• Mauricio Muñoz Escalante*

Todos los puentes son Emiliani


Foto: Archivo personal

El 2018 fue un año de puentes frustrados: el «puente Chirajara», en Meta, que colapsó por cuenta del mal diseño estructural; y el de Hisgaura, en Santander, al que las deformaciones de las vigas laterales le valieron el apodo de «puente acordeón» (aunque bien podría haber sido «puente guirnalda» o «puente bolero» o «puente-bordillo-de-falda-cumbiambera»).

El asunto da pie para cualquier cantidad de comentarios («Macondiano», «Tropical», «Típico», «Folclórico», todas las anteriores), pero la pregunta de fondo no cambia («¿Por qué?»), y nuestra respuesta por reflejo tampoco («Es por la corrupción»): que dijeron ponga tres varillas y pusieron dos (y la otra la revendieron en San Victorino), o que ordenaron concreto de 12.000 psi y trajeron de 3.000 (y la diferencia se la gastaron en cucas, que—aclaro—son unas galletas hechas de panela y harina de trigo, muy populares a lo largo y ancho de nuestra geografía). Pero como no vamos a estar vivos para cuando falle esa investigación, y para entonces los culpables ya estarán disfrutando de su vejez en algún paraíso caribeño, mejor apuremos otras hipótesis (para no perder el viaje).

Mi amiga Dhelesliskisusanyeliza, que aplicó la metodología del Project Management Institute a la planeación del viaducto de Millau, en Aveyron (Francia), dice que los puentes de Chirajara e Hisgaura no tienen misterio.

—¿Cuándo lo hizo? —le pregunto.

—En el 2011.

—No sirve —le digo.

—¿Por qué no?

—Porque el puente de Millau lo terminaron en el 2004. No se puede planear algo después de que está terminado.

Pero ella no me entiende.

—Es un estudio de caso.

—La planeación de un proyecto se esa envergadura puede tardar años —le digo—, todos los días, varias personas, no de 8 a 5, yendo a almorzar bandeja paisa y después cabeceando toda la tarde, sino ¡a todo vapor! El estudio de caso es un ejercicio, además de inútil, completamente superficial, pues no tiene acceso a ninguna información crucial.

Pero Dheles (así le digo de cariño) está ofuscada:

—Lo hice en una clase de la especialización en gerencia de proyectos —me dice. Y después concluye con suficiencia—, en Bogotá.

—Da igual —le digo—. En Bogotá o en San Onofre, nadie puede siquiera acercarse a imaginar las complejidades de semejante empresa en una clase de 3 horas semanales, durante 1 mes, que es lo que duran los módulos temáticos de esos posgrados, y menos con un profesor que ni siquiera fue parte del proyecto y que leyó el ejemplo en algún libro traducido diez años más tarde.

Para mí, esa pudo haber sido precisamente la razón de que Chirajara e Hisgaura fracasaran: que en lugar de entender las particularidades de los lugares exactos donde estaban ubicados los puentes, los encargados implantaron modelos de no sé dónde, convencidos de que Málaga (en Santander) es igual que Málaga (en España) y vea.

Pero eso no se lo digo.

¡Es que hay que untarse las botas, mija! ¡Eso desde la oficina no funciona!

Pero eso tampoco se lo digo.

Lo que digo es que esos puentes eran nuestra oportunidad de mostrar algo diferente a la concebida historia de violencia, narcotráfico, y mujeres con senos grandes a los que tenemos acostumbrado al mundo. Y al contrario de mi amiga Dheles, sí pienso que eran obras complejas. Vistas de refilón incluso parecían puentes en otros lugares. Así también lo dijo Juan Manuel Santos cuando visitó la obra en noviembre del 2017, «Son similares a los que encuentra uno en los países desarrollados», y sí: el puente Hisgaura tiene una luz (o sea el espacio entre las columnas) de 330 m en su tramo central y mide 148 m de altura, y el de Chirajara tenía una altura de 280 m y cubría una luz de 446 m, lo que los hacía dignos representantes de Suramérica. Incluso si se les compara con el tal viaducto de Millau de Dheles, cuyos tramos internos tienen 343 m de altura y 342 m de luz, nuestros puentes no tenían tanto qué envidiar… La diferencia, lo reconozco, es que el de allá tiene siete secciones continuas afines (en total son 2.460 m de recorrido, dos mil más que los de acá), y lo mejor de todo es que no se cayó ni amenaza con caerse, sino que fue inaugurado hace más de 14 años y sigue tan campante.

Lo que digo es que como los puentes atirantados sobre cañones profundos o se nos caen o se nos deforman, debemos celebrar lo que hasta ahora nos ha quedado bien, o sea, los «puentes peatonales» que vencen luces de 15 m y se elevan hasta 4,5 m del suelo, permitiendo el paso de humanos y animales por igual.

—¡Cantemos!

—En mi burrito sabanero voy camino de Belén…

Pero por encima de todo, lo que digo es que festejemos los «puentes festivos», porque a diferencia de Suiza, Alemania y Estados Unidos (que fueron los países que citó Santos cuando fue a verificar que el puente Chirajara estuviera perfecto, en compañía de varios ejecutivos colombianos MBA, PMP, CSM, ITIL), lo que nos preocupa es trabajar los días de las fiestas religiosas.

¡Eso sí que no!

Por ejemplo, la llegada de los reyes magos (a una especie de lluvia de regalos, pero hace más de dos mil años—un chágüer, en el idioma de hoy—que además según algunos expertos ni siquiera eran tres ni eran reyes ni eran magos, sino sabios), como cayó en domingo, y ese día ya estábamos reposando por otra cosa (porque ese día Dios terminó de hacer el mundo hace 13,8 billones de años y ¿cómo no aplaudir eso 52 veces al año?), hay que honrar entonces la fecha el lunes de la semana siguiente, para que queden tres días seguidos para descansar—sábado y domingo y lunes—e ir a Melgar por la «autopista» de doble calzada que les regalaron los del gobierno a los hermanos Nule y a Álex Char (nuestra versión inversa de los tres reyes magos), que por unos problemillas entregaron ellos sin terminar, llena de huecos, sin señalización y sin pintura asfáltica en el 2014, ¡cinco años después de lo acordado!

—Celebremos.

—El «puente de reyes» (del 5 al 7 de enero).

—El «puente de San José» (del 23 al 25 de marzo).

—El «puente de semana santa» (del 18 al 21 de abril, para los que trabajan; o del 13 al 21, para los que estudian).

—El «puente de la ascensión» (con CE y S, del 1 al 3 de junio).

—El «puente de la asunción» (con U y C, del 17 al 19 de agosto).

—El «puente del corpus christi» (del 22 al 24 de junio).

—El «puente del sagrado corazón» (del 29 de junio al 1 de julio).

—El «puente de todos los santos» (del 2 al 4 de noviembre).

Esos son por cuenta de la santa iglesia católica.

Ahora, gracias al non-sancto congreso de la república, recemos:

—El «puente de la raza» (del 12 al 14 de octubre).

—Amén.

—El «puente de la independencia de Cartagena» (del 9 al 11 de noviembre).

—Amén.

—Nótese que no hay puente por la independencia de Bogotá o de Medellín o de Neiva. Sólo de Cartagena, «la heroica», por supuesto. Ese entonces ese va por cortesía de la abejita Conavi y de Raimundo Emiliani, políticoCartagenero, a quien le debemos precisamente la ley 51 del 22 de diciembre de 1983, la reforma al código laboral que consiguió trasladar la mayoría de días festivos o feriados nacionales al lunes más próximo de la fecha.

—Amén.

—Amén.

—Amén.

Y la cosa no termina ahí: fue festivo el 1 de enero, que cayó en martes, y por eso no hubo puente. Pero si su jefe estuvo de buenas pulgas y usted le pidió el lunes, entonces el «puente del año nuevo» fue desde el sábado 29 de diciembre por cuatro días seguidos. De esa forma, si de puentes se trata y dependiendo de la flexibilidad de su empleo, la figura se puede repetir durante todo el año.

—Oremos.

—El «puente del trabajo» (del 27 de abril al 1 de mayo).

—El «puente de la batalla de Boyacá» (del 3 al 7 de agosto).

—El «puente de Navidad» (del 21 al 25 de diciembre).

—El único que se embolató este año fue el «puente de la independencia», que se celebra el 20 de julio, porque cayó en sábado y entonces la Ley Emiliani no le aplica.

—¡Buuuu!

Lo que digo es que sigamos así, despacito, a lomo de mula, de puente en puente. No importa que en otros países ya estén haciendo autopistas subterráneas en las que se espera que vehículos inteligentes vuelen a más de 1.200 km/h, o que en la Autobahn alemana los carros corran a más de 300. Allá ellos. ¿Cuál es el afán? Lo importante no es llegar primero, sino disfrutar el viaje.

—¡El viaje del próximo puente!

—Amén.


LA GUACHAFITA