• Mauricio Muñoz Escalante*

Sacudir los cimientos de las cosas (con O)


Ayer hubo marcha estudiantil y entonces hoy salimos con mis vecinos con balde y brocha a arreglar el desastre.

Así fue la vez pasada cuando habló no sé cuál político y los estudiantes escribieron en el zócalo de la señora Berta, «Murte al panadero».

—Será «Muerte».

—No, «Murte», sin E.

—¿Y qué es «Murte»?

—Pues nada.

—¿Y quién es «el panadero»?

—Ni idea. Si algo comparten los políticos y los futbolistas colombianos es que se les conoce mejor por el apodo: «El palomo» Usurriaga, «El coloso» Rincón, «El pitufo» de Ávila… «El dañado» Santofimio, «La corrupta» Oneida Pinto, «El deshonesto» Bernando Miguel… «El panadero» debe ser otro de esos.

«¿Qué tiene que ver protestar con dañarle a uno la fachada?», se preguntaba la dueña, refregando con toda su fuerza.

Fuente: archivo personal

De lo que no se dan cuenta los estudiantes es que la revolución no es el momento extático de intentar tumbar el establecimiento; esos instantes efímeros del desorden. La revolución estudiantil debería ser de ideas, de planteamientos inteligentes. Para eso es que van a la universidad.

Otro día, ya no me acuerdo por qué, marcharon los estudiantes y cuando pasaron por la casa de doña Chavita le escribieron al lado de la reja «Searte».

—¿«Sé», con tílde, y «arte», aparte, en dos palabras, como «Vuélvete arte» o algo así?

—No. «Searte», así como lo oye, pegado; y la A está encerrada en un círculo, como el símbolo de Anarquía.

—¿Y qué quiere decir eso?

—Pues nada.

«¡Deberían hacer el garrapiño donde viven ellos!», exclamó entonces don Germán. «¡A ver qué les dice la mamá!»

Fuente: archivo personal

De lo que no se dan cuenta los estudiantes es que la revolución no es sacudir los cimientos de las cosas…

—Querrá decir de las «casas», con A.

—No: de las «cosas». Porque a veces se les ocurre colorear las casas (con A), pero les puede dar también por tirar piedra o romper vidrios o quemar buses… No saben hacia dónde apuntan. Parece que es contra todo. Quieren sacudir los cimientos de las cosas (con O).

Ayer en mi familia todos se intercambiaron mensajes avisando cuando habían llegado a sus casas. Así de asustados estaban de las marchas «pacíficas» de los estudiantes:

—Cuidado los que trabajan en el centro—puso una tía—. Una manifestación parte desde el Parque Nacional para llegar a la avenida Jiménez con carrera Séptima.

—Hay otra por toda la carrera 30 en sentido sur/norte —escribió una prima—. Decidimos quedarnos en la oficina para no exponernos —y después del mensaje puso el dibujo de una cara con una gota de sudor como diciendo, «Ufff, casi».

—Hay otra por la calle 72 —siguió mi padre—. Van a tomar la avenida Caracas, la calle 80 y después la 68…

—¡Están rodeados! —comenté. Me los imaginaba corriendo de aquí para allá, como hámsteres en un laberinto mal diseñado.

—Hay otra desde la calle 40 en sentido sur/norte por la avenida Caracas —dijo un tío, seguido de una cara totalmente roja, con el ceño fruncido y la boca arqueada hacia abajo, muerto de la ira.

—Nosotros ya llegamos —escribió un primo—, y después del mensaje puso el símbolo de dos manos en posición de rezar como quien dice, «Gracias a Dios».

Por Whatsapp llega todo. Después de tantos milenios se hizo realidad el dicho de que las noticias vuelan. Porque antes andaban, a pie o en mula, y después montaron en avión, que es diferente a volar. Ahora sí vuelan, vuelan. ¿O cómo más explica uno que lleguen hasta el teléfono?

«Spotify está fundiendo a las discográficas, y Netflix hizo que ya casi no queden vídeo clubes y que vaya mucho menos gente al cine».

Eso vi en un video por ahí.

De lo que no se dan cuenta los estudiantes es que la revolución «es» literalmente tumbar el establecimiento. Pero desde adentro, minando los cimientos, como dicen los amantes de las conspiraciones que hizo el gobierno de George Bush Jr. para tumbar las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001.

—¿Cómo se enteró de eso?

—En Youtube.

Aquella vez que los estudiantes salieron a la calle a protestar por la presencia del ejército y la policía dentro de las instalaciones, cuando argumentaban que las universidades debían ser 100% autónomas en cuestiones de seguridad interna, una conocida mía se tatuó para el evento en el antebrazo las palabras, «Sexo Teoría Caos».

—¿Y qué quiere decir eso?

—Pues nada.

—¿Y no le preguntó?

—Sí claro. Me dijo que se lo había hecho «para llamar la atención».

—¿Y esos son los estudiantes de los que debemos oír «las demandas»?

—Los mismos. Me contó que un amigo de ella quiere tatuarse algo que no tenga nadie y está pensando en mandarse dibujar una licuadora en el centro del pecho, bien grande, con un letrero que diga «LICUADORA».

«Y con lo cara que está la pintura», repetía al otro día doña Eugenia, moviendo la cabeza hacia los lados. Se refería a la Koraza de Pintuco (con K) que, como no alcanzó, le tocó rendir con agua al 50%, tal como dice en las especificaciones de la caneca que no se debe hacer.

Al final, por debajo de la mano de pintura, todavía se veía la tinta de «Pedos», el grafiti que le habían escrito en la pared de la sala.

—¿«Pedos»?

—Así como lo oye: «Pedos». Y otra vez con la famosa A esa con el circulito alrededor.

—¿Y qué quiere decir eso?

—Pues «flatulencias».

—Obvio, pero aparte de eso.

—Nada. Cada estudiante va dejando por la ciudad su huella de tinta con lo primero que le viene a la mente. Cuando marchan, los líderes dicen que es por equis o por ye, pero en realidad cada uno va luchando por lo suyo, dejando por el camino sus eyaculaciones juveniles regadas por la ciudad para que después puedan decir, como también escriben en los baños de las universidades, «Aquí estuve yo».

Fuente: archivo personal

El video del celular dice, «Waze acabó con los GPS, Original y Nubank amenazan el sistema bancario tradicional, y Tinder quita mercado a las discotecas», pero no dice nada de la educación.

«Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción», me dijo un estudiante cuando le pedí que me explicara lo de los grafitis. Y lo de los tatuajes.

—Será revolucionario, pero anticuado. Esa frase es de Salvador Allende. La dijo el 2 de diciembre de 1972 en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara.

—¡Uy! ¡Qué memoria!

—No. Google.

En lugar de la frase de cajón de Allende propongo, «Ser joven y no ser contradictorio es una revolución». A eso deberían anhelar los estudiantes. Porque eso de pintarrajear las casas de la gente ya no sirve de nada.

En la marcha pasada tiraron un volador que se le metió en la casa a doña Ermida y le incendió la cortina.

«Donde me lleguen a tirar un volador se lo meto por entre el culo al que haya sido», dijo Yohann Styvensonth cuando se enteró, que es estudiante, pero de universidad privada.

El video dice, «Booking tiene en jaque a las agencias de turismo, Google inutilizó las páginas amarillas, y Airbnb está atemorizando a los dueños de los hoteles», pero no dice nada de marchas.

—En 1956, en España, miles de estudiantes se rebelaron contra el régimen de Francisco Franco. En 1968, en Francia, los estudiantes protestaron contra los recortes de presupuesto de la educación pública. También en 1968, en lo que antes era Checoslovaquia, los estudiantes se negaron a ser parte de lo que antes era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. También en 1968, pero en México, los estudiantes se quejaban de la violencia del gobierno de Gustavo Díaz. En 1989, en China, los estudiantes marcharon contra el gobierno de Den Xiaoping.

—Uy, ¡Qué pilera!

—No. MIT.

—¡Felicitaciones!

—No. En línea, gratis.

Yo lo tomo con calma. Marchas, lo que se dice marchas, no quedan muchas más. ¡Que marchen! ¡Que agarren lo que puedan porque igual se van a acabar!

—Qué: ¿las marchas?

—No.

De lo que no se dan cuenta los estudiantes es que la revolución de la universidad es que ya no va a haber universidad. Se acabó, C’est fini, Game over, Era finito. Así como, según el video, «los smartphones condenaron a las clases de fotografía, ZipCar hace la vida imposible a las compañías de alquiler de vehículos, y Tesla pone en duda el futuro de las automotrices», a la universidad le llegó la hora.

—¡Qué va a ser! ¡Semejante negocio!

—Pues hacer CD también era un negociazo y le llegó Napster y hasta ahí fue. Tomó varios años, claro, al creador lo metieron a la cárcel y todo, pero ya el genio estaba fuera de la lámpara y no hubo cómo contenerlo. ¡Y no protestaron Las Hermanitas Calle y Billy Pontoni! Los que dieron la pelea fueron Metallica y Madonna y Dr. Dre y Garth Brooks, artistas que vendían millones y millones de discos. Se opusieron, firmaron consignas, amenazaron con salirse del mercado, patalearon, pero mientras peleaban salieron Myspace y iTunes y Soundcloud, y ya vamos en Audiomack y Bandcamp y Vimeo y Tidal… Igual pasará con el elefante blanco de las universidades.

—¿Cómo sabe?

—Lo vi en Facebook.

Cuando estábamos por votar el plebiscito para aprobar o no el acuerdo con las FARC, los estudiantes escribieron con varios colores en el muro que da sobre la glorieta, «Y es la paz, que la normal entra y lucha con todos sus elementos».

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pues nada.

—Y lo peor es que la leyenda estaba acompañada de una granada con el signo de la paz ese que parece una pata de pollo…

—¿El de Gerald Holtom?

—Sí, pero pintado de amarillo, verde y rojo y negro.

—¿Los colores del movimiento rastafari?

—Sí. Y una bomba como las que usa el coyote contra el correcaminos.

—¿Y qué tiene que ver una granada con el verde de la naturaleza, el amarillo de la tierra, el rojo de la sangre y el negro de la raza de los rastafari; con el símbolo de la paz del movimiento británico por el desarme nuclear; con una pelota negra con una mecha prendida en la parte superior; con el letrero que dice «Paz», escrito en azul, adentro?

—Pues nada.

—Los estudiantes quieren decir tantas cosas que al final el resultado es completamente ilegible.

«Cuando algo me moleste, yo también voy a ir hasta la casa de un estudiante y se la voy a decorar con uno cuadro mío», protestó don Emilciades cuando lo vio. «¡A ver quién gana!»

Fuente: archivo personal

De lo que no se dan cuenta los estudiantes es que la revolución de la universidad ya no es pedir más y más presupuesto, para comprar pupitres que queman en las protestas y subsidiar almuerzos que se desperdician y mantener zonas verdes que nadie usa y adquirir reactivos de laboratorio que se vencen sin estrenar y llenar los estantes de las bibliotecas con libros que nadie consulta y financiar investigaciones para descubrir el agua tibia y contratar profesores que no saben ni donde están parados, semestre tras semestre, sin poder despedirlos, atornillados a los puestos, durante décadas, hasta que se pensionan.

—Por eso a las marchas no van los directivos ni los docentes.

—Exactamente.

—Ellos están en la casa, viéndolas por televisión, metidos entre las cobijas. ¡Como los contratos son de años marcianos de 13 salarios al año, vayan o no vayan!

Es evidente que la revolución digital está revaluando el funcionamiento, e incluso cuestionando la existencia, de muchas líneas de negocio. El video que me enviaron dice, «Whatsapp amenaza a operadores de telefonía fija y celular, y Uber a los taxistas, y OXL está acabando con los avisos clasificados», pero no habla de insurrección ni emancipación ni nada de eso.

La revolución de la universidad es Khan Academy y Coursera y OpenCourseWare y Academic Earth y Open Learning Institute y todos los de su clase. La educación migró también a lo digital, les guste o no, y se les acabó la fiesta. La educación será «gratuita y de calidad», como dice el grafiti con el que embadurnaron ayer el frente de la casa de Misia Eduviges con aerosol negro brillante a base de aceite que tuvo que limpiar ella con thinner y varsol. Y para eso no se necesita tener 3.000 empleados y un campus de 120 hectáreas, como la sede de la Universidad Nacional en Bogotá.

—¡Uy! Se sabe todos los datos.

—No. Wikipedia.

—El único problema va a ser la acreditación. Pero ya están trabajando en eso. Duolingo, por ejemplo, desde hace más de cinco años certifica gratis el nivel del idioma que sea. ¿Para qué pagar un curso en una universidad que puede costar desde cien mil pesos hasta varios millones mensuales si se puede hacer free?

—Pues porque en la universidad sí se puede probar que usted es el que está tomando el curso… Por internet yo me registro en el curso de inglés, pero el que hace las pruebas puede ser un amigo que sí sabe.

—¡Usted siempre tan vivo! Pero eso también ya está pensado. ¿Se ha dado cuenta de que ahora la mayoría de teléfonos se activan con sólo mirarlos?

—Sí.

—Eso quiere decir que ya también se masificó la tecnología de reconocimiento facial, o sea que cuando usted se inscribe en Duolingo, su cara queda asociada a ese número de registro. ¡Ya está! Y si su amigo está así sea a varios metros a la redonda, el teléfono ya también lo va a saber.

—¿Cómo sabe? ¿Se lo dijo «un pajarito», como dice el presidente Maduro?

—Sí. Twitter.

Ayer hubo marcha estudiantil y hoy entonces tengo que pintar mi casa. «No semos nada», me escribieron con tinta roja en la tapia del patio.

—Querrá decir «Somos».

—No, «Semos», con E.

—Todo el mundo sabe que es «Somos», con O. ¿O no?

—No. Los campesinos dicen «Semos».

—Medio ilógico, ¿no? Porque si los que escribieron el grafiti fueran los mismos campesinos, vaya y venga…

—Hubiera sido una marcha campesina.

—Exacto. Pero como los que lo escribieron fueron los estudiantes, ¿es que no han aprendido ni siquiera a escribir?

—Parece que no.

—No semos nada.

Fuente: archivo personal


LA GUACHAFITA