• Delimiro Moreno*

Vida, obra y paz


Foto: Cortesía La Nación

Las siguientes son las palabras que pronuncié para recibir el viernes 9 de agosto a las 2:00 p.m. en el salón “Rodrigo Lara Bonilla” de la Asamblea Departamental el reconocimiento a la vida y obra:

Cuando con sorpresa recibí la llamada de doña Marta Aguirre, de la Fundación Sonrisas de Colores para solicitarme la aceptación del reconocimiento Vida, Obra y Paz, pedí mayor información sobre la entidad, que no me era muy familiar. Y obtenida esta, consideré que no obstante mi decisión de no aparecer como mendigando condecoraciones, de pronto tan inmerecidas como la de cierto politiquerito cuyo pecho, antes de demostrar cualquier mérito, fue abrumado por decenas de ellas, empezando por la Cruz de Boyacá, no debía declinarla como hice con las del Concejo de Neiva en pública y controvertida decisión, la Asamblea del Huila y la Cámara de Representantes.

Y no debía declinarla, como hice con las antes mencionadas, por la trayectoria de la Fundación Sonrisas de Colores, la brillante nómina de sus anteriores reconocimientos, entre ellos las nueve víctimas que el martirizado Concejo de Rivera entregó para que algún día – que esperamos haya llegado o esté muy próximo- obtengamos la paz definitiva, sin asesinatos de líderes sociales, ni los fementidos “falsos positivos”, en realidad crímenes oficiales; ni secuestros extorsivos que la mayoría de las veces terminan en masacres inaceptables de inermes ciudadanos inocentes; ni masivo robo violento de los propiedades de los campesinos en beneficio de empresas y personas que acumulan la tierra, que debería ser para quien la trabaja y no para latifundistas, quienes solo la explotan en su exclusive provecho; ni los millones actuales de desplazados por la violencia que sufrimos, situación que nos coloca en primer lugar en el mundo en sufrir este flagelo.

Porque la paz es el más inapreciable valor humano. Y luchar por ella es el más hermoso objetivo de una vida dedicada a defender los humillados y ofendidos por un sistema socioeconómico inhumano, que solo tiene en cuenta los privilegios de un reducido –cada vez menor– sector de la sociedad. Solo viviremos en una comunidad justa cuando, como exigía el poeta popular, “nadie escupa sangre pa qui’otro viva mejor”.

En el ocaso de la vida es placentero comprobar que no se ha pasado en vano por ella, y que existen entidades, como Sonrisas de Colores y personas como sus directivos, que lo reconocen sinceramente, sin dobles intenciones y sin buscar futuras prebendas porque sus agraciados como yo estamos lejos de poder ofrecer nada a cambio de él, carentes de autoridad e influencias, y orgullosos de tales carencias.

Por eso, muchas gracias doña Marta y compañeros de directiva de la Fundación Sonrisas de Colores. Mi gratitud irá hasta mi muerte, ya muy cercana, y se prolongará en mis descendientes que seguramente no olvidarán, como tampoco yo, este momento sublime que estamos viviendo.

Muchas gracias.

* Periodista e historiador. Miembro de la Academia Huilense de Historia.


LA GUACHAFITA