• Mauricio Muñoz Escalante*

Contra la pobreza o contra naturam


Foto: Cortesía El Heraldo

Terminó el festival vallenato, y desinflada la burbuja de varios días de fiesta, guitarra y canción, llega la hora de regresar a casa, digamos que en carro para efectos de esta perorata: Valledupar, Bosconia, El Copey, Fundación, Aracataca, Río Frío, Ciénaga, Pueblo Viejo y, como concebida por Dante, sumida entre la basura y la más ignominiosa pobreza, Tasajeras, hogar de aproximadamente 10.000 personas —pero sin casa, pues tablas y tejas y puertas de neveras no son precisamente las características de una vivienda digna— sin agua, sin luz, sin alcantarillado, sin gas y sin internet, hacinadas, tostándose al sol, pescadores con el agua al cuello, niños desnutridos, jóvenes adolescentes embarazadas y cientos de contagiados de dengue hemorrágico, todos juntos para formar el cuadro perfecto a 35 minutos del flamante turismo de La perla del Caribe y a 40 de La puerta de oro de Colombia, la misma que hace poco también cerró su festival patrimonio intangible de la humanidad con el entierro de Joselito Carnaval el 5 de marzo.

Lo cómico del asunto —no se puede usar la palabra «trágico» porque en las tragedias, como se ve claramente en las grandes del género, el héroe siempre tiene posibilidades de redención, asunto imposible en Tasajeras— es que desde la seguridad del auto que se desplaza a 30 km/h por la mal llamada Troncal del Caribe, separados de la realidad por los 4 milímetros del vidrio y los 10 grados menos que permite el aire acondicionado, una de las preguntas que se hacen los pasajeros ante del desolador espectáculo es por qué ellos —los pobres— no cuidan la Ciénaga Grande, con todo lo que se sabe hoy sobre el cambio climático… ¡El colmo!

La frase, que parece enunciada por una señora de la oligarquía capitalina sentada en un té social con sus amigas en el Gun Club, en realidad es más común de lo que se cree. La razón es muy sencilla: si a una persona de Tasajeras se le pide que haga una lista de los asuntos urgentes por resolver en el planeta, resulta lógico pensar que cuidar el ambiente no sea la número uno, pues a su juicio existen otras más apremiantes: inestabilidad laboral, mala educación, deficiente atención médica, inseguridad alimentaria, precariedad de servicios públicos, deplorable infraestructura y acceso denegado a entretenimiento, que son las que ve. Tanto es así que la sostenibilidad —con todo y sus osos polares famélicos y sus tortugas comedoras de plástico y sus rinocerontes asesinados para comercializar sus cuernos saliendo por televisión— entre los pobres del mundo sólo clasifica en la posición dieciséis de sus prioridades, según reporta la Organización de Naciones Unidas.

La hipótesis emerge por sí sola: si para «la población menos favorecida», como reza el eufemismo, mejoran las condiciones económicas, entonces ellos participarán activamente de la protección del ambiente. ¡Claro! Pero entonces la realidad, siempre tan hegeliana, se manifiesta con la paradoja embebida, pues satisfacer dichas necesidades —proveer trabajo, educación, salud, etc— va a demandar recursos, o sea, mayor detrimento de la naturaleza. Es lo que llaman los expertos Curva Ambiental de Kuznets: en el corto plazo el crecimiento económico está asociado a un mayor deterioro ambiental, pero en el largo, en la medida en que aumenta el nivel de ingreso, la calidad del ambiente mejora.

La China de hoy es un buen ejemplo: saca a centenares de millones de personas de la pobreza gracias a un desarrollo sin parangón de varias décadas, y como consecuencia deja el planeta al borde del colapso, empezando por sus propias ciudades, todas en los primeros lugares de contaminación. Y ahora que suponemos que ha logrado su cometido, entonces se pone el disfraz de Greenpeace, promoviendo la producción de energías limpias y financiando cualquier cantidad de iniciativas a nivel mundial.

En Colombia, sin embargo, la apuesta parece ir en sentido contrario: intentamos por todos los medios reducir nuestras emisiones de CO2, que no llegan al 0,2% de las del mundo, mientras que en China, cuyas emisiones llegan al 30% respectivamente, la máquina no se detiene. Así, mientras negamos la construcción de hidroeléctricas, como en Oporapa (Huila), que prometía una capacidad instalada de 280 megavatios (MVh), China construyó la represa de las Tres Gargantas, que es 80 veces más grande (22.500 MVh); y mientras cerramos nuestras termoeléctriquitas de 29 MVh como la de Yumbo (Valle), para montar granjas solares que producen 9,8 megavatiecitos, China construye actualmente ¡trescientas termoeléctricas!, como siguiendo los consejos de Bill Gates —quien ya mostró el cobre reconociendo que sin combustibles fósiles el desarrollo se complica—, eso sí,lejos de su territorio, cómo no, pues llegó la hora de contaminarle el aire a los que todavía siguen pobres en Asia o en África o en América Latina.

En la edición del 28 de abril de El Tiempo, en un artículo titulado A punta de sol, ni neveras ni tractores ni desarrollo, que precisamente cuestiona la efectividad de la energía fotovoltaica como sustituto del carbón, Bjorn Lomborg sugiere que la dicotomía tiene su origen en la cabeza del Banco Mundial, pues con Jim Yong Kim «se propagó la idea simplista de que el uso de combustibles fósiles siempre es perjudicial». Acordemente, la pregunta que surge es también en blanco y negro: ¿Qué es mejor entonces para ayudar a los pobres: hacer un recorte de las emisiones de carbono ahora, para conseguir una ligera reducción de las temperaturas en cien años y dejar un planeta para vivir (a costa de su sufrimiento) o atacar ya la indigencia que los aqueja, para concederles una vida decente mientras están vivos (y que la tierra se las arregle como pueda)?

Suena a contrapelo eso de ir contra naturam en medio de esta ideología posmoderna del cuidado del ambiente, pero a veces las cosas se plantean así, como en una ruleta, y tal vez seguir intentando el variopinta camino de las tonalidades de gris no nos lleve a ningún lado. Recordemos que Dante deja a los neutrales en la antesala del infierno, girando sin cesar entre nubes de arena roja, picados por avispas y abejorros en la cara, persiguiendo una bandera que nunca está en un solo sitio, como en Tasajeras.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño.


LA GUACHAFITA