• Carlos Tobar

A cien años de la Gran Guerra


Foto: Celebración de la victoria en la Primera Guerra Mundial (Roma, 1920)

El pasado 11 de noviembre se llevó a cabo en París una sobria ceremonia para conmemorar el final de una de las más devastadoras y costosas guerras del tiempo presente: la Gran Guerra 1914-1918 – mejor conocida como la I Guerra Mundial Imperialista–. En ese acto Emmanuel Macron, presidente de Francia, plantó cara a una tendencia regresiva y peligrosa, que a su juicio representa el nacionalismo extremo, encarnado en la representación del presidente de los EE.UU., Donald Trump, y que está desestabilizando el orden surgido después de la II Guerra Mundial Imperialista.

Según Macron, “el nacionalismo es la traición al patriotismo”, expresión con la que censura el abandono de los Estados Unidos a los compromisos, especialmente de seguridad para con sus aliados europeos. En consecuencia, su siguiente propuesta fue un llamado a los países europeos para conformar un ejército comunitario que garantice su seguridad frente a potenciales amenazas de Rusia o de los mismos Estados Unidos. A este llamado ha contestado, de manera inmediata, la canciller de Alemania, Angela Merkel, ratificando la estrecha relación de las dos principales potencias continentales.

Realmente, esa conflagración – la Gran Guerra – fue una guerra de repartición, una guerra donde el ya consolidado capital financiero parasitario, surgido a comienzos de la década de los 90 del siglo XIX, representado por las grandes potencias capitalistas de la época, se disputó a dentelladas no solo el control de los mercados mundiales – incluidos los países periféricos – sino que, se enfrentó por las fuentes de materias primas básicas, determinantes para el importante mundo industrial que mostraba ya una dinámica extraordinaria.

La nueva repartición del mundo que tuvo una especial incidencia sobre los países coloniales y neocoloniales de Asia, África y América Latina, ya no simples proveedores de metales preciosos, si no fuente de riquezas naturales energéticas y mineras, enfrentó a los países de la Triple Entente: Reino Unido, Francia y el Imperio ruso. Más tarde, se les adhirió Japón, los Estados Unidos e Italia con las potencias centrales que conformaron la Triple Alianza: Alemania, el Imperio Austro-Húngaro e Italia que se retiró al inicio de la guerra por contradicciones con los austríacos, a la que se sumó posteriormente el Reino de Bulgaria y el Imperio Otomano.

La Segunda Guerra Mundial, fue la continuación de esa disputa y su resultado el orden de privilegios extremos para el gran capital financiero, que, primero en el acuerdo de Bretton Woods de 1948, con sus organismos supranacionales: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial de Comercio…, y, después con las normas ultraventajistas del “libre comercio”, creó un mundo a imagen y semejanza de sus intereses exclusivos. Ese orden es el que está haciendo crisis y que, tiene como trasfondo la sobreoferta de capitales, la mercancía por excelencia de esta época de decadencia del capitalismo financiero parasitario.

Las campanas tocan a rebato, llamando la atención de los pueblos del mundo para que se preparen ante el peligro que conlleva la bancarrota del viejo orden.


LA GUACHAFITA