• Andrés Ardila*

Templo de Yaguará, repintado e inescrupulosamente modificado, nunca restaurado


Como si se tratara de un juego de intereses personales, el templo de Santa Ana de Yaguará (Huila), concebido a mediados del siglo XX y una joya de la arquitectura del departamento ha sido víctima de numerosas modificaciones que le han hecho perder su esplendor a través del tiempo.

Fachada del templo neogótico de Santa Ana de Yaguará en su concepción original, fotografía de la década de 1980. Cortesía: Familia Manchola.

A pesar de estar protegida mediante el Acuerdo Municipal 025 de 1999, esta obra, transcendental más por sus particularidades arquitectónicas que religiosas, ha sido motivo de diferentes intervenciones irresponsables con el transcurrir de las administraciones parroquiales, que a través de nociones personales han decidido en múltiples ocasiones remover, destruir o modificar notablemente ciertos elementos de sus componentes artísticos y escultóricos interiores, así como cambiar las tonalidades de su exterior, que es lo más preocupante.

“Anémica, una grosería, melancólica” es como han tildado normalmente los habitantes del municipio el aspecto que adquirió en el 2015 cuando volvieron a cambiar su color de fachada, y es que la decisión de esta intervención, que debería ser consensuada entre los pobladores y expertos en patrimonio, es tomada por la Diócesis de Neiva, que finalmente impone su voluntad.

Y no debería de ser así, pues el dinero que se invirtió en ello salió de fondos públicos municipales y de los bolsillos de los propios feligreses locales. La pintura en cuestión, actualmente se está desprendiendo – fruto de su mala calidad –, y lo peor, que el contrato que se adjudicó fue a un inconsciente empresario de Yaguará, que, usando andamios de guadua y personas no profesionales en este tipo de procesos, terminó afectando el sistema de iluminación externa y las campanas de bronce del campanario

Cambio de tonalidad a blanco almendrado y Vinotinto, intervención que se abandonó sin siquiera terminar los acabados previstos. Fotografía del 9 de diciembre del 2015.

Pero esta situación no es nueva, este templo ha sido intervenido en tres ocasiones, la primera entre la década de 1980 a 1990, cuando el párroco de turno, creyendo que el arte gótico presente en el interior de la estructura era muy anticuado y queriendo aplicar sus cánones artísticos, suprimió el púlpito, el anterior bautisterio y una escultura en altorrelieve del purgatorio; alteró el altar y retablo principal, rellenó con cemento los nichos de las estaciones del viacrucis (que paradójicamente fueron recientemente evocados mediante la instalación de unos retablos alegóricos sobre el lugar en que se ubicaban los anteriores) y para colmo, obsequió lo que no le parecía a otras parroquias, como el bautisterio, que se encuentra actualmente en el templo del corregimiento de Betania y la centenaria figura de Santa Ana, obsequiada a la parroquia del Guamo (Tolima).

Retablo en su concepción original, fotografía de 1964.

La fachada, concebida por el arquitecto cundinamarqués Guillermo Durán e inspirada en el Gótico Báltico o de ladrillo, fue pintada en un tono blanco azulado y el interior también pasó a una austera tonalidad blanca. Lo único que se conservó y quizás por su inaccesibilidad fueron los azulejos de sus encumbrados chapiteles.

Cambio de tonalidad a blanco azulado, fotografía de marzo de 1986.

A inicios de la década del 2010, de nuevo se realizan intervenciones, la fachada adquiere una tonalidad beige poco favorecedora y los chapiteles revestidos en azulejos, que resplandecían con la luz del sol, fueron cubiertos también en esta tonalidad. El interior fue el más devastado, pues sus retablos en marmolina fueron pintados de amarillo y las columnas que sostienen sus naves en un estridente verde, se incluyó además una pintura mural alegórica al bautismo de Jesús nada adecuada al contexto circundante y que fue luego retirada.

Ahora volvemos a la intervención del 2015, que además de afectar algunos elementos no puso atención en reforzar estructuralmente los pináculos adheridos a las torres y que peligran caerse, y quizás fue la mejor opción, pues de haberles aplicado sus métodos poco ortodoxos habrían terminado peor; este templo lastimosamente nunca ha sido realmente restaurado, pues no se han contratado firmas especializadas en restauración de bienes históricos, sino que simplemente se genera un contrato a empresas dedicadas a pintar edificios. Esta obra no ha conocido siquiera el respeto a su integridad histórica, el legado dejado por Fernando Monje Casanova, quien la ideó, es solo un tenue recuerdo.

Según el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios – ICOMOS –, a través de la Carta Internacional Sobre la Conservación y Restauración de Monumentos y Sitios (Carta de Venecia de 1964), en su articulo nueve, establece la restauración como “una operación que debe tener un carácter excepcional. Tiene como fin conservar y revelar los valores estéticos e históricos del monumento y se fundamenta en el respeto a la esencia antigua y a los documentos auténticos”.

Ojalá los habitantes de Yaguará traten de valorar más este patrimonio arquitectónico, pues es único en su especie y solamente pertenece a ellos (al final los sacerdotes se van y dejan atrás todos estos desastres sin ninguna señal de remordimiento), que no permitan que los futuros párrocos tomen decisiones sin su consentimiento y traten, en lo posible, de que esta obra sea realmente restaurada y que logre adquirir el título de Patrimonio Arquitectónico de Interés Regional o Nacional, pues ni siquiera cuenta con esta categoría y ese es precisamente el vacío que aprovechan todos aquellos inescrupulosos, que ávidos de imponer sus intereses terminan afectando un bien de interés cultural como este.

* Creador del proyecto Memoria Colectiva de Yaguará. Actualmente es Coordinador de Cultura del municipio de Yaguará.


LA GUACHAFITA