• Mauricio Muñoz Escalante*

Orejas sordas al estallido de la burbuja inmobiliaria


Valla publicitaria en la Calle 134 con Autopista Norte en Bogotá (Fuente: archivo personal)

Recién salió Juan Manuel Santos de la presidencia y se encaramó en el solio de Bolívar el candidato del Centro Democrático, un optimista bogotano imprimió una valla que dice, «Ya ganó Duque. ¡Ahora a construir!», pero en estos días que cumplimos un año del relevo, el lote sigue vacío. Mi amigo Jhullián dice que es la burbuja inmobiliaria, pero Yarimir no lo deja terminar y, como si hubiera escuchado el nombre de Voldemort, le dice: «Calle esos ojos: acuérdese que burbuja inmobiliaria no hay… ¡Sólo a usted se le ocurre sugerir semejante barbaridad!»

Pero yo estoy con Yhullián, sea como sea que escribe su nombre: no hay que ser doctorado en bienes raíces para darse cuenta de que algo huele mal. Si estuviéramos en Alemania (o cualquiera de esos países con los que nos gusta compararnos de masoquistas que somos), por supuesto que el lote no valdría nada, por lo menos comercialmente, pues es una «oreja», o sea el lugar alrededor del cual giran los vehículos para tomar un puente. En ese caso la ciudad—sea Dusseldorf o Dortmund o Heidelberg—sería la dueña del predio y lo dejaría vacío, no sólo por cuestiones paisajísticas (se ve mejor), sino también urbanísticas (disminuye la congestión), y éticas (da pena con los ciudadanos hacer esa chambonada). Pero en Colombia, donde los ingenieros y arquitectos que se encargan de los puentes estudian de memoria las normas DIN y recitan al infalible Neufert (cuando no es que viajan hasta la mismísima Alemania a especializarse gracias a Colciencias), paradójicamente en las orejas de los puentes sí se levantan edificios, y no construcciones de bajo impacto sino por ejemplo ¡clínicas! (como la Colombia, en la oreja de la avenida La Esperanza con avenida 68), o ¡centros comerciales! (como Gran Estación, en la oreja de la avenida El dorado con avenida 66), o ¡fábricas! (como la de aceites La Sevillana, en la oreja de la Avenida Boyacá con autopista sur). Y esto, como dato curioso para mis lectores en Berlín, Múnich o Hamburgo (ciudades dos y tres y cuatro veces menos populosas que la capital colombiana), no es en vías de barrio donde pase un carro aquí y otro allá, sino en avenidas gigantescas de 10 y 12 carriles: tractomulas de 22 ruedas cargadas de cerveza Poker (sin tilde), haciendo fila detrás de carruajes jalados por hombres recuperadores de oficio (alias «recicladores»), alternados con señoras emperifolladas en camionetas de lujo (alias «Esiuvís»), todos esperando entrar al Éxito, que es un almacén de casi 13.000 m2 de comercio y 700 estacionamientos (alias «hipermercado»), convenientemente situado en la oreja de la avenida 68 con calle 80 (alias «autopista Medellín»), y después preguntan que por qué tanto trancón.

Los expertos colombianos (amigos o familiares de los expertos en diseño vial citados arriba) le explican al propietario de la ingeniosa valla que el lote no se vende porque la construcción es un sector económico cíclico, que es una explicación del calibre de «Es mejor ser rico que pobre» o «Perder es ganar un poco», frases que ya están encumbradas al lado de las máximas de Hegel, Kant, Schelling o Fichte. Obviamente «Todo es cíclico, hasta que ya no más», parafraseando el título del libro de Alexei Yurchak. Pero si hoy vendo aguacate y mañana no, eso no es un ciclo. Un ciclo, como su nombre lo indica, obliga a una periodicidad moderadamente rígida, que no hay:

«Después de un prolongado estancamiento durante la segunda mitad de los años ochenta, la actividad constructora experimentó un espectacular dinamismo entre 1992 y 1994. Sin embargo, a partir de 1995 el ritmo de la actividad edificadora se ha desacelerado notoriamente».

