• Ingrid Lozano Suárez*

El ruido de la memoria


“…el ruido de las vidas que se extinguen, pero también el ruido de los materiales que se rompen.

Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido ininterrumpido y por lo mismo eterno”.

(p. 83)

Ese día Antonio se levantó sin pensar que esa conversación le cambiaría su vida, porque eso que ocurre en el presente, no, es más, sino el resultado de una decisión del pasado, esa misma que lo hizo ir al billar y hablar con Laverde; son esas cosas sencillas que cambian nuestras vidas. Por eso El ruido de las cosas al caer (2018) es la historia de un hombre a los cuarenta años, o más bien el resultado de esas decisiones. Es la narración de aquellos recuerdos que permiten comprender ese presente, “tal vez porque el presente no existe en realidad: todo es recuerdo, es recuerdo esta palabra que usted, lector, acaba de leer” (p. 23).

En El ruido de las cosas al caer, el recuerdo será recuperado por Maya, quien es la voz de la memoria de aquellos acontecimientos de la vida de Antonio y Ricardo Laverde, ella recupera las fichas del pasado. Y, en la búsqueda de la pieza que falta, entiende que la vida la ha dejado huérfana, que está sola, que nadie la espera, ni que nadie estará detrás de la línea del teléfono; pero al mismo tiempo será la dadora de vida para Antonio, quien después de la bala no volvió a ser igual; ella será la Beatriz quien guía a Antonio para completar la ficha restante, esa que tanto busca, para salvarse y entender que “al final todos los sentimientos se reducen* a una soledad tremenda, una soledad sin causa visible y por lo tanto sin remedio. La soledad de un niño” (p. 138). Esa soledad que nos mira desde el otro lado, que quizás no aceptamos y no comprendemos, porque Antonio está buscando algo que lo libre del miedo, de la muerte, de la violencia impuesta, esa que le llegó un día con un tiro en la pierna y que lo dejó como pajarito perdido.

La narración ficcional en El ruido de las cosas al caer, es la exploración del miedo causado por la violencia que un día llegó a la ciudad con sicarios, desapariciones forzados y asesinados para quedarse. Una guerra financiada por el narcotráfico, la cual tomó tres partes, pero que en su última etapa se hizo más fuerte, cuando los narcotraficantes habían incrementado su capacidad destructiva y Gaviria defendía la extradición y su aplicación por lo administrativo. La misma que dejó un hito socio-político en Colombia y que la literatura recoge a partir de los momentos más difíciles, porque un día se vio arder la ciudad, esa que “ardía como un muslo entre selvas de incendio/ y caía las cúpulas y caían los muros/ sobre las voces queridas tal como sobre espejos/amplios… ¡diez mil chillidos de resplandores puros!” (p. 257).

Aquella guerra que dejó una generación de principios de los años setenta llenas de miedos porque crecieron y se hicieron temerosos adultos; pasaron de ser niños que jugaban en el patio de la casa grande a vivir alrededor del ruido de los tiros de la ciudad, de las bombas que nadie sabía porque las dejaban, y sin saber que ya existía una guerra, que nunca fue declarada.

Un país que vio arder palacios de justicia, edificios y caer un avión, en el que iba Elaine Fritts, madre de Maya, ese mismo que explotó en pedazos después de despegar del Aeropuerto El Dorado con explosivos dejados por un lugarteniente de Pablo Escobar, para imponerse el silencio de la historia entre Elaine y el traficante de drogas, la posibilidad de recuperar la vida de Ricardo Valverde que le ofrecía el perdón de su amor, y con ello muere la ilusión de otros tantos 107 pasajeros de 1989.

El relato en El ruido de las cosas al caer suma al lector para que trate de encontrar las pesquisas del horror y la frustración de una generación impotente ante los defectos de la violencia, porque solo así se podrá reconstruir el testimonio de un país agrietado y superar el miedo, ese temor de que la desgracia de otro le pueda suceder a la propia persona, y entender que “el mundo es un lugar demasiado riesgoso para andar por ahí, solos, sin alguien que nos espere en casa, que se preocupe cuando no llegamos y pueda salir a buscarnos” (p. 261).


LA GUACHAFITA