• Carlos Tobar

Las Ceibas, un río que muere lentamente


Foto: Alcaldía de Neiva

Hace una semana narré la historia del río Colorado, afectado en materia grave por la sobreexplotación que los habitantes de su cuenca han realizado por algo más de 200 años. Es decir, agotado por la acción del hombre, el conocido efecto antrópico. Hoy quiero hablar de un río con el que todos los neivanos tenemos una relación directa: el río de la Ceibas. Un río que muere lentamente, ante nuestros ojos, no obstante que a diario bebemos de sus aguas que nos suministran el agua potable.

Con el paso de los años, la ciudad creció. Los habitantes poco a poco, fuimos más. De unos pocos miles a decenas de miles y luego a centenas de miles. Creció, también, la población rural. Y, con ella y sus usos, incluyendo los económicos (v.gr. petróleo), la sobreexplotación de la cuenca, terminó por pasar factura. Las remociones en masa de las montañas deforestadas afectaron sus aguas que se fueron reduciendo, a la vez que en los inviernos sus crecientes sin control natural alguno, arrasaban tierras rurales y mordisqueaban los cauces invadidos en la zona urbana. En el tiempo quedaron cientos de vidas.

Luego de varios eventos catastróficos, finalmente reaccionamos como sociedad, con timidez, pero reaccionamos. Se creó entonces el plan de manejo y ordenamiento del río de las Ceibas, el Pomca. Tuvimos que apelar a la Fao, para que coordinara a las instituciones responsables de la salud del río: Alcaldía de Neiva, Empresas Públicas de Neiva, Gobernación del Huila y la Cam, la corporación autónoma del alto magdalena.

El programa fue parcialmente exitoso. Tuvo, a mi juicio, dos errores graves, comprar las tierras ocupadas por campesinos que si bien es cierto eran terrenos de conservación, se quedaron sin dolientes. La solución eficaz hubiese sido convertirlos en guardabosques. El otro, no tener plan de manejo en la parte urbana del cauce, lo que ha llevado a inmensos despropósitos, v.gr. la canalización. Su mayor acierto fue abordar la tarea de transformar la práctica socioeconómica de los habitantes con el entorno.

El programa Pomca ha llegado a manejar recursos de cierta importancia. Y, esa ha sido su tragedia. Despertó la ambición de los directivos de la Cam, que se dieron las trazas para sacar a la Fao. Así se hicieron al control de la platica. El cambio de enfoque, fue evidente. De invertir en la gente, se dedicaron a invertir en obras, especialmente de infraestructura. El campesinado quedó al garete y los programas de conservación y desarrollo de sistemas sostenibles fue abandonado. El retroceso ha sido evidente, pues no entendieron que la pobreza es el mayor depredador ambiental.

Pero, el extremo del desenfoque, ha sido el fallido contrato de actualización del Pomca ($1.600 millones) con dineros del Fondo de Adaptación gestionados por el senador Hernán Andrade, que se ejecutaron con la dirección actual de la Cam, controlada por el senador Villalba.

Ese contrato, después de tener un testaferro, fue asumido por el verdadero contratista, Eduardo Patarroyo, exdirector de la Cam. Un estudio que tiene fallas protuberantes que, por el espacio no alcanzo a analizar. Terminará como muchos ocupando espacio en los anaqueles de lo inservible. Y, Las Ceibas continuarán su lenta agonía.


LA GUACHAFITA