• Mauricio Muñoz Escalante*

Realidad y ficción en Colombia y Estados Unidos


Foto: Recuperada de Twitter

Acaba de estrenarse Aladino, la versión “real” de Walt Disney sobre la película animada que se hizo en 1992, protagonizada ahora por Naomi Scott (como Jasmine), Mena Massoud (como Aladino), Marwan Kenzari (como Jafar), Will Smith (como el genio), y en el papel de Abu un mono capuchino con la voz de Frank Welker. Pero como siempre estamos en la jugada, meses antes de la novedad en los cines de todo el mundo, en un rincón olvidado de América del Sur, una familia cualquiera que quiso unirse a la fiesta tuvo una idea digna de un Eureka: «¡Hagamos una comparsa de la película!», gritaron de felicidad, y dicho y hecho, cualquiera que vea la foto—salvo que haya vivido debajo de una piedra durante los últimos 30 años—sabe que lograron el cuadro perfecto de la leyenda árabe. ¡En Barranquilla!

Pero surgió un problema (y no fue encontrar un colombiano de piel morena o una barranquillera con raíces en medio oriente): el mico cleptómano del filme en este caso no fue un mono sino un humano; un niño para más veras; un niño negro para terminarla de embarrar… ¡Horror!

—Es racista —dijeron unos.

—Es xenófobo —opinaron otros.

Para mí la respuesta es C: ninguna de las anteriores. Y me uno a quienes piensan que ver signos de etnocentrismo en esos comportamientos es rayano en la paranoia: creo que es inocente, tanto como cuando hacemos chistes de pastusos o de boquetos o de judíos o de chinos, precisamente porque el humor es burlarnos de nosotros mismos, y más aún el día del carnaval. Muy probablemente otros disfraces premiados este año (“Negro Africano Lobocuco presidente de África”, “Payaso Pocheche y sus payasos”, “El gordo salsero”, “Los dietéticos de Miami”, “Nicolás Maduro” o “El comandante Raúl Reyes”) tampoco fueron delicados en sus puestas en escena. Se me antoja más bien que esa novel preocupación por lo políticamente correcto se nos haya colado sin siquiera darnos cuenta, y poco a poco nos estemos convirtiendo en una nación discriminatoria de facto, cuando eso no es no lo propio.

Y con esto no digo que no existan personas racistas, claro que no. Es más: no digo que las personas de la comparsa barranquillera de Aladino no sean racistas, porque no las conozco. Digo que no somos un país racista por excelencia porque lo propio aquí es el mestizaje, el combinado, la mezcla: no hacemos rock sino “fusiones” con joropo y carrilera y cumbia; no tenemos papelerías sino “misceláneas” (con maricaditas varias); y el plato típico en media Colombia es el sancocho, el cual lleva… de todo un poco. Si fuéramos un país racista no llamaríamos “Pitufo” ni “Betún” a nuestros jugadores; y los delincuentes no se llamarían “Cara’e vieja” o “El gordo”. Si fuéramos sensibles a esas sutilezas de la estatura o el color de la piel o la edad o el peso corporal, el fútbol sólo tendría a Anthony de Ávila y a Harold Lozano, y los hampones serían simplemente Johan Pamplona o Carlos Alberto López, ¡y no es así! Basta ver los nombres de los personajes del programa humorístico más antiguo de la televisión colombiana para darnos cuenta de que nos burlamos descaradamente de todos nuestros defectos: “La gorda” Fabiola, “El mocho” Sánchez, “El flaco” Agudelo, “El bobo” Anselmo (Hugo Patiño), “El negrito” (Álvaro Lemmon), ¡“Mandíbula”!

Los políticamente correctos son ellos, los gringos, que con tal de separarse de todo lo demás se inventaron los afro americans, los native americans, los latin americans, y los asian americans, pues los americans son sólo los White Anglo Saxon Protestant, como Trump y otros 35 (de 43) presidentes de Estados Unidos que coinciden con el membrete WASP. Nosotros—vasallos del imperio (eternamente postrados junto con otras decenas de naciones)—somos colombianos, a secas, sin importar que seamos blancos o negros o amarillos o rojos; y caminamos por el mundo sin pudor jorobados, patulecos, bizcos, tataretos, con caspa, chucha o pecueca, sin mayor problema… Not anymore, my friend. Ahora no sólo hay hombres que se llaman Mayfrén, sino que ya empezamos a armar nuestro poco original catálogo de razas y especies humanas (afrocolombianos, nativocolombianos), me imagino que intentando separar el vocablo “colombiano” de cualquier cosa que se le arrime. ¿Pero qué es un colombiano puro: un ejecutivo de Avianca que entra aguardiente escondido en unos binoculares a un estadio durante el mundial de fútbol de Rusia?

