la televisión. Maya Laverde vive en La Dorada, Caldas, y en medio de la visita de él ocurre un encuentro sexual que une las dos almas confundidas. A su regreso Antonio descubre que su esposa, cansada del miedo y las inseguridades que le generó la muerte de Laverde, lo abandona.

Las anteriores novelas han logrado narrar la historia de una nación violenta, atravesada por el narcotráfico. Son novelas estudiadas por los colegiales, quienes tienen el desafío de identificar que no sólo están frente una obra literaria sino frente a la posibilidad de analizar la historia de la nación misma. Una historia que, como dijo el mismo Burgos Cantor, debe estar en la Ceiba de la Memoria colectiva, una memoria que nos identifica como habitantes de este tormentoso país.

Lo cierto es que estamos hechas y hechos de recuerdos, y cada uno de ellos, está cargado de innumerables vivencias, buenas y malas. Eso es lo que convierte a cada quien en la persona que es; por ello la literatura permite recoger aspectos comunes que nos hacen despertar sentimientos o melancolía cuando se recorren lugares o, incluso, cuando se vuelve a ver a aquellas personas que están vagando por nuestra mente y que hacen parte de nuestro pasado, ese que sirvió para labrar nuestro presente. Hagamos lo que hagamos, aunque hayamos cambiado de vida, de lugar o de nombre, los recuerdos siempre quedan. No existe el olvido, pues siempre ha existido la literatura que nos ha novelado la memoria.

Referencias

[1]La Vorágine. José Eustasio Rivera, Editorial Retina, Bogotá Colombia, 1986. Página 7.

[2]La Ceiba de la Memoria. Roberto Burgos Cantor.

[3]La Ceiba de la Memoria. Roberto Burgos Cantor. Seix Barral. Segunda Edición. 2010. Página 296.


LA GUACHAFITA