• Daniel Cortés*

Los últimos días de Simón Bolivar


Pedro Quijano. Muerte del Libertador Simón Bolívar (Óleo) Quinta de Bolívar.

Simón Bolívar, el colombiano que se convirtió en el más grande por el amor indeleble que le demostró a su patria durante su agitada existencia sin haber nacido en sus tierras, patria que abarcaba todo el territorio suramericano en su imaginario. Nació en Caracas, Venezuela el 24 de julio de 1783 y falleció el 17 de diciembre de 1830 a la una de la tarde en la Quinta de San Pedro Alejandrino, la cual en ese momento se encontraba en las afueras de Santa Marta, Magdalena (Colombia). Actualmente la Quinta donde Bolívar murió es un lugar de visita obligado en la Costa Caribe de Colombia, pues la grandeza de libertador se percibe en cada pasillo o habitación de la mencionada Quinta.

El libertador de la Gran Colombia, que para él iba desde Punta Gallinas en la actual Guajira colombiana hasta la Patagonia Argentina, tuvo la fortuna de ser cuidado por un excelso médico en los momentos previos a su deceso, días que mostraron al verdadero Bolívar, al fuerte por la entereza que le dieron las batallas ganadas y al nostálgico por el desprecio que sentía por parte de sus gentes.

Las últimas semanas de vida de uno de los militares y políticos más íntegros de la historia fueron plasmadas en los apuntes verídicos hechos por su médico tratante en la obra inédita “LA ULTIMA ENFERMEDAD, LOS ULTIMOS MOMENTOS Y LOS FUNERALES DEL LIBERTADOR SIMON BOLIVAR por su médico de cabecera, el Doctor Alejandro Próspero Reverend. Edición de la Imprenta Hispano-Americana de Cosson y Comp. París, 1.866”. Cabe resaltar que el escrito conserva la escritura original hecha por el autor hace casi 150 años.

Incluso, el premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, describió con su excelsa escritura el camino recorrido por Bolívar que culminó en la Quinta de San Pedro Alejandrino en su novela “El General en su laberinto” publicada en 1989, con frases como “Déjeme como estoy... La desesperación es la salud de los perdidos” logró mostrar la actitud de nuestro Libertador en su batalla más difícil contra la muerte. También nos permitió captar los sentimientos encontrados entre nostalgia y satisfacción cuando indican en la obra que “La inteligencia de su corazón le había enseñado la inutilidad de la gloria”.

Pero la lucha diaria denotó la cabeza erguida de Bolívar frente su diagnóstico fatal porque “La vida le había dado ya motivos bastantes para saber que ninguna derrota era la última”. Y a propósito del tratamiento médico recibido, permitió crear un lazo de amistad estrecho con el doctor Reverend, pues llegó a decirle al libertador que "A los otros médicos se les mueren tantos enfermos como a mí, decía. Pero conmigo se mueren más contentos".

El médico de Bolívar y en esta ocasión, convertido en eximio relator con esta publicación realizada solo hasta 1866 gracias a la insistencia de un amigo del médico, nos describe el estado de salud del libertador por medio de sus boletines médicos elaborados hace casi doscientos años, información objetiva que permite vislumbrar la agonía que vivió Bolívar en sus últimos días de vida. Haré referencia a algunos sucesos que nos muestran la tristeza y olvido que sintió el libertador durante el final de su existencia en el mundo terrenal.

En cuanto a la labor encomendada al médico Alejandro, en su momento, después de los funerales del libertador, el General Montilla le dijo al médico Reverend que pasara la cuenta de cobro por concepto de sus servicios a Bolívar, a lo cual respondió:

“-Nunca pensé, ni pienso sacar una recompensa pecuniaria de mi asistencia al libertador. ¿Qué mas premio que el honor insigne de haber sido su médico? (…) Hice pues lo que me pareció decoroso, y no me arrepiento de haberlo hecho. Sin embargo insistió el General Montilla en sus ofrecimientos, y viendo que no podía persuadirme sobre este particular, me dijo: - ¿Aceptaría usted el despacho de cirujano mayor del ejército? - Mil gracias, mi general y dispénseme si rehuso; prefiero mi libertad a todo empleo asalariado. Se quedó un rato admirado, pero no tardó en decirme en tono algo jovial: - ¿Ahora si, aceptará usted siendo ad honorem el despacho? – De esta manera nada tengo que objetar, mi general”.

En lo relacionado con el paso de los días que denotaban el empeoramiento de la salud de Simón Bolívar, algunos apartes del libro contienen la esencia de la lucha final de Bolívar, por ejemplo, en el boletín número 30 del 16 de diciembre de 1830 se describe: “S.E. va siempre declinando y si vuelven las fuerzas vitales a sobresalir alguna vez, es para decaerse un rato después; finalmente es la lucha externa de la vida con la muerte …”

Para tener una muestra de cómo el libertador enfrentó su enfermedad, una semana antes de la muerte, el Médico Alejandro contó: “Aunque la enfermedad no presentase signos de dolor físico, el paciente solía a veces dar unos quejidos cuando estaba soñoliento; me acercaba entonces a su cama y le preguntaba si sentía algún dolor. "No", contestaba muy sosegado. (…) ¡Cosa singular! el mal hacía progresos a medida que el enfermo aparentaba seguir bueno; pues la fiebre iba creciendo, complicándose con delirios fugaces, el hipo, la supresión de la expectoración, etc. Este conjunto de síntomas alarmantes formaba para mí un presagio funesto”.

En virtud del decaimiento de Bolívar en su salud, por solicitud del General Mantilla, el médico Reverend contactó al Obispo de Santa Marta para que hablara con el paciente, nos cuenta que: “Entonces dirigiéndose a mí S.E., me dijo: "Qué es esto, estaré tan malo para que se me hable de testamento y de confesarme? -"No hay tal cosa, señor, tranquilícese.... varias veces he visto enfermos de gravedad practicar estas diligencias y después ponerse buenos. (…) Lo único que dijo fué: -"¡Cómo saldré yo de este laberinto!"

Respecto a dicho suceso, el médico Reverend tuvo reflexiones interminables por el desconocimiento que tuvieron frente a la grandeza del paciente, narra que:

“Por más tiempo que viva nunca se me olvidará lo solemne y patético de lo que presencié. El cura de la aldea de Mamatoco, cerca de San Pedro, acompañado de sus acólitos y unos pobres indígenas, vino de noche a pié, llevando el viático a Simón Bolívar. ¡Qué contraste! un humilde sacerdote y de casta ínfima a quien realzaba solo su carácter de ministro de Dios, sin séquito y aparatos pomposos propios a las ceremonias de la Iglesia, llegase con los consuelos de la religión al primer hombre de Sur América, al ilustre Libertador y Fundador de Colombia! ¡Qué lección para confundir las vanidades de este mundo! Estábamos todos los circunstantes impresionados por la gravedad de tan imponente acto. Acabada la ceremonia religiosa, luego se puso el escribano notario Catalino Noguera en medio del círculo formado por los generales Mariano Montilla, José María Carreño, (…) y varias personas de respetabilidad, para leer la alocución dirigida por Bolívar a los Colombianos.

Apenas pudo llegar a la mitad, su conmoción no le permitió continuar y le fué preciso ceder el puesto al doctor Manuel Recuero, a la sazón auditor de guerra, quien pudo concluir la lectura; pero al acabar de pronunciar las últimas palabras yo bajaré tranquilo al sepulcro, fué (sic) cuando Bolívar desde su butaca, en donde estaba sentado dijo con voz ronca: —Sí, al sepulcro. ... es lo que me han proporcionado mis conciudadanos.... pero les perdono. ¡Ojalá yo pudiera llevar conmigo el consuelo de que permanezcan unidos!”.

En ese preciso instante, el médico Alejandro Próspero Reverend sintió mucha tristeza y sensibilidad, nos cuenta que: “Al oir estas palabras que parecían salir de la tumba, se me cubrió el corazón; y al ver la consternación pintada en el rostro de los circunstantes a cuyos ojos asomaban las lágrimas, tuve que apartarme del círculo para ocultar las mías, que no me habían arrancado otros cuadros más patéticos. Dicen, sin embargo, que los médicos carecen de sensibilidad.”

En nuestros días, El libertador Simón Bolívar es omnipresente, es una leyenda cuyos logros y errores en la política permean el devenir de nuestro país. Luego de 189 años de su fallecimiento, sus conquistas, luchas, derrotas, decisiones y su carácter inquebrantable son referentes para la construcción de la memoria histórica de los colombianos que pretendan entender el pasado y saber porqué somos así en el presente.

* Daniel E. Cortés, Abogado, profesor de la Universidad Surcolombiana.


LA GUACHAFITA