• Mauricio Muñoz Escalante*

Arborización urbanocérvida


Fuente: Archivo personal

En 1896 Louis Sullivan sentenció, «La forma sigue a la función». Form follows function, escribió, pues estaba en Chicago, donde unos años antes había ocurrido un gran incendio que había destruido gran parte de la ciudad y había dejado más de 100.000 personas sin techo, y donde por consiguiente se vivía una frenética actividad constructora para rehabilitar la ciudad. Digamos que no era el momento para andarse con adornos y guirnaldas, sino para diseños y procesos efectivos, ajustados a un presupuesto y entregados a tiempo, y entonces él, protagonista de su tiempo, como dicen los amantes del Zeitgeist, dijo que lo lógico era que las casas parecieran casas y no templos griegos, y los edificios de oficinas fueran edificios de oficinas y no esfuerzos neogóticos o art nouveau para embellecer lo que simplemente era ir a trabajar.

Así mismo en Colombia, vaya uno a saber cuándo en esta patria donde no hay registro de nada, alguien sentenció «Lo que no sirve que no estorbe», que viene siendo lo mismo que «La forma sigue a la función», pero dicho en colombiano, que es el idioma que hablamos yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros, ellos, y entonces vemos, por ejemplo, a los contratistas de las empresas electrificadoras pasar con sus tijeras y motosierras, ¡Rrran!, ¡Rrran!, pode aquí y pode allá, ¡Rrran!, ¡Rrran!, mochando las ramas gordas y flacas para que los cables estén libres de cualquier elemento natural o artificial que ose tocarlos, ¡Rrran!, ¡Rrran!, desbaste aquí y desbaste allá, «Por aquí abajito también», «Para que no se pegue el camión de Águila, cómo no», ¡Rrran!, ¡Rrran!, como si fuera el peluqueado de un jugador de fútbol adolescente queriendo imitar a Cristiano Ronaldo o a Arturo Vidal, haciendo un difuminado de la cuchilla #0 a la #1, y de la #2 a la #3, hasta que al final el árbol ya no parece árbol sino cornamenta de alce, y los individuos arbóreos, como dicen los amantes de la ecología, se convierten en esfuerzos neogranadinos para afear lo que simplemente era salir a caminar por el andén.

Ya me puedo imaginar al trabajador diciendo, «Eso está quedando muy feo, doctor: parece un reno», y el que está abajo en la sombra, corrigiéndole de mala gana, «Usted haga lo que le digo que yo sé de lo que hablo, y no me venga con cuentos de renos a estas alturas de la vida», cuando en realidad el que conocía de alturas de la vida era el obrero, no sólo porque era más viejo que el púber que actuaba como su jefe, sino porque era el que estaba literalmente arriba, en las alturas, encaramado en unas secciones de andamio, nivelados a su vez sobre una caneca de pintura, y ésta sobre una botella de gaseosa, y ésta última sobre un tubo de media pulgada, como la canción del loco chequeando a la chica en bikini sentada en la rama del palo sembrado en el hoyo a la orilla del mar con la que bailó media Colombia en 1995, y más porque sí sabía de renos, y muy bien, pues había instalado varios la pasada navidad en las cuadras de los ricos, parecidos a los de las películas de Papa Noel, tal cual traídos de la mera tundra, pero en Neiva, a 35 grados centígrados, blancos, blanquísimos, como el casco de su jefe, renos puestos a arder al sol, sobre la arena amarilla, áurea como el casco que lo identifica como el que no tiene la razón.

Y me puedo imaginar al de abajo, que en la estructura social está arriba, explicándole a su acólito de turno que los cables deben lucir así, sin nada alrededor, porque al contacto con cualquier rama éstos hacen tierra y por ende el árbol se convierte en conductor de la electricidad, con los peligros consabidos para la población, según cuentan, que los niños salen lanzados varios metros cuando tocan el tronco, como le ocurrió a Andersyed Jefferson (Ander, por el asesino en masa noruego, responsable de la matanza de Regjeringskvartalet; Syed, por el linaje del sur asiático, particularmente Indio y Paquistaní, considerado directo descendiente de Mohammed, el profeta del Islam; y Jefferson, por hijo de Jeffrey, que viene del alemán “Godafrid”, en paz con Dios; “Gaufrid”, territorio de paz; y “Galfridus”, canción de paz; pero nacido en Colombia).

Sin embargo, se pregunta el hombre del overol en silencio, si eso fuera cierto todos los árboles de todas las ciudades de este mundo estarían recortados siguiendo la misma moda, asunto no sólo estrambótico sino poco probable ante la certeza de que el mismo Stihl que se ideó la podadora que sostiene en su mano ya se hubiera inventado la solución, pues se sale de toda lógica el esfuerzo y el costo de mantener astados todos los setos y los arbustos de una ciudad, habiéndose estandarizado ya el conocimiento, digamos, la ISO 2951:2012, que determina el aislamiento de caucho que deben tener los cables, o la ISO 15206:2010, que trata sobre las cualidades de los postes que llevan las líneas eléctricas cuando se disponen de manera aérea, o el FAC-003-1:2006, que especifica las distancias mínimas para sembrar árboles a partir del eje central de la instalación (que a propósito nunca es «justamente debajo» como insistimos hacer los colombianos, siempre tan naranjamente creativos), las cuales podrían traducirse, perdón, mandarse traducir, habida cuenta de que los colombianos no nos destacamos en eso de hablar y escribir y oír y entender otros idiomas, y después simplemente anteponerle el sufijo NTC, que quiere decir Norma Técnica Colombiana, para tramar incautos, así como hicimos con la ISO 9001 y tantas otras, que después de la traducción quedó NTC ISO 9001, con una notica que dice «Norma idéntica (IDT) a la norma ISO 9001», pues de otra manera no se explica por qué los Campos Elíseos, en París, y Lombard Street, en San Francisco, y Abbey Road, en Londres, y Santa Mónica Boulevard, en Los Ángeles, todas tienen sus árboles completos, con forma de árbol, como se supone que debe ser, y no como cuernos ramificados de rangífero, como quería de verdad expresarse él, que también es doctor, Pé Hache Dé en conservación de mamíferos artiodáctilos, quién por supuesto no encuentra trabajo en ningún lado del trópico americano, y para pagar la deuda con el ICETEX aceptó emplearse en el escalón menos denigrante que encontró, en la cuadrilla de mantenimiento distrital de arborización, «urbanocérvida», como piensa para sí mismo, socarrón.

Dos cosas me puedo imaginar que pudieron haber pasado para que en la esquina de la carrera 7 con calle 21 tengamos esa escultura de palos y hojas retratada con detalle en esta narración: 1) que pusieron el cable que no es y, en efecto, la corriente transmitida sí que logra alcanzar las ramas y al menor contacto se electrifica el pobre arbolito, lo que simplemente comprueba nuestra eterna historia de corrupción; y 2) que pusieron el cable que sí es, pero aun así se manda a cortar el árbol de aquella manera tan estrambótica «por si acaso», lo que es más grave, por supuesto, porque quiere decir que nuestras creencias, agüeros y supersticiones se imponen a pesar de todo, cuando éstas debían superarse una vez la ciencia comprueba lo contrario, como en este caso, que existen maneras de conducir la energía eléctrica, tan necesaria, sin necesidad de que un niño de un barrio pobre, que no tiene donde recrearse, quede bobo después de que una descarga le funde el cerebro por siempre amén, cuando se sube a bajar mangos o a lanzar piedras a los transeúntes o a escupir sobre los carros o a espiar estudiantes de colegio en faldas de cuadros sentado en la rama del árbol sembrado en el andén a la orilla de la avenida, gastándonos por el camino millones de pesos haciendo monstruosidades, porque el resultado lastimosamente no son los jardines de Versalles, sólo porque desconfiamos del desarrollo técnico, ya ni siquiera nacional, que sería normal, sino extranjero, asunto que va a evitar que salgamos algún día de «El hoyo», que es sinónimo de subdesarrollo e incidentalmente es también como se conoce la canción de Kinito Mendez citada arriba, a pesar de que en el cuadernillo de los créditos dice que se llama «Cachamba» (cero y va uno), está grabado con láser «Cachamba» sobre el disco pirata que compramos en San Andresito (cero y van dos), y dice «Cachamba» el locutor de la emisora cada vez que la pone a sonar (cero y van tres).

—Ponga El hoyo.

—¡Póngalo usted!

—¡Y el loco soy yo, sí señor! ¡Y el loco soy yo, se alocó! ¡Güepajé!


LA GUACHAFITA