• Mauricio Muñoz Escalante*

Caridad urbana y sostenibilidad


Fuente: Archivo personal

A tres cuadras de mi casa hay un CAI, que significa Comando de Atención Inmediata, que es otro nombre para decir simplemente Estación de Policía. Ese CAI está en un «parque», entre comillas, porque no es un parque, sin comillas, o sea un lugar destinado por la ciudad para la recreación y el deporte de un vecindario, sino un «parque», porque como no hay parque, entonces la gente lo usa como tal. En el parque del CAI que queda a tres cuadras de mi casa, decía, hay todo tipo de aves silvestres, coloridas, llenando de alegría el día de los peatones.

Lo malo es que las pobres no se mueven, están quietas, congeladas, petrificadas, o mejor, vulcanizadas en el tiempo, pues están hechas de llantas pintadas, sí, pero llantas a fin de cuentas, que de un día para otro llegaron de no sé dónde y estuvieron arrumadas al sol y al agua durante meses, hasta que oh sorpresa, se convirtieron en una optimista pero inofensiva selva. Entonces ahora hay un tucán hecho con una Michelin Latitude Sport 245/45R20, como las que vienen en las Range Rover Evoque; un papagayo hecho con una Pirelli 205/50R17 93V Cinturato P7, como las que usan las camionetas Mazda CX-9; y un loro hecho con una Dunlop SP Sport Maxx RT 225/40R18 92Y, como las que les ponen a los Mercedes Benz CLK63 AMG. Pero no son obras de arte hechas con llantas usadas, como los impresionantes animales mutantes de Yong Ho Ji. Son unas «esculturas» que representan la vorágine tropical, por lo menos a los ojos alucinados de los policías, que en algún ataque artesanal real-mágico, vieron en los deshechos de la cultura contemporánea la oportunidad de dejar salir el monstruo creativo que hay dentro de ellos, y se dieron a la tarea, poco heroica, de plasmar su visión plástica en los inocentes pajaritos.

Lo curioso es que justo al otro lado, si usted camina en línea recta por la misma calle del CAI, por encima de la pista de aterrizaje, como se hacía hasta hace sólo unos cuarenta años, cuando decidieron ponerle una reja alrededor al aeropuerto (aporte invaluable a la historia del urbanismo), por ahí mismo, derechito, digamos que en el barrio gemelo, hay otro parque… Pero oh sorpresa: allá no hay llantas pintadas de colores imitando animales; ni tierra convertida en barro debajo de los árboles que no dejan crecer el pasto, como sí se ve en mi parque. Allá hay caminos de verdad, hechos en adoquín con un bordillo de cemento, tal como lo indica el Plan Maestro de Espacio Público, y los árboles lucen majestuosos en pequeñas islas de césped… ¿De dónde salió tanta maravilla?

Fuente: Archivo personal

Dando una vuelta por allá me di cuenta de que ese paraíso ensoñado no es obra de la ciudad, por supuesto, sino una iniciativa privada, del centro comercial Único, para más veras, que curiosamente queda de este lado del aeropuerto, del mío, sólo que un poquito más al norte, en la calle 64 con avenida 2, que no será la 64 con 2ª del Upper East Side de Nueva York, siendo esto Neiva York, pero no está mal.

- Jmmmm…

Si usted camina por ahí se da cuenta de que hay una reja bordeando toda la esquina (otro aporte importantísimo al urbanismo, iniciado por Unicentro Bogotá hace casi 50 años), y el edificio está al fondo del lote, en la esquina opuesta, protegiendo los preciadísimos estacionamientos. Las curadurías urbanas, en Pasto, Medellín, Neiva o Pereira, en un ataque de responsabilidad social han determinado que, cuando se ubica un edificio del impacto de un centro comercial en una zona residencial, éste debe devolver a la ciudad una generosa porción de terreno que sirva de espacio público, llamada por ellos Cesión Tipo A. Eso es en el papel. En la práctica, en Yumbo, Villavicencio, Barranquilla o Bucaramanga, como los centros comerciales tendrían que acomodar todos los estacionamientos en edificios adicionales (que restan área comercial) o en espacios subterráneos (que perjudica la balanza de utilidades), entonces dejan los estacionamientos a nivel (lo que es supremamente económico en comparación), no entregan la famosa Cesión Tipo A, y en su lugar ponen la reja, quedando el corredor de dos metros y la tirita de ochenta centímetros de pasto que conoce Colombia entera.

El truco, para que a todos les quede la conciencia tranquila, es que el espacio público, que no se deja donde está ubicado el centro comercial, se repone en otro lugar de la ciudad, a diez cuadras o a diez kilómetros, como si cuando uno se fractura el tobillo le enyesaran la clavícula. Por eso los dueños del Único, que no son ningunas hermanitas de la caridad, pagaron su deuda urbana haciendo un parque frente a la iglesia de San Judas (vaya ironía), y a nosotros, los de este lado del aeropuerto, los del CAI en un lote abandonado, nos dejaron con la traición —perdón—con el trancón y el andencito del centro comercial.

No digo que usar llantas viejas en los parques esté mal, por supuesto que no. Un día jugamos con Kevin, un niño que vive cerca, a llevar una de ellas, pesadísima, de un lado a otro de la cancha múltiple de cemento, como si fuéramosJean-Francois Caron en Strong Man, y pasamos un momento memorable: él se machucó un pie y a mí me salió una hernia inguinal. Era una llanta Yokohama 101ZL 11R24.5, equipo original de tractomula Kenworth T680 76-in Sleeper, que se había salido del hueco que alguien gentilmente le había hecho en la tierra para hacerla parecer una culebra al lado de tres más.

Fuente: Archivo personal

Digo que está mal ponerlas en mi barrio, engalanándolas además con piedras de río pintadas de blanco para delinear circulaciones, y trozos de cerámica sanitaria de colores esparcidos silvestremente por un Gaudí borracho para asemejar caminos. Agradezco mucho la iniciativa, naranjamente creativa, pero no, gracias. En mi parque quiero las zonas duras alrededor de los árboles y las plazoletas con máquinas «biosaludables» de colorcitos como las que puso el Único al otro lado del aeropuerto. No serán los jardines de Versalles, pero algo es algo.

- Es para darles algún uso. Es mejor eso que llevarlas a los rellenos sanitarios. Tenemos que proteger el ambiente. Las llantas jamás se descomponen, ¿sabía? Son pésimas para la naturaleza.

Entonces, como se trata de una propuesta «sostenible», propongo que nosotros nos quedemos con el parque de llantas, cómo no, muy gentiles, pero para devolver la atención vamos a llevar a los barrios de los ricos también las llantas de nuestros carros, las Torque 175/70R13 de la camioneta de los pedidos de don Folívoro y las Uniroyal 185 R14 del Taxi Chevrolet Chevette del señor Germán y las Zeta DR930 7.50R16 de la buseta de don Pascual, que están bastante lisas, conviene advertir, pero mejor, así los niños del suburbio las pueden usar para montar: yo les acomodo el manubrio de la bicicleta de Deibis con un alambre negro que tengo en el depósito; y atrás les clavo unas cabuyas que hay en la casa de Misia Concha como si fuera la cola, y ¡Arre, caballito! Ya los puedo ver en sus corceles improvisados, disfrutando de las tardes soleadas con sus padres corriendo detrás, protegiendo que no se vayan a caer.

- Lindo.

- Igual que dicen los transeúntes que se detienen ante el espectáculo macondiano de mi parque, «Lindo», volteando la cabeza hacia un lado, como con pesar.

Ese es el problema. Que las llantas recortadas de manera infantil para hacerlas parecer animales salvajes es «Lindo», como es lindo un perro criollo de tres patas persiguiendo sin éxito una mariposa, y no «¡Tan liiindo!», como es lindo un cachorro de San Bernardo en el mismo plan que alguien mira con una sonrisa de oreja a oreja y la tarjeta de crédito lista para una vez terminado el chou decir también, «¡Deme uno! Para todo lo demás hay Master Card».

Fuente: Archivo personal

Las cebras hechas con llantas y tubos de PVC y botellas de Coca-Cola son «Lindas», claro que sí, pero allá, lejos, en el barrio de otra gente, ojalá más pobre. Pero si soy casi-rico o no-tan-pobre, como quiera que se le vea, si el vaso está medio lleno o medio vacío, en mi parque quiero cebras de plástico o madera que parezcan cebras de verdad. Y si soy rico-rico y tengo varios carros lujosos en el garaje, montados en llantas de alto desempeño que debo cambiar cada dos años, «porque con tanto hueco no duran nada», en mi parque quiero cebras de carne y hueso, traídas de África, con las que me pueda tomar selfies para subir al Face y escribir, «Vea lo que me compré», burlando a los de Operation Thunderstorm.

* Profesor de la Universidad Antonio Nariño.


LA GUACHAFITA