En Estados Unidos—de donde nos llegó importada Aladino—ha hecho carrera desde hace varias décadas el argumento de que las películas de Disney traen embebidos mensajes e ideologías negativas, en particular para los niños, quienes evidentemente consumen de manera voraz dichos productos. El más conocido de todos es que las princesas—Jasmine (Aladino), Ariel (La sirenita), Aurora (La bella durmiente), entre otras—sugieren que el recurso más valioso de una mujer es su belleza, lo cual induce a preocupaciones obsesivas por la apariencia física, además de que implican que ellas deben ser dulces y sumisas, y que deben esperar que un hombre venga a salvarlas, usualmente en un acto de amor a primera vista, asuntos todos obviamente estúpidos. Pero la cosa no termina ahí: según algunos teóricos (gringos, por supuesto) la fiebre por las princesas habla de una crisis aún más grave, pues parece estar ligada a periodos de incertidumbre y profundo cambio social. Por ejemplo, el original de La princesita se publicó en una época asolada por la rápida urbanización, la inmigración y la pobreza (1905), y el éxito de la versión cinematográfica protagonizada por Shirley Temple (1939) coincidió con la gran depresión económica y el advenimiento de la participación americana en la segunda guerra mundial. Y así se puede seguir yendo hacia atrás, hasta los tiempos de Roma y el medioevo, donde las niñas juegan el papel de redentoras en tiempos de hambruna, guerra, enfermedad y miedo a los lobos, y el punto es que salvar el mundo no es una responsabilidad para achacar a una joven (ni siquiera en los cuentos de hadas).

Supongamos que todo eso es cierto. La evidencia científica que respalda dichas afirmaciones es tan fecunda que es prácticamente incontrovertible (además de que nos deja como una caterva de imbéciles a los que se les puede proyectar cualquier cosa y no se dan cuenta de nada, pero esa es otra historia). La pregunta que surge entonces es: ¿qué otros mensajes trae cifrados el perverso mundo de Disney? ¿Hay un mensaje racista infiltrado en Aladino u otras películas infantiles que incita a los que idearon la comparsa barranquillera a usar un niño de raza negra para hacer el papel de Abu?

Esperamos el estudio respectivo para actuar como indiquen…Mientras tanto, sigamos en lo nuestro: según mi abuela la vecina es “una arpía”, dizque porque dejó sin cinco al marido; a mi tío lo llaman “el chivo”, dizque por su frenetismo sexual; y a un primo le dicen “el loro”, porque tiene la nariz como un loro. ¡Qué le vamos a hacer! Tal vez al niño de la foto los amigos lo molesten hasta bien entrada la adultez por su breve aparición en el carnaval un día aciago del 2019 a propósito del estreno de una película de Disney, pero ya: se reirá de sí mismo (él sabe que parece un mico) y le dirá a sus compañeros de mofa, acordemente, “Jeta’e bagre” o “Cara’e nalga” o “Cuatro-ojos” o como quiera que se refieran a sí mismos (sin ningún racismo o discriminación implícitos), y por la noche saldrán a beber hasta la inconsciencia y uno de ellos morirá apuñalado con una botella rota de cerveza Águila porque «Era un sapo» o «Se las vino a dar de abeja» o «Se fue de tiburón», y esa sí es la historia de un colombiano puro o de un puro colombiano. ¡Que no nos vengan con ficciones de tapetes que vuelan y lámparas con genios en medio del desierto! ¡Pa’ cuentos nosotros!

* Lectura más lejana (así traducen ahora los colombianos el apartado de Further Reading):

Apel, D. (2009). Just joking? Chimps, Obama and racial stereotype. Journal of visual culture, 8(2).https://doi.org/10.1177/14704129090080020203

Stone, K. (1975). Things Walt Disney never told us. The Journal of American Folklore, 88(347), Women and Folklore, pp. 42-50.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA