• Mauricio Muñoz Escalante*

Educación ULTRA HD 64K


Fuente: grafiti cubierto en la avenida 1 con calle 56, Neiva

«Por una educación gratuita y de calidad», escribió algún estudiante furibundo durante la última marcha en la pared de la ferretería. El dueño, Optimuspraim, no dudó en cubrir el garrapiño al día siguiente, no porque no quisiera una educación gratuita y de calidad (¡qué mejor!), sino porque su negocio funciona por todo lo contrario, valga decir, por el vil metal que cantaba Serrat y que demandan los de Sika y DeWalt y Sylvania y Uyustools, que son suizos y estadounidenses y canadienses y chinos, precisamente porque no andan regalando nada: venden productos de calidad, pero caros.

No obstante contestémosle al joven por qué su protesta ha quedado sepultada en el olvido, pues no tiene que ver con las tres manos de Coraza que le aplicó encima don Opti (de tan mala calidad que aún se alcanza a leer). Hagámoslo siguiendo la metodología de Julio Sánchez Cristo y Alberto Casas Santamaría, que consiste en preguntar lo obvio para responder de manera certera lo que de entrada ya se sabe:

—Alberto—pregunta Julio—: posibilidades de que en Colombia haya algún día educación gratuita y de calidad.

—Absolutamente ninguna.

La respuesta hipotética tan categórica de don Alberto no es sólo porque se trate de un erotema, sino porque el joven del letrero pudo haber incurrido en un error idiomático (partiendo de la base de que se acepten los métodos poco ortodoxos de la comunicación): «La universidad no es el objeto de la querella —podemos imaginarnos que diría el comunicado oficial— pues la institución en cuestión no ofrece educación “de calidad” sino de “alta calidad”, que es la credencial que le otorgó la Comisión Nacional de Acreditación (CNA) en su última visita de pares académicos. Si se leyera, “Por una educación gratuita y de alta calidad”, la universidad sí tendría que responder, pues se refiere a ella, mientras tanto no.»

La especulación no es totalmente infundada. Mi amiga Swanne Katherine, por ejemplo, escribió una carta pidiendo mejoras en la infraestructura de su universidad y como era de esperarse tampoco pasó nada. Ella dirigió la misiva al rector, pero resulta que debía habérsela enviado al vicecontralor de asuntos académicos, y por eso no hizo trámite la solicitud, que a decir verdad no era tan estrambótica. Ella pedía que pusieran un ventilador en el salón, que eran 50 alumnos en la clase de ética, que era de dos a cuatro de la tarde en Neiva, que eso era precisamente antiético, casi un crimen de lesa humanidad, pero los directivos, en sus oficinas con aire acondicionado a 22 grados centígrados, enfriaron el proceso hasta matarlo. Los problemas en Colombia no son los problemas per se, sino que dependen de cómo se enmarquen en el aparato burocrático. De ahí que sólo una millonésima parte se resuelva, pues el resto siempre tiene errores de procedimiento o de interpretación. El asunto lo traigo a colación porque por primera vez en la historia colombiana, en este particular caso del monacho pintado en las postrimerías de la Universidad Surcolombiana, la razón la puede tener el grafitero, ¡y eso ya es mucho decir!

El intríngulis está en que son dos acepciones de calidad. Para el muchacho la educación sólo puede ser «de calidad», no de «alta» calidad, pues la calidad implica ser «alta». No existe «baja calidad», sino en su ausencia lo mediocre, lo defectuoso y lo pésimo. Cuando algo es «de calidad» se supone que es bueno, óptimo y excelente. Si él clama por una universidad «de calidad», dicha característica la debe diferenciar de aquellas otras instituciones aceptables, regulares o simplemente malas, pues de lo contrario la categoría dejaría de servir. Él se acoge al significado de calidad en tanto «superioridad o excelencia», según lo estima el diccionario de la real academia española. Los sabios del CNA, en cambio, tentados por dotar la academia colombiana de virtudes que se ganan por labor y no por título, definieron calidad como «propiedad o conjunto de propiedades inherentes a algo», lo que los obligó a añadir un adjetivo —cualquier adjetivo— que permitiera «juzgar su valor». Ellos optaron por «alta», pero no es posible que sean de «alta calidad» tanto las universidades que ofrecen tres títulos de doctorado como las que tienen cuarenta, y las que albergan bibliotecas de 400.000 volúmenes y las que no llegan a tres mil, como ocurre en la actualidad en el país.

Por eso (ante esta corte unipersonal) la discusión la gana el rebelde pintaparedes, pues a las universidades que están ofreciendo educación «de calidad» tarde o temprano tocará ofrecerles otro escaño donde estén sólo ellas, sin compartir el honor con las instituciones que no les llegan a los talones. ¿Qué se van inventar entonces los del CNA: acreditación de súperaltacalidad, de turbocalidad? Una opción es que usen las potencias de diez, como si estuvieran midiendo la cantidad de memoria de un computador, y digan kilocalidad y en un mes megacalidad y después teracalidad. O que se vayan con la secuencia de los polígonos regulares, que también augura un listado tan extenso que por lo menos les da tiempo para improvisar de nuevo: pentacalidad, hexacalidad, heptacalidad…

La «alta calidad» que se le otorga hoy a las universidades está midiendo la calidad en los términos de una plancha o un ventilador de hace cincuenta años: que duren. Hoy por hoy un programa universitario surte un proceso que, para llegar a ser de alta calidad, tarda unos veinte años, independientemente de que sea mejor o peor que cuando empezó: primero saca el registro, luego de un tiempo el registro calificado, después la renovación del registro calificado, y finalmente la acreditación de alta calidad, todo sin cambiar un contenido programático y sin comprar ni un pupitre (por eso el dicho de marras que dice que «El diablo sabe más por viejo que por diablo»). Eso quiere decir que todas las 300 instituciones de educación superior en Colombia y los centenares que están en salmuera pueden alcanzar a las javerianas y las nacionales, al punto —para seguir con este homenaje a LaW— de que muy pronto puede haber una universidad de alta calidad «cerca, muy cerca de usted».

Pero la calidad en el resto del planeta pensante no se mide en durabilidad. Si las universidades fueran como las botas Grulla, ya serían de «altísima calidad», pues no hay cómo acabarlas. La calidad de una universidad no es la misma que permitía que un televisor sobreviviera varias generaciones en la sala de la casa, sirviendo de entretenimiento al tiempo que era vinoteca y guardavajillas per omnia saecula saeculorum. Hoy la calidad se mide en relación a la función, que en el caso del televisor es mostrar gráficos. Entonces, como nadie va a oír el clamor del grafitero y no existe la más remota posibilidad de que se ofrezca educación «de calidad», sino que lo importante siga siendo cumplir con el último trámite burocrático, propongo que para diferenciar las universidades y saber quién es quién, el CNA saque certificaciones cada mes como si se tratara de televisores: Acreditación Plasma, Acreditación LCD, Acreditación 1080p, y así ad infinitum, Acreditación HD, Full HD, Ultra HD, 8K, 16K, 32K, 64K… Ahora, que sea gratuita, eso es otra historia.

* Coordinador del programa de Arquitectura de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA