• Rudber Eduardo Gómez L.*

Idiosincrasia huilense. ¿Quiénes somos?


El siguiente texto corresponde a una versión resumida de la serie de charlas que comenzamos en EL PATIO, Centro Cultural Restaurante, por iniciativa de Papyrus Libros.

Foto: Personaje "Celio", interpretado por el humorista bumangués José Ordóñez.

Cuando estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás, a mediados de los 90´s, en la ciudad de Bogotá, el profesor de Cine y Literatura, Carlos Ramírez, de nacionalidad española, contó a los estudiantes esta anécdota de su paso por tierras huilenses, específicamente en Neiva, que refleja de alguna manera la percepción que se tiene de “nosotros”. El profesor chocó su auto, como se dice “le dio por atrás a otro”. Asumió que iba a tener un problema mayúsculo, que el conductor se bajaría ofuscado a maldecir y buscar pelea, enfatizó que creyó eso porque era lo común en la ciudad de Bogotá. Su sorpresa radicó en que el afectado se bajó y le preguntó en nuestro característico dejo: “¿El señor está bien? ¿Le pasó algo?”. Ante la evidente intranquilidad de mi maestro Ramírez por el accidente, nuestro paisano continuo: “Tranquilo, no pasó nada, un rasponcito…” Se subió y siguió su camino. Sirva esta anécdota para comenzar este texto sobre idiosincrasia huilense, en donde encontramos personajes e historias que se confunden entre lo imaginario, cotidiano y, en algunos casos desafortunados, reales: de Reinaldo Matiz, Juan Bustos, Embajadores de la India y algunas jugaditas ernestomacianas.

DE REINALDO MATIZ, JUAN BUSTOS, EMBAJADORES DE LA INDIA Y ALGUNAS JUGADITAS

El sacerdote dominico Pedro José Díaz Camacho, en su texto “El alma colombiana, Idiosincrasia e identidades culturales en Colombia”, indaga sobre los factores que intervienen en la configuración y expresión del modo de ser, pensar, sentir, percibir y actuar de los colombianos, junto con la forma diversa como se manifiesta su idiosincrasia y la identidad cultural, según lo expuesto por algunos estudiosos de las cuestiones antropológicas, históricas y sociológicas del pueblo colombiano.[1]

Más adelante dirá: “podemos decir que el alma del colombiano se parece a la compleja morfología de su ámbito geográfico, a la variedad de sus climas, a la diversidad de géneros y ritmos musicales cultivados en las distintas regiones, así como a sus apasionantes vicisitudes históricas y sociales: como su paisaje, compuesto de cordilleras majestuosas y ríos caudalosos, valles inmensos, precipicios indescifrables y selvas inhóspitas, así, muy compleja y diversa, se ha configurado el alma del colombiano, según su origen racial, los procesos de mestizaje y migración, su hábitat, su contexto sociocultural y los influjos externos”. ¿Cómo huilenses somos tan variopintos y diversos como nuestra geografía? Es posible.

Siguiendo a Luis López de Mesa, el sacerdote Díaz Camacho hace referencia al modo de ser de los grupos humanos en Colombia. Sobre el Tolima-Huila se hace esta descripción:

Finalmente, hemos de considerar al antiguo departamento del Tolima, que comprende el Huila y una parte del Caquetá, cuya población es de origen hispano-caribe, como la de Santander, y tiene como antepasados a los Tamas, Paeces, Andaquíes, Pijaos, Pantágoras, etc., algunos de ellos de carácter altamente belicoso, lo cual, al decir del profesor López de Mesa (1970a), explica en mucha parte el temperamento de este grupo, que si es patriarcal, hospitalario, honesto, sencillo, como cumple a un pueblo pastor de tradición cultural ibérica, es, sin embargo, altivo y guerrero indomable en horas de conflicto, franco y leal siempre, amén de liberal en política y muy amigo de la igualdad y la justicia, como era de esperarse en descendientes de tan altiva estirpe guerrera aborigen. De ahí que sus grandes hombres se hayan destacado en nuestra historia por su alteza moral y su apego a la democracia (pp. 117-120).

Desde otro punto de vista se dice también que “en términos generales, el tolimense se distingue por su temperamento alegre y cordial, expansivo y musical; es poco exigente y muy generoso” (Guzmán, Fals Borda y Umaña, 1980,, p. 118), y de los huilenses se dice que son gentes sencillas, cordiales y algo ingenuas. Cualidades que se pueden resumir en los siguientes conceptos un tanto elogiosos pero a la vez expresivos de una realidad humana concreta:

Pueblo suave que en dejo quejoso de su acento arrulla la dignidad del hombre libre, el magisterio de la propia conciencia y el amor inefable a la patria: bajo su aparente debilidad encubre uno de los grandes caracteres de la República y de ella es y será vértebra de perdurable articulación nacional (López de Mesa, 1970a, p. 120).

Hospitalarios, alegres, cordiales, musicales, sencillos, algo ingenuos. Pueblo suave…tal vez esas características son las que han permitido episodios como el del Embajador de la India, el del doblemente “colapso” de la represa de Betania, el que aquí en el Huila haya ganado el NO en el Plebiscito, y tantos otros. También nos consideran Celios. El estereotipo de ingenuos, de perezosos, de Celios, no es nuevo. No solo el humorista José Ordóñez lo ha utilizado. El programa radial de los años 50´s, Miércoles de Opitalandia, iniciaba con este Himno a la pereza:

Opitilandia, la tierra bendecida

donde siempre se encuentra de almorzar

donde el fuerte guarapo nos convida

a gozar su pereza sin igual .

Cantemos en honor de los zancudos

cantemos a la anemia tropical

y alcemos en nuestros brazos peludos

la hermosa bandera nacional.

En 1982 aparece en la TV colombiana Don Chinche y con este programa el personaje Eutimio Pastrana Polanía, quien configuró en el imaginario nacional el ser del huilense. Eutimio, mecánico trabajador, sencillo, ingenuo, buen hijo, buen amigo, buen novio. Tiene como mascota un marrano.

A raíz del imaginario de Celio, se realizó hacia el 2001 en Neiva (Héctor Javier Osorio) y en el Huila (Juan de Jesús Cárdenas) una campaña para resaltar la laboriosidad y emprendimiento de nuestros habitantes. Apareció Don Próspero, figura que –desde mi punto de vista – no tuvo el impacto deseado (era solo una “campaña”) y por supuesto tampoco logró desplazar a Celio. En plena “euforia” por este personaje, cuatro personalidades del Huila opinaron, dejando entrever también su concepto sobre la idiosincrasia del huilense:[2]

- Guillermo Plazas Alcid (ex ministro de Justicia): “Don Próspero nació para que no parezcamos tanto a lo que somos. Por lo menos en política, las percepciones son verdades así estén equivocadas, por eso se dice que para Don Quijote los molinos de viento eran gigantes. Tradicionalmente, existe la percepción de propios y extraños que nosotros los huilenses andamos a tres velocidades: despacio, más despacio y parados. Es bueno cambiar la percepción porque el opita es creativo, realizador, positivo y dinámico”

- Jorge Villamil Cordovéz (compositor): “El nuevo símbolo es interesante porque va a traer motivaciones positivas para el huilense. Aunque Celio es un retrato mamando gallo de lo que era el huilense. Para la muestra un botón: en todas las ciudades del país nuestros antiguos moradores dejaron sendos monumentos arquitectónicos, pero el opita se conformó con una vida pastoril”

- Jaime Lozada Perdomo (Senador de la República): “Este nuevo símbolo pone a los huilenses realmente en la tónica de ser emprendedores, de pensar en grande y quitarnos el San Benito de Celio , que en mala hora nos crearon para hacernos ver como lerdos y perezosos. El dejo que tenemos al hablar no quiere decir que seamos poco amantes del trabajo. Históricamente, hemos dado muestras de ser personas honorables, honradas y trabajadoras”

- Segundo Salamanca (director de formación profesional y empleo del Sena): “Ahora bien, siendo autocríticos, es cierto que aunque los opitas son alegres, sinceros, honestos, respetuosos, colaboradores y buenos anfitriones, en el momento de administrar un negocio les falta iniciativa, dinamismo y capacidad de proyección”

VALLE DE LAS TRISTEZAS VS TIERRA DE PROMISIÓN

Me atrevo a afirmar que Don Próspero hubiese funcionado si en vez de ser un personaje imaginario, se hubiera basado en personajes históricos de relevancia. ¿Por qué no un Don Reynaldo? Haciendo memoria de Reynaldo Matiz, intelectual liberal que nos trajo la modernidad como bien lo anota el escritor giganteño Marco Polo Salcedo. Fundador de la educación nocturna, pionero de la energía eléctrica, empresario de helados, de café, de chocolate, artífice del Teatro Estrella. ¿O por qué no en vez de Don Próspero, un Don Bustos? Haciendo memoria de Juan Bustos, tellense, a quién el gran Humberto Tafur literalizó en su novela El Desembarco. Emprendedor, vendedor de cerveza, de carne de babilla, creador de su propio vale-billete en el Barco Rojo. Claramente Don Próspero también pudo llamarse Don Leonidas.

Fotografía de Reynaldo Matiz (1881-1924).

Pensar en que Don Próspero fuera Don Reynaldo o Don Bustos es improbable. Tal vez le hubiesen colocado Don Armando, y no precisamente por el personaje de Betty La Fea. Y es que nuestros héroes-íconos, a los que nos recuerdan, son otros: Monseñor Esteban Rojas, Héctor Polanía Sánchez, Misael Pastrana Borrero. Como nos dice el maestro Luis Ernesto Lasso, nos han vitupereado de celios, holgazanes y, gracias a los politiqueros, como ladrones, que cometen errores más no delitos. Son solo jugaditas.

Tal vez eso de la Huilensidad y de Opitas de corazón, sea una farsa posmoderna, solo una estrategia comercial para seguir vendiendo el territorio a otros que no lo aman ni sienten.

PARA FINALIZAR Y CONTINUAR

Finalizamos este texto con las palabras de Gustavo Andrade Rivera en el Manifiesto de los Papelípolas (1958):

Foto: Los Papelípolas fue un grupo de artistas del Departamento del Huila, en la República de Colombia, surgido en el año 1958.

Empiezo esta carta con algo que para ti —en contacto por más de tres años con la vieja y eterna cultura—no tendrá el significado de blasfemia que sí va a tener para el huilense raso: José Eustasio Rivera es un mito que nos está haciendo estorbo.

Sí, Rivera es un mito porque su prestigio no se tuvo por el huilense de ayer —tan igual al huilense de hoy— como una gloria purísima de las letras, sino a la manera de un comodín para presumir cultura, y a la manera de una cerca de alambre de púas para atajar el paso a la cultura. Vale recordar que José Eustasio tuvo que huir, emigrar de su «Tierra de Promisión» para evitar La Vorágine de nuestros medios caseros de demolición; y que su prestigio se aceptó entre nosotros a regañadientes, cuando ya no había más remedio que aceptarlo porque tenía consagración nacional y americana. Fue como si al valle árido —al pobre Valle de las Tristezas— le hubiera nacido de pronto una eminencia que rompía la monótona mediocridad de las líneas horizontales, mientras la indiada se arrodillaba en desnuda adoración.

[…] El huilense de hoy —tan igual al huilense de ayer— sigue cultivando amorosamente el tabú con el mismo doble oficio de comodín y talanquera. José Eustasio, entonces, como un viejo guáimaro sigue dominando la cumbre con altura tan empinada y tal poderío de brazos ramazonados, que todo el Departamento cabe debajo de él. Pero su sombra no es buena, protectora y estimulante, sino que la han convertido en mala sombra que asfixia y que apenas nos deja prosperar como arbustos raquíticos. Dicho en el lenguaje del analfabeto de esquina nos sobran esquinas. Ramiro aquí nadie puede ser escritor y poeta porque ya tenemos a Rivera. Y nos enfrentan al hombre que, de vivir, sería un glorioso mecenas setentón, con los ojos llenos de colinas para su valle, empeñado en sembrar un bosque, todo un bosque de guáimaros.

Estamos, pues, enfrentados a Rivera. Y sin embargo, la lucha no es con él ni contra él. La lucha es con nuestro medio, el mismo que tú conoces y que en buena hora dejaste. La lucha es con el mismo medio hostil y voraginoso que José Eustasio tuvo que vencer a lo Arturo Cova. Con el mismo medio desagradecido que tasa los centavos de la estatua pero que no tiene vergüenza de usar La Vorágine y Tierra de Promisión para presumir de culto sin serlo.

¿Somos entonces un pueblo inculto? No. Ya intentaré otro día —en otra carta— un estudio más a fondo sobre esta materia. Por ahora te anticipo que somos un pueblo que padece una mala definición y una mala ubicación de la cultura. En esos dos errores que se complementan y armonizan, está la causa y razón de nuestro prolongado estiaje intelectual. Definimos la cultura como el tránsito por una universidad y ubicamos la cultura en quien nos muestra un título de doctor.

El profesional, no podía ser menos, se lo creyó así, sin auto examen de conciencia, y va gozosa y golosamente a las preeminencias que nuestra tontería le ofrece, traducidos en las posiciones rectoras del gobierno y la política. De esta manera, desembocamos en el doctorismo, pero también en la más desoladora medianía, porque nuestros doctores son de una mediocridad tan desconcertante que con frecuencia abarca a los linderos mismos de su profesión. Tiene que ser así porque nuestro desenfado profesional casi siempre es el producto de dos factores: un padre enriquecido e ignorante empeñado en tener “dotor” en la casa, porque “pa’ eso es la plata”; y un muchacho con tozudez filial sobre los libros hasta que al fin lo gradúan. No importa que la tierra paterna se desperdicie y se muera por falta de brazos para trabajarla; no importa que al hijo se le note a distancia el pelo de la dehesa, que por todos los poros trasciende a corral y sementera, que él mismo parezca un sólido estantillo para desbravar animales: ha de ser odontólogo, ingeniero, abogado o médico. Tan cierto es esto, que la única actividad conocida del profesional huilense, aquella por la cual no vacila en dejar negocios y oficina, es la ganadería o la agricultura. Las cosas, Ramiro, vuelven al lugar de donde salieron.

¿Recuerdas aquellas altas madrugadas que nos sorprendían sobrándonos dedos de la mano para las excepciones? Ninguno con madera bastante para que el país lo mire y nos mire con el respeto que inspiran la inteligencia y la sabiduría. Y cómo nos escandalizábamos repasando la lista de nuestros titulados senadores y representantes, de nuestros gobernadores… A algunos, muy pocos, se les recuerda por la carretera, el puente o el matadero cemento armado donde pusieron la quintaesencia de todo su poder creador. Pero nadie dejó —no podía— la obra de aliento espiritual que pusiera su nombre más allá de la placa deleznable, en la memoria y el afecto de toda una generación. El Huila, Ramiro, es un cero a la izquierda, mas no por la pobreza erial de su geografía y la pastoralidad de sus gentes, sino por la insuficiencia graduada de sus doctores.

Seguimos pensándonos amigos y amigas, para saber qué somos, o qué fuimos, qué podemos ser, e intentar reconocernos en nuestras virtudes, pero también en nuestros demonios, en nuestra amalgama, en la mezcla que es en sí misma la idiosincrasia.

Referencias:

[1] DÍAZ CAMACHO. Pedro José. El alma colombiana. Idiosincrasia e identidades culturales en Colombia. Artículo desarrollado en el marco del Posdoctorado en Narrativa y Ciencia de la Universidad Santo Tomás de Colombia.

Recuperado de

https://revistas.usantotomas.edu.co/index.php/hallazgos/article/viewFile/723/1003

[2] PALACIO GARCÉS, Adriana. Celioooo, llegó Próspero. Artículo en El Tiempo, 04 de abril de 2001. Recuperado de https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-565442

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* Educador, soñador, amante de la filosofía, la literatura, la poesía, el cine y el teatro. Gestor cultural, promotor de lectura y escritor en formación. Numismático, Filatelista, Bibliófilo, Librero, Poeta. Propietario de Papyrus Libros, librería especializada en literatura huilense.


LA GUACHAFITA