• Mauricio Muñoz Escalante*

Las catedrales de nuestro tiempo


Foto: Archivo Personal

Es evidente que Colombia es un país devoto. Trece días festivos religiosos cada año versus sólo cinco civiles lo comprueba. Tan piadosos somos que nos vamos diez días de vacaciones en abril por cuenta de la última cena y la muerte de Jesús, y en diciembre nos reunimos otros diez a comer y a beber como si el mundo se fuera a acabar.

—Beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río por ver al Dios nacer…

Yo me llamo John Alex Castaño.

Yo me llamo Yeison Jiménez.

Y jugamos aguinaldos: al sí y al no, pajita en boca, quicio, hablar y no contestar, tres pies…

Y el veinticuatro tiramos la casa por la ventana comprando regalos para todos los amigos y relacionados, aunque a la fiesta le mezclemos uno que otro mito de otra geografía:

—De: Santa Claus, Para: ¡Yurbey!

—De: El niño Dios, Para: ¡Jasbleidithcita!

—¡Bravo!

Y qué decir de los gozos. Con cualquier instrumento que pueda interpretar alguien bien entrado en años y bastante alicorado, las familias cantan sin parar acompañadas por el estruendo de maracas, ollas y panderetas improvisadas, allende de palmas y las notas desafinadas del niño que recibió una organeta como regalo anticipado de Navidad.

—Ven, ven, ven. Ven a nuestras almas, Jesús, ven, ven, ven, ven…

Yo me llamo Charlotte Church.

Yo me llamo Luciano Pavarotti.

Pero aún ante tantas muestras de fervor hay quienes piensan que la nuestra no es precisamente la fe del carbonero, a lo mejor porque han ojeado el periódico y han visto el descaro, la impunidad y la desfachatez con las que a menudo violamos la ley.

«Que Dios los perdone», dicen unos mirando para otro lado.

«Sólo Dios sabe», apuntan otros con resignación.

No se necesita ser el Grinch para darse cuenta de que la época navideña, en lugar de poner en evidencia los valores, saca a la luz la inconsistencia, cómo decirlo, que no cuadra que seamos tan rezanderos y al mismo tiempo tan hampones.

Lo que pasa es que la ética que nos cobija es la de «El que peca y reza empata». Hemos perdido el temor a Dios y no creemos ciegamente que el Señor vendrá una segunda vez a llevarse sólo a aquellos arrepentidos, y entonces hacemos y deshacemos de lunes a viernes, para el domingo ir a misa a confesarnos; e irrespetamos la ley de allá arriba y de acá abajo sin ningún pudor durante todo el año, para en diciembre (como ahora) suplicar perdón.

—Benignísimo Dios de infinita caridad, que tanto amasteis a los hombres, que les disteis en vuestro hijo la mejor prenda de vuestro amor…

Eso dice mi abuelita, camandulera profesional.

Pero el centro comercial está repleto.

Su teoría es que no somos católicos católicos, como antes, sino católicos por defecto, como habría que decir hoy en el lenguaje de los computadores gringos (que es el que manda), pues España es católica y 300 años de colonización y evangelización nos dejaron una huella difícil de borrar. Pero no aprendimos bien la lección; algo se perdió por el camino, o mejor dicho, en las carabelas.

—No creemos de verdad—dice.

—¿Fresa o vainilla? —le pregunto.

—Vainilla.

Estamos en Mc Donald’s (porque hay que apoyar la industria nacional).

Mi abuelita habla de tiempos ha, de antes de que llegara Melquiades, cuando las iglesias eran estructuras majestuosas, símbolos del deseo siempre truncado del hombre de llegar al cielo; con columnas decoradas con capiteles de hojas de acanto tallados en piedra; planta en forma de cruz, separando la zona de liturgia de los fieles; tres naves separadas entre sí por siete arcos conmemorativos del viacrucis; con la crujía abierta arriba, de manera que la luz entrara espectral por los vitrales; un altar magnífico donde yacía Cristo crucificado, ojalá esculpido en oro y piedras preciosas traídas de alguna colonia lejana; y un lugar elevado para el órgano de tubos, para que el que dudara se arrepintiera ipso facto apenas retumbara el espacio con la misa en Si menor.

Yo me llamo Johann Sebastian Bach.

—Es una experiencia religiosa —dice mi abuelita, y en la parte de atrás de mi cerebro suena una melodía pegajosa.

Yo me llamo Enrique Iglesias.

Me puedo imaginar que tan sólo entrando en el recinto que ella describe la sensación era la de la conexión del hombre con lo trascendente. Tan importantes fueron las catedrales del pasado europeo, que hay quienes aseguran que su presencia (y su construcción, de hasta 600 años, como ocurrió en Colonia) estructuró el pensamiento de lo que sería todo el legado moderno.

Pero eso era antes. Lo que nos tocó fue el posmodernismo (el que los teóricos de América Latina dicen que no es nuestro sino de ellos, los del norte), y entonces vamos a cantar las novenas al centro comercial, las catedrales de nuestro tiempo, antes de comprar un helado de mil pesos y pasar frente a la vitrina de un local de rebajas y susurrar con fe, «El otro mes, Diosito, ayúdame».

—Eso es una comedia —dice mi abuelita, que le tocó oír la misa en latín. Nada de Padre Chucho ni Alberto Linero.

—Abuelita —intento explicarle—: el catolicismo actual es una religión de rituales externos alegres, en contraste con el sentido interno de culpa y la presión de autenticidad que caracterizaban la cultura europea decimonónica. Al católico de ahora se le permite simplemente seguir con la ceremonia, ignorando la autenticidad de su creencia más interna.

Yo me llamo Slavoj Zizek.

Pero ella no luce convencida.

—Además, si la gente imita los rituales externos llegará la creencia interior. —Trato de persuadirla sin fe, como un Padre que dejó de creer en Dios—. Si seguimos a pie juntillas la formalidad (nos damos la bendición, repetimos al salmo, rezamos con pasión, nos levantamos cuando se nos indica, nos arrodillamos en el momento requerido, etc.), entonces creeremos.

Yo me llamo Louis Althusser.

—¿Creeremos qué? —me pregunta.

—Pues que hacemos todo eso porque creemos.

—¡Es una actuación!

—Exacto —le digo. Aunque ella lo sentencia como si estuviéramos perdidos, sólo si somos un país de actores explicaría por qué tanto rezar no se refleja en las noticias del día a día—. Póngame cuidado; no es filosofía barata: cuando fingimos que creemos o simplemente actuamos como si creyéramos, representamos en nuestro comportamiento exterior una creencia interior… ¿No? Eso fue lo que le dijo Amparito a Robinson Silva, palabras más palabras menos. Y ella es una diosa: «Párate como él, muévete como él, habla como él, péinate como él… Canta como él. Tienes que ser él dentro y fuera del escenario, hasta que creas que eres él». ¡Y él se lo creyó!

Yo me llamo Robinson Silva… ¡perdón! Yo me llamo Julio Jaramillo.

—Tenga fe, abuelita: a lo mejor emerge una creencia real de esa convicción de que solamente creemos lo que actuamos. ¿No le parece?

Ella mira al Padre, con silla de plástico, mesa de plástico, tela de fieltro haciendo de mantel, y cruz de MDF forrada en chapilla tipo madera color wengue. Al lado está Sipote Burrito y Don Jediondo; arriba se ven las cerchas de la estructura y los ductos del aire acondicionado, de donde cuelgan árboles de navidad hechos de papel silueta; y atrás (como si lo hubiera planeado el arquitecto del universo), está triunfante Dollarcity, que abrió sus puertas el 24 de diciembre, como caído del cielo, para llenar nuestros corazones con la alegría de comprar.

—No —responde ella, seca. La bolita de su helado ha desaparecido y mastica una pasta desabrida de galleta que parece una ostia.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño


LA GUACHAFITA