• Mauricio Muñoz Escalante*

Poblema de raíz


Carrera segunda con calle 44, Neiva (Fuente: archivo personal).

Un buen día se largó a llover como suele ocurrir en estas tierras olvidadas del trópico, con rayos y centellas y agua a cántaros, como quizás lo vivió Noé años ha. Y como es de suponer, los ríos se desbordaron por sobre las canalizaciones que astutamente planearon los concejales, se interrumpió el suministro de electricidad que sabiamente diseñaron los ingenieros, se cayeron los postes que sagazmente ubicaron los de aquel consorcio que ya desapareció, y se salieron de la tierra los árboles añosos que durante décadas crecieron sin que ningún humano interviniera para bien o para mal.

Y pasaron los enviados del distrito por uno de ellos y lo volvieron palillos y lo encaramaron en un camión que tiene un dibujo en la puerta de un hipopótamo verde (vaya usted a saber por qué), y como si fuera un pañuelo que olvida una dama, dejaron tirada en la mitad de la vía nada menos y nada más que a la raíz, que tiene el tamaño de un Renault 4 («El carro colombiano», como decía el comercial) o, para que me entiendan los jóvenes, como un Renault Kwid, que según el NCAP (Programa de Evaluación de Nuevos Vehículos, en inglés) obtiene un puntaje de 0 sobre 5 en seguridad en accidentes a 60 Km/h, en colisiones muy parecidas a la que muy pronto tendrá un conductor que olvide que en las calles y carreteras del país todo puede pasar, desde vacas e iguanas, pasando por niños persiguiendo balones, hasta raíces gigantescas o ramas descomunales que los responsables de turno se niegan a recoger… ¡Desde hace un mes!

¿Qué lógica alienta los raciocinios de los que dirigen las ciudades colombianas?

La gente en la calle dice invariablemente que es la lógica de la corrupción: el alcalde retira de las arcas públicas un dinero (digamos que 1.000 pesos), saca el 10% en la fuente para él como es la norma, y ante la emergencia arma 3 frentes de trabajo con 300 pesos de partida presupuestal para cada uno. El encargado de la seguridad vial se guarda 30 pesos para sí mismo y se gasta 200 en 2 vallas (una menos de las que se requieren), de manera que subcontrata a un proveedor de cinta amarilla para acordonar el espacio faltante, quien así mismo coge 7 pesos de la consabida mordida y dedica 63 a unas tiras desleídas que sobraron en otra obra, las que por su parte están avaladas en el mercado negro por 57 pesos más los 6 pesos de la comisión. El delegado del espacio peatonal, que se precia de ser el más zorro de la ciudad, pone en el sitio los bordillos de un solo costado (100 pesos), arruma los escombros de la demolición sobre el andén contrario (50) y tira sobre la vía tres metros cúbicos de arena (otros 50), como quien dice «Aquí estamos trabajando», gira la pirinola hasta que cae donde dice Toma Todo, y se va para nunca más volver. Y el encargado del individuo arbóreo hace sus respectivas cuentas: 100 pesos de dos volquetas, 50 del permiso en el botadero, 100 de dos trabajadores y 50 del conductor. ¿Pero y entonces él qué? ¡Ya está! Se queda con 30 pesos como diezmo obligado, lleva una sola volqueta (50) y deja 20 para sobornar al policía de tránsito cuando lo detenga por llenar el platón por encima del límite legal, por no llevar escolta ni aviso de Carga Larga y Ancha, por no tener cédula ni tarjeta de propiedad del vehículo, por llevar las llantas lisas, las luces desalineadas, no tener frenos y conducir en estado de embriaguez, y como no le cabe en el camión deja la raíz al sol y al agua, con la esperanza macondiana de que ésta se desplace por sí misma hasta un prado cercano y se hunda en la tierra por obra y gracia del espíritu santo…

Eso dice la gente, pero yo no creo que sea así. Si partimos de la premisa del expresidente Turbay de «Reducir la corrupción hasta sus justas proporciones», la lógica es que en el ejercicio del poder siempre hay corrupción: que lo ilógico es pretender que no haya (que se reduzca a cero). En ese orden de ideas, si a un lado están los líderes (que son corruptos) y en el otro los liderados (que se ofenden con la corrupción), es lógico también pensar que son los segundos los encargados de regular esas «proporciones» de la corrupción, para llevarlas hasta un nivel «justo». O sea que no es un problema de la raíz, por haberse salido de su sitio; ni de la lluvia, por haber descendido sobre nosotros de manera tan apocalíptica; ni de los políticos y contratistas, por robarse la plata y no hacer bien su trabajo; sino de nosotros (el pueblo), que no somos capaces de exigir «lo justo».

El problema de raíz es nuestra candidez, como en el cuento de Voltaire. El alcalde no pasó a revisar; el de las vallas tampoco; el de las cintas, menos; y al de los andenes no se le ha visto ni en las curvas. Ninguno de los responsables pasó por allá, ni pasará. Se encontrarán el próximo fin de semana en el Club Campestre en las fiestas de San Juan (y el siguiente en las de San Pedro) y se contarán:

—¿Qué pasó al fin con los árboles esos que se cayeron en la carrera segunda?

—Ya está arreglado.

—¿Hubo algún problema?

—Todo bien.

El problema de raíz es precisamente que andamos por el mundo gritando a voz en cuello que «Todo sucede para bien» y que vivimos en «El mejor de los mundos posibles», asunto que nos cohíbe de intentar cambiar lo que ocurre—no digamos que pasando a alguien por la guillotina, pero sí acabando con un inciso de un decreto o juzgando como es debido a un delincuente o tumbando un gobierno inútil—como si la menor injerencia en el atropellado devenir nacional fuera una afrenta contra el de arriba. Para los colombianos, si el árbol se cae es porque «Tenía que caerse», y si el bulbo queda en la mitad de la vía durante meses es «Para que aprendamos a dar la vuelta por otro lugar» o «Para que apreciemos la imponencia de la naturaleza» o «Para que nos demos cuenta de lo que nos puede pasar si no tenemos unos cimientos fuertes; si no ponemos los pies en la tierra»… No en vano el barrio donde se cayó el árbol que tumbó el poste que rompió el cable que quitó la luz se llama Cándido, en memoria no de François Marie Arouet sino de un joven militar que murió en 1933 en el conflicto territorial entre Colombia y Perú, quien según los cronistas fue capaz de levantarse y ponerse firme a pesar de estar gravemente herido, sólo con el fin de exclamar con abyección suprema «¡Viva Colombia!», antes de desplomarse y pasar al otro toldo.

El problema de raíz es que anhelamos ser más soldados sacrificados que filósofos ilustrados.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA