• Jaime Navarrete*

De la Toma de la Bastilla al Estado de Opinión


“La Libertad guiando al pueblo”, Eugène Delacroix, 1830.

Recientemente el senador y expresidente Álvaro Uribe Vélez, en una entrevista en La W Radio, y posteriormente en su cuenta en Twitter planteó, que un Estado de opinión es mucho más importante que el Estado de derecho en que vivimos, porque para él significa más democracia. Sin embargo, esto resulta un arma directa contra la separación de poderes y los derechos humanos por razones que evocaré más adelante.

En términos generales, en un Estado de opinión, si bien se tiene en cuenta la opinión de la mayoría - que simboliza el control vertical en una democracia -, al maximizarse, podría amenazar los controles horizontales como el Congreso y las Altas Cortes, ya que Presidente, al contar con una gran respaldo en la opinión pública, podría pasar por alto las restricciones constitucionales y los controles judiciales que permiten mantener en equilibro el Estado de derecho.

Este es un tema bastante delicado que confunde mucho a las personas y merece una explicación histórica sobre las bases de la formación del Estado de derecho. ¿Cómo llegamos allí? ¿Por qué es tan importante? Me enfocaré en los pioneros de esta idea, los franceses, y posteriormente discutiré las implicaciones sobre la propuesta de Uribe en Colombia.

Genealogía de la Revolución Francesa

Las ideas de la Ilustración - movimiento cultural e intelectual que se gestó en Europa durante los siglos XVIII y principios de XIX - fueron uno de los detonantes de la Revolución Francesa. Personajes como Voltaire, Montesquieu, Olympie de Gouges, Denis Diderot, en medio de las discusiones en cafés y bibliotecas privadas, se empezaron a plantear unos cambios estructurales de la sociedad en que vivían. Dichos cambios los plantearon desde la difusión del conocimiento como herramienta para enfrentar a la ignorancia, la superstición y el autoritarismo monárquico que los tenía sometidos desde la Edad Media.

En Francia, la sociedad se encontraba organizada por unas clases sociales conocidas generalmente como estados. El primero estaba representado por el Rey y la Iglesia. Al rey le veneraba como descendiente de Dios en la tierra por lo que estaban obligados pagarle impuestos y brindar un tributo. El segundo era la Nobleza, representada por aquellas familias con grandes extensiones de tierras legitimada por el sistema Feudal, y finalmente, estaba el tercer estado, compuesto por la burguesía, que fue una clase social que comenzó a emerger en los burgos, es decir, las primeras ciudades en la época Moderna. Allí se destacan los intelectuales y políticos pero también y con un número mucho más significativo los campesinos. Sobre este último estado prácticamente se sentaban las bases del imperio, pues eran ellos quienes debían pagar impuestos y alimentar el sistema.

En la mitad del siglo XVII, Francia sufría una crisis económica de gran magnitud debido a las constantes guerras en las que estaba participando. Una de ellas fue al lado de las Trece Colonias Americanas, donde habían luchado por su independencia de Inglaterra, esto tenía hambrienta y en austeridad a la población, sin embargo, en paralelo, en el Palacio de Versalles, sede central e indiscutible del poder monárquico francés, parecía que la hambruna se vivían en otra parte del mundo, allí la corte pasaba su tiempo entre festines y peluquines, sin escuchar el descontento social que se venía aumentando en varias regiones, principalmente en París y su área circundante. Como era una monarquía absoluta, todo acto político tenía que pasar por revisión y aprobación del Rey, en esta entonces, Luis XVI, que aconsejado por su esposa la Reina María Antonieta, optó siempre por una actitud fría y distante hacia el pueblo.

La Toma de la Bastilla

Por consejo de uno de sus ministros, el Rey Luis XVI, finalmente, decidió tomar cartas en el asunto y en 1788 llamó una Asamblea para tratar la crisis financiera, allí solo eran admitidos dos de los tres estados, el representado por el Rey y el Clero, y de la Nobleza. El pueblo, nuevamente era excluido de todas las decisiones políticas que se tomaban, por ello el descontento social, se transformó poco a poco en una movilización social que se expresó fuertemente, y con la ayuda de la Guardia Nacional, el 14 de Julio de 1789, se toman la Bastilla, una prisión donde torturaban a intelectuales, activistas y opositores a la monarquía, y que era visto como el símbolo de la tiranía monárquica, este hecho marcaría el inicio de la Revolución Francesa.

Ocurrida entre 1789 a 1799, en Francia, la Revolución Francesa se convirtió en la oportunidad más grande para ejercer un cambio estructural a la sociedad de la época, que concentraba el poder en manos de una sola persona, donde no existían las libertades individuales y colectivas, ni unas instituciones que las protegiese y garantizara, donde si matar a alguien era un consenso general en la opinión pública pues esto se hacía, sin protestar. Los nuevos principios, a saber, libertad, igualdad y fraternidad, marcaron un nuevo referente en el rumbo que debía tomar no solo Francia ni Europa, sino el mundo entero.

Rápidamente, se nombró una Asamblea Nacional Constituyente en el que todos los estados y las posiciones políticas e ideológicas tuvieron cabida. Posteriormente, se constituyó la Convención Nacional, y desde ahí se empezó a desmontar todos los residuos de la monarquía y a erigir la idea de la nación francesa, en medio de discusiones álgidas entre Girondinos, federalistas, que abogaban por la defensa de la libertad privada y optaban por conservar una relación con la monarquía, no su eliminación total - como luego ocurrió - y Jacobinos, que eran de corte mucho más Republicano, defensores de la soberanía nacional y el sufragio universal. En este marco surgieron los derechos humanos.

