• Juan Sebastián Perdomo*

Industrias de alimentos en Colombia: un giro en los hábitos de consumo


Recuerdo aquellas épocas de mi niñez cuando solía compartir con mi abuela la recolección de los alimentos -de primera mano- que con gran esfuerzo cultivaba mi abuelo, aquellas cosechas eran el sustento de una numerosa familia. En la labranza, había cultivos de papa, yuca, plátano y algunas hortalizas, todo abonado y regado de manera natural. Al ser cultivos de pequeña escala (tan solo unas escasas hectáreas) su cuidado era realizable y llevado a cabo por quienes habitaban.

Ahora, todo ha cambiado, las conversaciones con mi madre recordando aquellos momentos distan mucho sobre cómo se nos presenta la realidad hoy día. En la despensa de alimentos que se tiene en los hogares, muchos de ellos –por no decir que todos- contienen productos procesados o precocinados ricos en sal, azúcar, carbohidratos, conservantes y potenciadores de sabor.

La industria alimentaria en Colombia mueve importantes cifras en la economía del país, según cifras de Invest in Bogotá (agencia de promoción de inversión para Bogotá) el sector de alimentos en Colombia presenta ventas por un estimado de 22,620 millones de dólares. Teniendo representaciones del 31% (US$ 3.797 Millones) en molinería, panadería y repostería; 25% (US$ 3.084 Millones) en lácteos; 18% (US$ 2.222 Millones) harinas, confitería y snacks; 11% (US$ 1.338 Millones) frutas, legumbres, aceites y salsas; 9% (US$ 1.096 Millones) cárnicos y 6% (US$ 901 Millones) en otros productos.

Según raking realizado por la Superintendencia de Sociedades sobre información financiera de las 1.000 empresas más grandes por ingresos operacionales en Colombia para el año 2018, algunas de las empresas más importantes en la industria alimentaria, son: Quala S.A situada en la posición N° 54; Alpina Productos Alimenticios S.A en el puesto N° 58; Nestléde Colombia S.A de 78 y Grupo Nutresa S.A en el puesto 129. Cada una de estas empresas se encarga de la producción y distribución de un sinfín de productos, dentro de los más destacados, y que colonizan diariamente la preparación de alimentos de los colombianos se encuentran las especias y salsas que condimentan y dan sabor a cada comida, como por ejemplo: los famosos cubitos Maggi o Ricostilla, las bases de salsas que se usan con frecuencia como Gulash, Bechamel, Carbonara, Bolognesa, etc. Asimismo, para la preparación de jugos mediante artificiales como Frutiño, SunTea, Tutti frutti, Boka, Nestea, etc.

Las cifras que arrojan cada una de las ganancias que obtienen estas empresas son exorbitantes para cada colombiano de a pie, y la evolución de cada de una de estas empresas en términos de diversificación de productos y estrategias de venta son cada vez más sofisticadas, en tal medida, es conveniente cuestionar sobre las siguientes cuestiones: ¿a qué se debe el aumento del consumo de estos productos? ¿Cómo estos productos cambian los hábitos alimenticios de la población? Y ¿qué consecuencias trae estos productos para la salud?

Es evidente que el aumento de este tipo de productos se da por varios factores. El primero es el hecho de que las grandes industrias transnacionales alimentarias mencionadas anteriormente, inundan los países en vía de desarrollo de estos productos, identificando a Colombia como el tercer país más poblado de América Latina, hogar de aproximadamente 50 millones de potenciales consumidores. En segundo lugar, la proliferación de publicidad es de vital importancia para el afincamiento de estos productos en el imaginario de la población (que va desde mención de vitaminas, aparente alimentación saludable y hasta facilidad de preparación de alimentos). La tercera estrategia, es la accesibilidad que buscan brindar cada uno de estos productos, llegando a los diferentes sectores de la sociedad como estrategias de mercado, es decir, el modelo comercial ofrece el producto en diferentes tamaños y presentaciones para que cada ciudadano lo pueda adquirir. La cuarta estrategia - de la que muy poco se habla - es la financiación de campañas políticas por parte de estas industrias, revelando potenciales conflictos de interés. Esto explica, por ejemplo, por qué es tan difícil en Colombia aumentarle los impuestos a las bebidas azucaradas. Precisamente, hace unos días la Liga contra el Silencio publicó una investigación que da cuenta de las donaciones dulces que aceitan la política colombiana.

Donaciones a campañas presidenciales (2018):

Fuente: Liga contra el Silencio.

Donaciones al Congreso de la República (2018):

Fuente: Liga contra el Silencio.

Se registra entonces, un choque entre los hábitos, los gustos y el bolsillo de los consumidores, que han hecho que haya un tránsito entre el consumo de productos sanos y saludables, lo cual ha permeado hasta en el imaginario de los más chicos, haciendo que estos ya no prefieran un delicioso jugo de frutas naturales, sino una gaseosa o Frutiño en su debido caso. Pero como si lo anterior no fuera grave de por sí, la contaminación ambiental por producción excesiva de productos en paquetes pequeños prolifera hoy en los lagos, ríos y mares del país; la obesidad y múltiples enfermedades se dispersan en cada una de las personas ocasionando muertes innumerables.

Es por ello que, se debe escoger con criterio aquello que consumimos, pues, se puede afirmar que lo que estamos consumiendo no es más que atentar contra nuestra propia salud y el sustento de nuestro propio planeta, porque bien es sabido que las grandes industrias están dispuestas a vendernos cosas ligeramente mal sanas si el negocio suma y perdura. Y en ocasiones con el beneplácito de los políticos, cabe decirlo.

* Estudiante de Ciencia Política, Universidad Surcolombiana.


LA GUACHAFITA