• Tomas Rojas*

Crisis, consenso y terror


Foto: Cortesía El Espectador

“Al manejar una crisis, sé rápido con los hechos, lento con la culpa”

Leonard Saffir (traducido)

Hoy el mundo habla constantemente de crisis. La crisis institucional, la crisis democrática, la crisis medioambiental, las crisis en medio oriente, la temida crisis financiera. Pareciera que todos los días llega una crisis nueva con sus preocupaciones y problemas. Sin embargo, aunque la cantidad de crisis aumenta, no parecemos aprender a aprovecharlas.

La mayoría de las veces las instituciones, tanto privadas como públicas, enfrentan las crisis como se enfrentaba los levantamientos populares en los siglos pasados. Como reyes encerrados en sus torres, los presidentes y sus asesores se defienden de la protesta popular. El primer esfuerzo es uno de aguante, donde se espera que otra cosa capture el interés de los indignados. Los mensajes de perdón y las promesas de mejora siguen rápidamente, intentando apaciguar los ánimos. Y finalmente, cuando no hay más remedio, se sacrifica a algún asesor, o en casos extremos un ministro o un gerente, para satisfacer el deseo de sangre.

Pero, al final del espectáculo, solo hay dos posibles resultados. La institución sigue en pie y sin cambios o el sacrificio no es suficiente y la destruyen. Al estilo más francés, se escoge entre el terror de la revolución despótica o el terror de la dictadura napoleónica. Con tintes distintos pero igual de terribles.

Por esto mismo, los pocos que han manejado la crisis de manera distinta han logrado los resultados más efectivos. Mark Zuckerberg, como los monarcas ingleses del siglo XVI, abrió las puertas de su torre y se enfrentó al descontento. En ambos casos, aun a regañadientes, los dirigentes escucharon lo que se les pedía y cedieron. Permitieron que se les regulara y cambiaron sus hábitos para lograr conservar sus cabezas. Lentamente se desarrollaron instrumentos legales que desembocaron en el sistema parlamentario inglés y que probablemente terminara en la regulación mundial de las redes sociales. Son cambios lentos, fundados sobre el diálogo y el consenso, que además requieren sacrificios y concesiones. Pero traen soluciones duraderas y democráticas, donde se elude el terror y la violencia.

En el caso colombiano, nuestros líderes podrían aprender de ellos. La decisión de algunos delincuentes de abandonar el proceso de paz y el partido de la rosa para refundar las FARC-EP es indudablemente una crisis. Y hasta ahora, los líderes han tomado el camino tradicional, encerrándose cada uno su torre, gritándole al pueblo angustiado que debe dirigir su furia hacia otras. Desorientados, los colombianos nos agarramos entre nosotros sin decidir cuál torre asaltar.

Sin embargo, el verdadero ganador será quien abra la puerta. Quien se siente a dialogar con el pueblo. Y el llamado a hacerlo es el gobierno nacional. Si Iván Duque usara bien la crisis actual podría ganar el ajedrez en una sola jugada. Si el Presidente se dedicara a la defensa del proceso, ganaría en todos los frentes. Al respetar lo pactado, tendría credibilidad a nivel nacional e internacional. Pero además tendría mayor control sobre la Fuerza Alternativa, ejerciendo vigilancia sobre el partido político a través de los instrumentos legales creados por el Acuerdo de Paz, mientras combate los subversivos mediante la acción militar. Sobre todo, le daría la oportunidad de romper con la sombra de Álvaro Uribe, que sofoca y limita su gobierno. En una sola jugada este gobierno podría lograr credibilidad, conseguir su libertad y controlar a sus enemigos.

La crisis, y especialmente esta crisis, no nace de hechos positivos. Pero si puede desembocar en cambios positivos. Es deber de los actores ahora decidir si empujan la balanza hacia el terror o el consenso.

* Politólogo de la Universidad del Rosario, candidato a maestría en Asuntos Públicos Europeos en Sciences Po Bordeaux (Francia).


LA GUACHAFITA