Hacia la constitución de los derechos humanos

Los derechos humanos fueron reconocidos como inherentes al ser humano, unas condiciones fundamentales que les permiten a las personas su plena realización. En ellos se consagró el derecho a la vida, la igualdad, la libertad de pensamiento y expresión y uno muy importante: el derecho a ejercer el voto alcanzado en 1792. Lastimosamente las reivindicaciones del voto femenino hechas por Madame de la Fayette, Lady Mary Wortley Montagu, Olympe de Gouges, no serían tenidas en cuenta hasta siglos después.

Con la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, este último surgido durante esta época, se abrió paso a las Constituciones políticas, es decir, un documento de carácter político y jurídico, que contenía la esencia misma de la nación. Los planteamientos del filósofo Montesquieu, que afirmaban que el poder no puede estar en manos de una sola persona, calaron en los constituyentes y en el pueblo, que estaban cansados de las precarias condiciones en las que se hallaban sumidos a causa de la monarquía absoluta.

En consecuencia, la separación de poderes tomó fuerza y se constituyeron tres ramas. La primera fue la rama judicial, encargada de los temas jurídicos, de juzgar, investigar y sancionar. Segunda, la rama legislativa, a cuyo cargo quedaban las leyes y normas que debía regir la nación. Finalmente, el poder ejecutivo cuyo cargo de representación sería elegido por el pueblo mediante voto secreto, universal y directo. Los tres poderes se mantienen armónicamente entre sí, permitiendo consagrar el Estado de derecho, en el que si uno falla, todo el sistema falla, encontrándose en peligro no solo los derechos humanos, sino la nación misma.

Todo esto se consiguió gracias a la movilización social y el poder de la ideas. Sin embargo, durante la Revolución Francesa la paranoia entre unos y otros grupos se extendió en lo que se conoció como el Terror Revolucionario, en el que muchos intelectuales y activistas fueron guillotinados. Esto fue un proceso muy dinámico pero sobre todo fascinante porque marca el inicio de la época contemporánea: el nacimiento del Estado de derecho que contemplan la soberanía popular, entendida como el poder que radica en el pueblo, y los derechos humanos, como el reconocimiento de derechos para todos y todas.

Implicaciones en el caso colombiano

No es la primera vez que el expresidente Álvaro Uribe plantea situar encima el Estado de opinión sobre el Estado de derecho. Esta figura está simbolizada en la Constitución Política de 1991, y es muy clara al definir el Estado Social de derecho, es decir, aquel que garantiza la protección de los derechos humanos y sitúa al ciudadano por encima del Estado. Durante sus dos periodos de mandato 2002 a 2010, fueron muchas las alusiones que Uribe se refirió a esta variante del Estado así como sobre la importancia de reconocer a Colombia como un Estado de opinión.

Sin embargo, lo que deja entrever es su carácter tirano por su desconocimiento no solo del Estado de derecho, sino de todo el proceso y las personas que durante la historia han luchado por un bienestar social y colectivo, que permita la igualdad, la libertad y la fraternidad entre los seres humanos, sin distinción alguna.

Estrictamente, las implicaciones de reconocer un Estado de opinión tiene dos caminos: uno es el minimalista, que es simplemente tener en cuenta la opinión de la ciudadanía en algún asunto, respetando claramente la separación de poderes, y otra la maximalista, que implica poner por encima de las normas constitucionales, una petición de la ciudadanía, tal como es el caso de una Asamblea Constituyente. Esta petición puede ser motivada por ciertos medios masivos de comunicación al servicio de los mismos dirigentes políticos bajo el argumento de atender la legitimidad popular. Sin embargo, tiene efectos negativos por cuanto puede darse una toma de decisión arbitraria y antidemocrática, que desconozca el control horizontal que ejerce el poder Judicial y Legislativo, al poder Ejecutivo, y por ende, atentar contra las libertades individuales y colectivas, censurar a medios de comunicación opositores, y hasta modificar la constitución para perpetuarse en el poder.

Ninguno quisiera revivir un gobierno fascista y autoritario como el de Hitler, Mussolini, o para no irnos lejos, Pinochet, y hasta Fujimori recientemente. Por lo tanto, no debe haber duda entonces, que proteger el Estado de derecho deber ser un imperativo ético y político democrático que todos los ciudadanos debemos hacer, independientemente del partido o ideología política a la que pertenezcamos, pues se trata de proteger el bienestar social general, que es un legado histórico, que hay que seguir fortaleciendo.

A manera de conclusión, el legado de la Revolución Francesa sigue vigente y debemos seguirlo manteniendo vigente. Se trata de dimensionar y reconocer la importancia de todos estos planteamientos humanistas y garantistas que para algunos dirigentes como Uribe, no son del agrado, porque son un obstáculo para sus ambiciones tiranas. La ciudadanía siempre tendrá la última palabra, pero debe ser reconocida en escenarios democráticos donde primen los argumentos y la razón en lugar de un Estado de opinión, en el que la manipulación y los sensacionalismos están a la orden del día. Esto buscaría evitar que triunfen quienes atacan el legado más importante de la Revolución Francesa: el Estado de derecho. Hoy en Colombia, nuestro Estado Social de Derecho.

* Estudiante de Comunicación Social y Periodismo, Universidad Surcolombiana.

Fuentes:


LA GUACHAFITA