Así empieza un reporte de Mauricio Cárdenas y Raquel Bernal titulado de manera eficaz, Auge y crisis de la construcción en Colombia(Fedesarrollo, 1996), y como supimos después esa «desaceleración» tocó fondo en el 2001 con la caída del UPAC. Si la construcción fuera un ciclo debería haber un patrón, en este caso, que ésta hubiera experimentado otro «espectacular dinamismo» entre 2002 y 2004, y asimismo que se hubiera desplomado alrededor del 2005, pero según muestran Gómez y Galindo en Burbuja inmobiliaria en Colombia: vivienda, salario y deuda (Alainet, 2019), el crecimiento ha sido sostenido desde el 2001, hasta alcanzar «el 100% en el valor de los predios en algunos sectores de Bogotá», y nadie sabe cuándo va a bajar.

—¿Nadie? —pregunta mi amigo Dihobanny, que apenas sabe contar hasta diez—. Lo dudo.

—Yo también.

Es que el cuento que nos echan nuestros expertos (tan expertos como los diseñadores de vías) de que hay una demanda de personas sin casa que acordemente genera una oferta para que se construyan casas, aunque suena bien en clase de keynesianismo, no parece funcionar muy bien en la práctica en los países como Colombia, donde las familias viven en la misma casa por generaciones enteras, construyendo cuartos y añadiendo baños ad infinitum. David Harvey, quien ha dedicado tiempo a estudiar esas dinámicas económicas y sociales de las ciudades, cree que es al contrario: que se producen las casas y después se fabrica la demanda. Según él son los bancos y los ricos de las sociedades los que inflan el mercado edificatorio cuando baja el nivel de deuda del pueblo: construyen lo que siguiendo la estricta ley de mercado no se necesita, nos convencen con todo tipo de triquiñuelas de que «merecemos algo más», y nos ponen a trabajar a marchas forzadas durante 30 años para pagar el crédito hipotecario de nuestra nueva adquisición, la que además es más pequeña y de menor calidad que la anterior. Dos pájaros de un solo tiro.

Yanis Varoufakis, exministro de economía de Grecia, lo explica perfectamente con aquello que generó la crisis del 2008 en su país, que para el caso es igual que Colombia. Dice él, en su discurso ante la Unión de Oxford del 23 de diciembre del 2018: «La peor pesadilla de un banquero es tener dinero que no está prestado […] ¿Qué hicieron entonces? Prestárselo a los griegos […] Grecia no produce carros fantásticos, tal vez sólo naranjas y manzanas y aceite de oliva, pero el 92% de los habitantes no tenía hipoteca por su residencia. Sí: teníamos ingresos bajos, éramos improductivos, ligeramente corruptos, pero teníamos nuestras casas […] Y cuando no debes dinero y eres dueño de tu casa, pero tienes sed de lavadoras, carros alemanes e importaciones, ¡eres el sueño húmedo de un banquero alemán!».

—¿Qué pasó?

Pues los inundaron de préstamos para comprar artículos que no necesitaban.

—¿Y entonces?

—Se quebraron.

Siguiendo con la analogía de Varoufakis, el sueño húmedo de los inversionistas colombianos—respaldados por algún banco alemán, vaya uno a saber, y al contrario del dicho de marras que reza que donde pongo el ojo pongo la bala—son las orejas: y si un predio en la oreja suroccidental de la autopista norte con calle 134 en Bogotá no se vende—donde antes quedaba un famoso depósito de materiales de construcción llamado Listo, y frente a un concesionario de carros Mazda en la oreja nororiental: una de las intersecciones peor diseñadas y más congestionadas de la historia de la humanidad—entonces, digan lo que digan los expertos y las damas de voz angelical que nos llaman a ofrecer tarjetas de crédito con cupos suculentos preaprobados, la burbuja inmobiliaria ya se estalló, pero no la hemos oído. Y como todas las crisis, sólo nos daremos cuenta cuando llegue, sorda, la onda explosiva y nos saque a volar por los aires.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA